La carta infame del amigo de Iglesias
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José Antonio Zarzalejos

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La carta infame del amigo de Iglesias

Otegi, encumbrado por Iglesias, hace un llamamiento obsceno a “la fuerza de las celdas” para que los presos se conviertan en 'bilkides'. Los recluta para la “república vasca”

placeholder Foto: El coordinador general de EH Bildu, Arnaldo Otegi. (EFE)
El coordinador general de EH Bildu, Arnaldo Otegi. (EFE)

Nada desearíamos más los ciudadanos españoles, y en particular los vascos, que aquellos que militaron en la banda terrorista ETA, que perpetraron crímenes horrendos, secuestros y chantajes, se arrepintiesen y, después de cumplir su condena, se reintegrasen a su vida normal. Muchos de ellos, con la culpa de tanta sangre en sus manos, no son actores públicos posibles si hay un mínimo de dignidad en la actividad política. Porque demasiados no experimentan un adarme de contrición, un mínimo ánimo de rectificación, un cierto propósito de la enmienda. En otras palabras: no son recuperables.

Como no lo es, dígase lo que se diga, Arnaldo Otegi, líder de Sortu, el partido nuclear de la coalición EH Bildu, que sigue sin condenar los atentados de ETA y que ahora ha recompuesto su discurso y propugna un soberanismo de izquierdas y un independentismo renovado para lograr una 'república vasca'. Otegi ha trabado buenas relaciones con ERC —ETA las tuvo excelentes con Carod Rovira, su líder a principios de este siglo y 'conseller en cap', con el que se comprometió en enero de 2004 a no volver a atentar en Cataluña— y se ha confabulado —hasta la amistad— con el vicepresidente Iglesias. De hecho, el líder morado ha creado una red de complicidades con un particular club de fans: el propio Otegi, Junqueras (al que visitó en la cárcel) y ahora Puigdemont. A todos ellos les une un objetivo superior: tumbar el sistema constitucional de 1978 y, mientras lo intentan, denigrarlo.

Gracias a esa alianza, Otegi ha conseguido una supuesta respetabilidad para la interlocución con el Gobierno. Carmen Calvo franqueó la entrada en la Moncloa a Mertxe Aizpurua, la portavoz de Bildu en el Congreso, muy conocida por oficiar de periodista enaltecedora de los etarras, por lo que fue condenada en 1984. Emboscada en un seudónimo, nos 'señalaba', o sea, nos ponía un distintivo de inutilidad vital y cívica. Esta diputada ha estado de gira por centros penitenciarios visitando a presos de la banda como preparación de la leva que ha puesto en marcha Otegi con una misiva infame.

placeholder El líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias (i), junto a Carles Puigdemont. (EFE)
El líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias (i), junto a Carles Puigdemont. (EFE)

Sabemos todo esto por certeras informaciones del diario 'El Mundo', que ha publicado el texto de la carta que el jefe de Sortu y Bildu ha enviado a los presos de ETA. No apela a su espíritu democrático, ni a la reflexión sobre sus conductas anteriores. Hace un llamamiento obsceno a “la fuerza de las celdas” para reforzar EH Bildu y para que se conviertan en 'bilkides'. Los recluta no solo para conseguir la “república vasca” sino también, y quizá sobre todo, para que colaboren en “la memoria y el relato”.

Dice Otegi que pretende una “memoria común”, es decir, de víctimas y de victimarios, de asesinos y de asesinados. Tiene lógica: ellos siempre adujeron que su “lucha armada” era la expresión de un “conflicto” con el Estado español y el francés. Eran, pues, 'gudaris' (soldados) y como tales no se les puede considerar asesinos, ni secuestradores, ni chantajistas. Hay que reconocerles como adversarios legitimados para matar en nombre de sus mafiosos ideales. De nuevo, el patriotismo como el último refugio de los canallas.

La carta de Otegi, que en junio será reelegido máximo líder de Sortu-Bildu en un congreso cuyos prolegómenos han comenzado este fin de semana en San Sebastián, es tan zafia porque en el universo de contravalores en que se mueven los dirigentes de su partido no caben ni la sofisticación ni la inteligencia. Aunque sí el ventajismo. Ha sido especialmente interesante leer las intervenciones de Otegi en la asamblea telemática del sábado de la semana pasada. Es claro que EH Bildu ha comenzado la elaboración de su plan estratégico para obtener dos logros: sobrepasar al PNV en el País Vasco y Navarra y absorber la marca vasca de Podemos, asunto que poco le importa a Pablo Iglesias, embarcado en un proyecto personalísimo, como se comprobó con las declaraciones sobre el fugado Puigdemont y que en su organización causaron consternación, especialmente en Cataluña. Y que le definen, como este miércoles escribió aquí tan acertadamente Antonio Casado.

Los cargos públicos de EH Bildu —en todas las instancias— están respaldados por la legalidad y es mejor que estén donde están que cavando zulos

EH Bildu se ha alimentado de la simulación de sus dirigentes —¡tal parecen demócratas de toda la vida!—, de la desmemoria de lo que representan (los objetivos de ETA), del propio olvido de lo que significó la banda terrorista, del padrinazgo de Pablo Iglesias en Madrid y de la banalidad ética del Gobierno de Sánchez, que ha convertido la coalición en socio presupuestario, además de interlocutora en varios asuntos de Estado.

Los cargos públicos de EH Bildu —en todas las instancias— están respaldados por la legalidad y es mejor que estén donde están que cavando zulos en los bosques de la muga con Francia. Pero eso es una cosa y otra muy distinta es ofrecerles interlocución, respetabilidad, asociación e incorporarlos a la “mayoría de la dirección del Estado” (Pablo Iglesias 'dixit'). La elección popular no redime a los malvados ni es un certificado de buena conducta. Es un dato democrático. Como el que tuvo Adolf Hitler para llegar al poder, por poner un ejemplo entre otros varios.

Nada desearíamos más los ciudadanos españoles, y en particular los vascos, que aquellos que militaron en la banda terrorista ETA, que perpetraron crímenes horrendos, secuestros y chantajes, se arrepintiesen y, después de cumplir su condena, se reintegrasen a su vida normal. Muchos de ellos, con la culpa de tanta sangre en sus manos, no son actores públicos posibles si hay un mínimo de dignidad en la actividad política. Porque demasiados no experimentan un adarme de contrición, un mínimo ánimo de rectificación, un cierto propósito de la enmienda. En otras palabras: no son recuperables.

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