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El desplome de la coalición progresista y el disparate de Unidas Podemos
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José Antonio Zarzalejos

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El desplome de la coalición progresista y el disparate de Unidas Podemos

Este Gobierno se ha encontrado con un reto de gestión que no ha sabido manejar y ayer se consumó el disparate con la hostilidad a la OTAN de la vicepresidenta y cuatro ministros. En plena invasión rusa de Ucrania

Foto: El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, asiste al acto de conmemoración del 40 aniversario del ingreso de España. (EFE/Ballesteros)
El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, asiste al acto de conmemoración del 40 aniversario del ingreso de España. (EFE/Ballesteros)
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Leo y oigo de personas próximas al Gobierno de coalición que se definen como progresistas un lamento descorazonado: ¿cómo es posible que con las medidas sociales del Ejecutivo se esté produciendo esta sensación de fracaso, que podría ser catastrófico en Andalucía el 19-J como lo fue el 4-M en Madrid en 2021? Así lo anuncian el barómetro de El Confidencial y, ayer mismo, la encuesta del Centro de Estudios Andaluces y un sondeo en 'El País' y la SER.

Existen, sin embargo, datos para ofrecer algunas explicaciones sobre esa frustración. La primera es que lo progresista es un significante demasiado multívoco o ambivalente. Mientras unos entienden que la colaboración con las izquierdas independentistas vasca y catalana es integradora, la percepción generalizada es que ambos secesionismos son regresivos en todos los órdenes y entienden la colaboración como una forma de hacer pasar al Gobierno por las ‘horcas caudinas’, expresión según la cual "alguien tiene que soportar una gran humillación, teniendo que hacer a la fuerza algo que no deseaba". Sobre el particular, poco o nada hay que explicar. Esa opción fue la que escogió Sánchez y con el tiempo ha sido tan equivocada como el propio presidente presumía en abril de 2019.

Foto: El presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, acompañado por la presidenta del partido, Cristina Narbona. (EFE/Luca Piergiovanni) Opinión

A continuación, hay que enfatizar sobre la distancia entre la adopción de medidas sociales, su forma de aprobarlas y su implementación. Y aquí el Gobierno registra una sensación de fragilidad extrema: la reforma laboral salió por el error de un diputado del PP en la votación; las medidas anticrisis todavía vigentes, por los cinco votos de EH Bildu, y el decreto ley sobre los fondos europeos NG se convalidó con la abstención de Vox. De otros trances (ley audiovisual, comisión de investigación sobre el CNI) le ha rescatado el PP.

Por lo demás, el ingreso mínimo vital está muy lejos de llegar a la mayoría de sus destinatarios; las ayudas a los jóvenes tampoco se están implementando; los incrementos del SMI se los ha comido la inflación desbocada, que escaló en mayo al 8,7% subiendo la subyacente a casi el 5%, lo mismo que las ayudas a los combustibles, y seguimos sin autorización de Bruselas para que se 'tope' el precio del gas y disminuya la factura eléctrica.

Foto: Pedro Sánchez, con Juan Espadas, en el acto de Dos Hermanas. (EFE/Julio Muñoz) Opinión

Los fondos de la Unión Europea para paliar los efectos de la pandemia se sabe que existen, pero no se perciben sus efectos en forma consumada de iniciativas de colaboración público-privada, que haberlas las hay, pero están por debajo del umbral deseable de desarrollo y eficiencia y conciernen a aspectos de la economía que no se caracterizan por la creación intensiva de puestos de trabajo y de tracción de las economías de los territorios.

El Gobierno ha oscurecido esa parte crucial de su gestión con el despliegue de políticas de identidad —desde el feminismo con propuesta radicales, la resucitación del franquismo a través de la ‘memoria democrática’, las batallas por lo políticamente correcto, como ocurre con el llamado lenguaje inclusivo— que reciben una interpretación política y mediática hiperbólica que no se corresponde con la de la ciudadanía, que, sin rechazarlas, tampoco las categoriza.

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Los retos de este Gobierno se han convertido con el transcurso de la legislatura —primero con la pandemia y luego con la crisis energética y la invasión de Ucrania— en desafíos de gestión mucho más que de naturaleza política. Y no ha sabido adaptarse a esas nuevas circunstancias por la extrema ideologización en el planteamiento de la coalición del PSOE con Unidas Podemos (con ministros sin experiencia ni capacidad técnica) y por su dependencia parlamentaria de los independentismos.

El resultado está siendo paupérrimo, mechado, además, con crisis institucionales (CNI) e internacionales (Sáhara) que causan auténtica perplejidad por su pésimo manejo, mediando una todavía inexplicada e incomprensible crisis del Ejecutivo en julio del pasado año que no se aprovechó para mejorar el rendimiento gubernamental.

Los fallos de comunicación en la Moncloa y de los servicios de la presidencia —comenzando por los errores de Félix Bolaños, la práctica desaparición de Francesc Vallés en la Secretaría de Estado de Comunicación y la naturaleza fantasmal del jefe del Gabinete de Sánchez, Óscar López— rematan una escenificación confusa, ruidosa y desordenada del Gobierno que adelanta un juicio electoral severo, como reflejan las encuestas con práctica unanimidad.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, conversa con el ministro de Presidencia, Félix Bolaños, en el Congreso de los Diputados. (EFE/Juan Carlos Hidalgo) Opinión

Colgar del perchero de Putin los males de la patria es excusa de mal pagador. Son anteriores y la invasión de Ucrania los ha agravado y, paradójicamente, ha permitido a Pedro Sánchez un exhibicionismo internacional al que el presidente del Gobierno parece confiar su futuro. Porque la aparición de Núñez Feijóo ha cambiado el panorama: Sánchez sí tiene alternativa y antes no parecía que la tuviese con Casado. No ha habido ni un solo presidente del Gobierno que al dejar de serlo haya liderado la oposición y, salvo Suárez, que haya mantenido el escaño una vez descabalgado.

Ayer, Unidas Podemos protagonizó un auténtico disparate: sus ministros —también la tenida por sensata Yolanda Díaz— plantaron los actos de celebración del cuadragésimo aniversario de la entrada de España en la OTAN, que contaron con la presencia en Madrid de su secretario general, a solo 28 días de la celebración de su estratégica cumbre en la capital.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, en la Moncloa. (EFE/Chema Moya) Opinión

En circunstancias normales, esta ausencia hubiese sido intolerable por la deslealtad con los compromisos internacionales de España por parte de un sector del Gobierno de coalición, pero en plena y brutal invasión de Rusia a Ucrania, con Europa en ascuas, la oposición a la Organización del Atlántico Norte y a la celebración de su reunión en la capital de España constituyen una auténtica afrenta democrática, una traición a los intereses de la Europa libre y de la nación. Y hace incurrir en el ridículo al propio presidente. Por enésima vez.

¿Entienden los progresistas las razones por las que este sinsentido de coalición no tiene ni un ápice de coherencia, de recíproco compromiso entre los partidos que la integran y ni el más mínimo sentido institucional? Sánchez lo ha consentido y ya es tarde para rectificar.

Leo y oigo de personas próximas al Gobierno de coalición que se definen como progresistas un lamento descorazonado: ¿cómo es posible que con las medidas sociales del Ejecutivo se esté produciendo esta sensación de fracaso, que podría ser catastrófico en Andalucía el 19-J como lo fue el 4-M en Madrid en 2021? Así lo anuncian el barómetro de El Confidencial y, ayer mismo, la encuesta del Centro de Estudios Andaluces y un sondeo en 'El País' y la SER.

Pedro Sánchez
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