Iglesias, Puigdemont y la épica del fracaso
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José Antonio Zarzalejos

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Iglesias, Puigdemont y la épica del fracaso

El expresidente de la Generalitat y el exvicepresidente del Gobierno quedan fuera de juego y para evitarlo buscan una bicefalia que eluda su fracaso envuelto en formulaciones épicas

placeholder Foto: El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias. (EFE)
El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias. (EFE)

Este no es un martes cualquiera. El vicepresidente segundo del primer Gobierno de coalición en España, además de dejar el escaño, abandona hoy el Consejo de Ministros. No solo. Además, ha señalado a la persona que lo sustituirá en la vicepresidencia y en la cabeza de la lista a las generales de su partido —al que no pertenece—: Yolanda Díaz, militante del PCE y ministra de Trabajo. Se trata de un triple salto mortal de Pablo Iglesias que se ha querido revestir de cierta épica (“audaz”, “generoso”) e, incluso de algún misterio (“tendrá alguna explicación que no se ha hecho explícita”).

Sin embargo, la interpretación del quiebro biográfico del secretario general de Podemos podría responder a un puro y simple fracaso tanto en el cálculo de sus posibilidades políticas —ganar cuotas de poder desde dentro del Gobierno— como en el de las personales —incapacidad para gestionar las escuálidas competencias que Sánchez le asignó—. En último término: inconsistencia del personaje.

Foto: Pablo Iglesias en el vídeo en el que anunció que dejaba la Vicepresidencia del Gobierno y se presentaba a las elecciones madrileñas. (EFE) Opinión

Si Iglesias ha tenido que dar este paso para salvar a su partido en Madrid porque sin él no superaría según las encuestas el 5% y se quedaría el 4-M fuera de la Asamblea de Vallecas, bien podría afirmarse que la organización es paupérrima porque recurrir a su líder máximo para rescatarla en unas elecciones autonómicas —por importantes que sean— delata que Podemos se ha convertido —lo ha convertido el mismo Iglesias— en un auténtico páramo.

Si fuese cierto que tuvo que lanzarse al ruedo madrileño porque ni Irene Montero ni Alberto Garzón se atrevieron a hacerlo, el diagnóstico sobre Unidas Podemos sería aún peor de lo que parece. Todo lo cual lleva a pensar que a Iglesias le ha rebasado la situación y que ha encontrado lo que se denomina una ventana de oportunidad para eludir unas dificultades que le sobrepasaban.

Foto: El todavía vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias. (EFE) Opinión

Todo indica que el secretario general de Podemos va a intentar una bicefalia que, tomada como referencia del PNV que la practica hace más de un siglo, es de ejecución difícil, por no decir que es casi imposible. Consistiría en permanecer él al frente del partido en tanto que otros militantes asumen los cargos electivos y ejecutivos en las administraciones públicas. Pero es que, si tal es el propósito, no estaríamos ante una bicefalia a la peneuvista. El artículo 94 de los estatutos de la organización nacionalista definen así la denominada bicefalia: “Euzko Alderdi Jeltzalea‐Partido Nacionalista Vasco desarrolla la aplicación del concepto de incompatibilidad basándose en los principios de separación de cargos internos y externos, de no acumulación de poder y de no confusión entre la figura de quien controla y de quien ha de ser controlado o controlada”. En otras palabras, la bicefalia no solo implica que unos mandan en el partido y otros en el Gobierno (o en otras instancias públicas), sino que aquel controla a este y, además, se subordina a las instrucciones de la dirección de la organización.

Si este es el modelo que ha elegido Pablo Iglesias para sobrevivir él y consolidar Podemos, se ha confundido. La bicefalia le ha costado a los nacionalistas enormes esfuerzos y grandes contratiempos, entre ellos, dos escisiones. Según una encuesta de Metroscopia de la pasada semana, Yolanda Díaz tiene una aceptación en las bases de Podemos muy superior a la de Iglesias (59% a favor de la ministra de Trabajo), lo mismo que en el conjunto de los ciudadanos. Por lo demás, y según ese mismo sondeo, su cese en el Gobierno se entiende tan positivo para el Ejecutivo de Sánchez (61%) como negativo para el propio líder morado y para su partido (el 60% de los consultados). De ahí que la expresión más común entre los socialistas ante la marcha de Iglesias sea la de “alivio”. Sin una autoridad moral absoluta, la bicefalia es impracticable.

Foto: La ministra de Trabajo, Yolanda Díaz. (EFE)

Otro que intenta la bicefalia es Carles Puigdemont. Fracasado también en sus propósitos, su partido, JxCAT, ha negado hoy en segunda vuelta la investidura a Pere Aragonés hasta que ERC asuma que el Consejo de la República es la seudoinstitución que controlará la Generalitat y el expresidente el que, con un estatuto de máxima “autoridad nacional”, se superponga al mandatario que el Parlamento catalán elija como máximo responsable del Gobierno. La fórmula bicéfala trata de eludir el fracaso con la épica del legitimismo del que supuestamente sería depositario Carles Puigdemont. Pero, en realidad, igual que en el caso de Iglesias, no se trata sino de driblar el fiasco de una trayectoria errática y de eludir la realidad ineludible de que el pasado 14 de febrero él, con todo lo que representaba, perdió las elecciones ante su adversario más contumaz, Esquerra Republicana de Catalunya.

Puigdemont fuerza la situación hasta límites insospechados del mismo modo que intenta reinventarse Iglesias con su abrupta despedida del Congreso y del Gobierno. Ambos son políticos perdedores y destructivos, pero que disponen de la rara habilidad de saber empaquetar en palabras épicas y en actitudes supuestamente audaces decisiones, además de fallidas, erróneas.

Este no es un martes cualquiera. El vicepresidente segundo del primer Gobierno de coalición en España, además de dejar el escaño, abandona hoy el Consejo de Ministros. No solo. Además, ha señalado a la persona que lo sustituirá en la vicepresidencia y en la cabeza de la lista a las generales de su partido —al que no pertenece—: Yolanda Díaz, militante del PCE y ministra de Trabajo. Se trata de un triple salto mortal de Pablo Iglesias que se ha querido revestir de cierta épica (“audaz”, “generoso”) e, incluso de algún misterio (“tendrá alguna explicación que no se ha hecho explícita”).

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