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Más que un chuletón "al punto" y más que un tomate "imbatible"
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José Antonio Zarzalejos

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Más que un chuletón "al punto" y más que un tomate "imbatible"

El PP ha entregado a Vox las consejerías de Agricultura de cuatro autonomías estratégicas y el PSOE y el Gobierno llegan tarde. El partido de Abascal ha atrapado el relato del mundo del campo

Foto: Protestas protagonizadas por agricultores en Sevilla. (EP/Rocío Ruz)
Protestas protagonizadas por agricultores en Sevilla. (EP/Rocío Ruz)
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La revuelta del campo y la sequía son avisos contundentes de que la política ha derivado a una teorética estéril que subordina la gestión a las disquisiciones ideológicas. Nunca se ha hablado más de mejorar la vida de la gente y, nunca como ahora, también se ha marchitado la advertencia de José Ortega y Gasset cuando exclamaba "¡A las cosas, a las cosas!", es decir a la política de las soluciones.

La suposición tan extendida de que el ámbito rural es en la actualidad el más propicio para que germine y se desarrolle una conciencia retrógrada que impulsaría la extrema derecha europea, en vez de suscitar una seria reflexión sobre las políticas identitarias de la izquierda, está provocando una roma reacción de superioridad acrítica en los estamentos dirigentes. El llamado, antes, campesinado, y, hoy, mundo rural, ha vertebrado todas las revoluciones que en la historia han sido. Desde la francesa de 1879 hasta la bolchevique de 1917, alcanzando a otra tan emblemática como la de Mao Zedong de 1949.

Foto: Agricultores y ganaderos cortaron los tres puntos de entrada y salida de mercancías. (P.D.A.)

En España la historia remite igualmente al hecho incontrovertible del papel tractor del mundo del campo. Es llamativo pero explicable que el himno catalán, oficialmente consagrado en el artículo 8.4 del Estatuto de la comunidad, sea Els Segadors y traiga causa de la llamada revolución de los segadores de 1640 contra Felipe IV que provocaron el conocido como Corpus de sangre en Cataluña. Es indicador que himnos identitarios, en España y en otros países, apelen a la épica de los pequeños productores agrícolas y ganaderos que fueron en el pasado reciente ingredientes revolucionarios y que en nuestros días se quiere que representen los contravalores impugnados por la izquierda tales como el nacionalismo, la xenofobia, la fobia a la ecología o la aversión a la globalización.

Si la derecha democrática ha sido negligente en arraigarse en el ámbito rural con políticas de desarrollo incisivas y estructurales, la izquierda se ha mostrado, incluso, hostil. Y los andamiajes internacionales, en concreto la Unión Europea, no han equilibrado el papel de los sectores productivos primarios con el industrial y el de servicios. A fin de cuentas, la Comunidad Económica Europea, antecedente de la UE, tuvo su origen en la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (Tratado de París de 1951) lo que ha marcado su perfil alejado de las preocupaciones de la energía social, económica y política del otrora campesinado. Cierto es que se ha ido evolucionando hacia el llamado capitalismo agrícola que no es el que estas semanas se está echando a la calle atendiendo el llamamiento, desarticulado pero efectivo, de plataformas de ocasión, sino el autónomo, el de dimensiones de pequeña empresa, el de cooperativas y el de producción limitada.

La furia de las protestas recuperan la pugnacidad de los agricultores y ganaderos

La mecanización del campo, el desplazamiento a las ciudades desde los pueblos agrícolas y ganaderos, especialmente de los jóvenes, en busca de mejores oportunidades, la terciarización de la economía y la globalización, son los factores que han creado una suerte de nuevo proletariado desatendido por los gobiernos pese a que se manejen ejemplos de esfuerzos políticos de rehabilitación como la PAC en lo que se refiere a la Unión Europea. La furia de las protestas (asaltos, cortes de carreteras, ocupación de grandes espacios de intercambio de mercancías, boicot a los centros de distribución) recuperan la pugnacidad de los agricultores y ganaderos. La explosión se explica por el efecto simpático de otras variables y fundamentalmente de dos: los precios de la energía que afectan a la distribución por carretera (de ahí que el transporte sea un ámbito asociado al rural) y la sequía. La economía del campo no puede soportar este estrés —trabaja a pérdida— y ha reaccionado con expresiones que, en muchas ocasiones, retan al orden público más elemental que los gobiernos deben mantener.

En España se ha producido una incuria política hacia el campo y hacia el sector primario y otra no menor en la previsión de la necesidad de infraestructuras hídricas (desaladoras, censo de acuíferos, economía circular del agua, inversión en redes obsoletas de distribución en grandes núcleos urbanos, abuso en grandes terrenos de regadío…). Al tiempo, determinada clase política, por una parte, se ha atenido a las prioridades progresistas, y por otra, ha descalificado las expresiones de queja y protesta del ámbito rural por apriorismos ideológicos.

Foto: Protestas no autorizadas de agricultores cortan carreteras en Andalucía. (Europa Press/Francisco J. Olmo)

Al fin, la defensa de los productos hortofrutícolas y cárnicos se ha despachado en la Unión Europea con simplismos como los del presidente del Gobierno que creyó defender la carne española refiriéndose a su personal gusto por el "chuletón al punto" o adjetivando de "imbatibles" a nuestros tomates. Ni en el primer caso desautorizó al entonces ministro de Consumo (Alberto Garzón, cuyas declaraciones sobre la ganadería intensiva en España fueron inoportunas y lesivas), ni en el segundo denunció Sánchez que el ataque a nuestras mejores bayas procedía, precisamente, de la socialista francesa Ségolène Royal. No se han enviado mensajes más efectivos. Y conste que el mejor ministro del Gobierno, por experiencia, discreción y solvencia, es Luis Planas, titular de Agricultura, Pesca y Alimentación.

Ante las ya muy próximas elecciones europeas, el electorado rural, agrícola y ganadero, se propone jugar sus bazas. No es improbable que opte por comportarse de forma replicante al sistema de la eurocracia y apueste por las formaciones de derecha más radicales que son las que han conseguido, a la contra, una mayor implantación. En España, hemos contemplado con extrañeza cómo el PP ha entregado las responsabilidades en Agricultura a consejeros de Vox en comunidades estratégicas (Castilla y León, Aragón, Comunidad Valenciana y Extremadura) que el próximo miércoles se desplazan en comandita a Bruselas para entrevistarse con el comisario de Agricultura y Desarrollo Rural, Janusz Wojciechowski. El PSOE y el Gobierno, llegan tarde. A los unos y a los otros, este asunto de tan especial importancia se les ha ido de las manos. Vox, sin embargo, ha atrapado el relato y, quizá, también lo ha hecho algún nacionalismo, como el gallego. SOS Rural, al que aquí se refirió la documentada crónica de Esteban Hernández el pasado jueves podría representar un síntoma de reformulación del debate en el sector.

La revuelta del campo y la sequía son avisos contundentes de que la política ha derivado a una teorética estéril que subordina la gestión a las disquisiciones ideológicas. Nunca se ha hablado más de mejorar la vida de la gente y, nunca como ahora, también se ha marchitado la advertencia de José Ortega y Gasset cuando exclamaba "¡A las cosas, a las cosas!", es decir a la política de las soluciones.

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