La Generalitat vietnamita: "Yo pensaba hacer la independencia y no la guerra"
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José Antonio Zarzalejos

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La Generalitat vietnamita: "Yo pensaba hacer la independencia y no la guerra"

Aragonès ha cedido ante la CUP y, si quiere ser presidente, deberá subordinarse a Puigdemont. Es la guerra de la independencia entre los propios separatistas

placeholder Foto: Ignacio Garriga interviene en el debate de investidura de Aragonès. (EFE)
Ignacio Garriga interviene en el debate de investidura de Aragonès. (EFE)

Advirtió con tino el veterano republicano Joan Tardá el pasado 9 de marzo sobre el “Vietnam diario” que sería un Gobierno exclusivamente formado por ERC y JxCat. Y Joaquim Torra, en un dietario deshilachado ('Las horas graves') reconoce a toro pasado que “no estaba preparado para la crueldad de la política catalana […] yo pensaba que íbamos a hacer la independencia y no la guerra entre nosotros”. Bastarían estos dos testimonios para acreditar que la pelea entre los dos grandes partidos secesionistas catalanes es la expresión más acabada del fracaso del proceso soberanista. Mientras se mantengan en la lucha fratricida “no lo volverán a hacer”. No deja de ser un respiro para el Estado.

Los seguidores de Carles Puigdemont se resisten a investir a Pere Aragonès presidente de la Generalitat de Cataluña porque hacerlo sin determinadas condiciones es pasar página de la “legitimidad” del 1 de octubre de 2017 en tanto que culminación frustrada del itinerario separatista y, al mismo tiempo, supondría el restablecimiento de una suerte de normalidad autonómica que redirigiría a la comunidad al marco jurídico, político y social del mandato constitucional y estatutario. Carles Puigdemont, con Aragonés presidente, se convierte, simplemente, en una figura del pasado, fugado 'sine die' en Waterloo. Y su propuesta de nueva institucionalización –el Consejo de la República– en un vano intento de sustitución de la autonomía catalana por otro régimen fáctico insurreccional y depositario de la supuesta legitimidad de la sedición de septiembre y octubre de 2017.

Laura Borrás y su partido no darán su brazo a torcer hasta que el jefe de filas de ERC asuma que será una especie de primer ministro bajo la jefatura carismática, permanente y acordada del “auténtico y legítimo” presidente de la Generalitat, que no es otro que Carles Puigdemont. Sus seguidores saben que investir a Aragonès es despojar al gerundense huido en Bélgica de su condición de líder-guía del independentismo y retirarle las credenciales que le han venido acompañando hasta el día de hoy. La pelea tiene un sentido profundo en el separatismo catalán porque pretende que, al margen o por encima de la normalidad electoral, se imponga la narrativa constante del “embate” contra el Estado. Y nadie la representa mejor que Puigdemont.

Esquerra Republicana de Catalunya dispuso de la oportunidad de no haberse achantado ante la extrema derecha secesionista de JxCat. Pero, como ha ocurrido desde el inicio de la democracia, los republicanos forman un partido menestral que reverencia los criterios de los dueños del latifundio catalán, hoy bien representados en JxCat, que muestran con descaro sus rasgos de “patrones” de la política y la sociedad catalanas. Junqueras y Aragonès tenían en su mano la herramienta definitiva: un tripartito con el PSC y los comunes. No sería, desde luego, la mejor de las opciones, pero sí la menos mala para que el separatismo saliese airosamente de su fracaso y para que el Gobierno pudiera ofrecer una solución a la situación creada. ERC se habría asegurado la presidencia de la Generalitat y, al tiempo, la consecución de un nuevo 'status quo' con Pedro Sánchez.

"Me decepciona el vicepresidente en todas las reuniones. Tiene siempre un papel pasivo, ausente, sin intervención"

Y no solo eso, los republicanos habrían conectado más acertadamente con el sentir transversal de la ciudadanía catalana. Según una encuesta de Metroscopia del pasado mes de enero, las prioridades ciudadanas en Cataluña eran las siguientes: la economía y el empleo (99), la gestión de la pandemia (96), la convivencia (77), la negociación de una nueva relación con España (71) y la independencia de Cataluña (35). Este sentir –muy obvio, encuestas al margen– lo ha subordinado ERC a su pulsión secesionista, exteriorizando el complejo de inferioridad ante el “puigdemontismo”. Que, además, desprecia a su candidato. Así describe a Aragonès Joaquim Torra: “Me decepciona el vicepresidente en todas las reuniones. Tiene siempre un papel pasivo, ausente, sin intervención. Habitualmente en cada reunión le acabo preguntando si tiene algo que añadir. No pasa nunca”.

No se debe omitir el papel de la CUP en este episodio “vietnamita” de la política catalana. Los anarquistas de ultraizquierda le han doblado el pulso a Aragonès y a ERC por el flanco izquierdo mientras que JxCat lo ha hecho por el otro. Y así, le imponen un “embate” contra el Estado, referéndum de autodeterminación y nuevo modelo policial, entre otras prevenciones que eufemísticamente algunos denominan “medidas sociales” y que, en realidad, implican un vuelco en el modelo socioeconómico de Cataluña. Ahora solo falta que el candidato republicano ceda en la concesión de un estatuto especial para Carles Puigdemont que deje claro que él será siempre un apoderado subalterno al hombre de Waterloo.

ERC pudo escapar del “Vietnam” que le auguró Tardá y no lo ha hecho. De momento –se lo ha mandado la CUP– si es presidente deberá someterse a mitad de legislatura a una moción de confianza y si quiere instalarse en Sant Jaume deberá estar y pasar por el ucase de Laura Borrás, la nueva vicaria de Carles Puigdemont, y conferir al expresidente un estatuto preeminente. Esa es la guerra de la independencia de Cataluña, la que se libra entre los propios separatistas que, en su vertiginosa e irresponsable deriva, puede llevar a los catalanes a nuevas elecciones. No hay peor cuña que la de la misma madera.

Advirtió con tino el veterano republicano Joan Tardá el pasado 9 de marzo sobre el “Vietnam diario” que sería un Gobierno exclusivamente formado por ERC y JxCat. Y Joaquim Torra, en un dietario deshilachado ('Las horas graves') reconoce a toro pasado que “no estaba preparado para la crueldad de la política catalana […] yo pensaba que íbamos a hacer la independencia y no la guerra entre nosotros”. Bastarían estos dos testimonios para acreditar que la pelea entre los dos grandes partidos secesionistas catalanes es la expresión más acabada del fracaso del proceso soberanista. Mientras se mantengan en la lucha fratricida “no lo volverán a hacer”. No deja de ser un respiro para el Estado.

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