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Los diez días del naufragio de Sánchez y Díaz
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José Antonio Zarzalejos

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Los diez días del naufragio de Sánchez y Díaz

Lo que le ocurre a Sánchez es la consecuencia de los pactos que firmó y que ahora le golpean como un bumerán mientras le falla hasta la muleta de Díaz y su extraño constructo denominado Sumar

Foto: Pedro Sánchez y Yolanda Díaz en una sesión de control al Gobierno en el Parlamento. (EFE/Juan Carlos Hidalgo)
Pedro Sánchez y Yolanda Díaz en una sesión de control al Gobierno en el Parlamento. (EFE/Juan Carlos Hidalgo)
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Entre los días 13 y 23 de marzo, en pleno idus del mes, los acontecimientos han desarbolado al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y reducido a cenizas el frágil liderazgo de la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz. Sus respectivas apuestas eran arriesgadas, extremadamente imprudentes y, a siete meses de las elecciones del 23 de julio pasado, han quedado doblegadas por una acumulación de circunstancias fuera del control de ambos dirigentes.

El pasado día 13, Pere Aragonès adelantaba las elecciones en Cataluña trastocando el calendario del primer año de legislatura porque los comicios catalanes disuadieron a Sánchez de presentar los Presupuestos Generales del Estado. El Gobierno reconoció de forma implícita no disponer de mayoría parlamentaria. Ni por el flanco de sus socios catalanes ni por la franquicia de Sumar en Cataluña que cuenta con un ministro, Ernest Urtasun, designado para retener su fidelidad al PSOE. Inútil.

Los socios de Sumar han reventado el calendario con su negativa a los presupuestos de Cataluña y el Ayuntamiento de Barcelona

Fueron los Comunes de Colau los que, al negarse a respaldar los presupuestos de la Generalitat, dieron a ERC la oportunidad de desmarcarse de los tiempos previstos por la Moncloa, mostrando, además, que Yolanda Díaz —tras la segregación de Podemos de su grupo parlamentario— no tuvo ni la disposición ni la capacidad para detener ese golpe a la integridad de la legislatura. Y para que no hubiese dudas el partido de la exalcaldesa barcelonesa volvía a ridiculizar a Díaz el viernes al tumbar los presupuestos de la capital catalana propuestos por su alcalde, el socialista Jaume Collboni. Dos ganchos al hígado de Sánchez y otro desafío, ya humillante, a Díaz.

Los republicanos catalanes no se pararon en barras y el martes pasado presentaban en sociedad su particular versión del concierto económico para financiar Cataluña: gestión, recaudación y liquidación de todos los tributos en la comunidad autónoma y un cupo a convenir con el Estado, así como, temporalmente, una aportación a la solidaridad territorial. Un órdago: "queremos la soberanía fiscal". Malestar en el PNV —todo lo que sea extender el sistema concertado es debilitar el modelo foral que es posible por su singularidad— y cabreo generalizado en todas las demás autonomías, tanto las gobernadas por el PP como las que lo están por el PSOE.

La ministra de Hacienda y vicesecretaria general socialista, desgañitándose mientras tanto en el Congreso, pero sin responder a la propuesta fiscal de Aragonés y Junqueras, que, para mayor mortificación de Sánchez, le han obligado a desvelar conversaciones bilaterales igualmente vigiladas por un mediador internacional. Nadie es menos que nadie en esta espiral de despropósitos. El silencio de la Moncloa ante este escenario tumultuoso y desordenado remite al desconcierto, a la ausencia de cualquier posible argumentario defensivo.

Puigdemont, en su depredador discurso, humilló a Pedro Sánchez y dejó muda a la Moncloa

Por eso, el depredador discurso de Carles Puigdemont del jueves por la tarde en el que anunciaba su candidatura a la presidencia de la Generalitat y su disposición a regresar a España si obtiene un mayoría para ser investido, dejó sin habla a los habitualmente expresivos portavoces del PSOE y del Gobierno, posiblemente desactivados ante el desglose de victorias que desgranó en su intervención el prófugo: culminar lo que dejó pendiente en 2017, acreditar que ha llevado al PSOE y al Estado allí donde quería, recordar que el presidente fue investido por su partido (“acordado fuera del país”) y reiterar que el objetivo es la independencia, primero negociada, y, alternativamente, unilateral. Ni una sola concesión a la fragilidad política que semejante inventario de triunfos provoca a Sánchez, acosado, al tiempo por el caso Koldo (va a más) y el de Begoña Gómez. Tampoco ERC ha echado una mano al presidente del Gobierno porque, estando en marcha un proceso de estúpida emulación, eleva la apuesta hasta dónde llega la de Puigdemont.

La tesis mendaz desde el principio sobre las razones de la ley de amnistía (el "reencuentro", "pasar página") es cada día más insostenible como acredita la agitación desarticulada del ministro Bolaños que se aplaude, se felicita y, como María Jesús Montero y Ana Redondo (¿alguien ha tranquilizado a la ministra de Igualdad después de sus gritos —"vergüenza, vergüenza, vergüenza"— en el Congreso?), chilla en la Carrera de los Jerónimos y en la Plaza de la Marina Española porque sus alaridos se oyen hasta en el exterior del Congreso y del Senado. Quizás haya que comprender que el pastiche de amnistía que ha cocinado es indefendible. Los reveses del dictamen de la Comisión de Venecia, de los letrados del Senado, del Consejo General del Poder Judicial y de una práctica mayoría de los académicos, impugnan las bondades del texto que el titular de Justicia, Presidencia y Relaciones con las Cortes pregona de manera un tanto patética.

Este desaguisado general y sin paliativos simpatiza explosivamente con el fracaso de Sumar y de Yolanda Díaz

Pero todo lo que está ocurriéndoles a Pedro Sánchez y al PSOE se deriva literalmente de los pactos que firmaron en el mes de noviembre para la investidura del secretario general socialista con ERC, con Puigdemont y con el PNV (además del no escrito con Bildu). Fueron acuerdos mercantiles, sin alma democrática ni constitucional, instrumentales y oportunistas. De ellos no se pueden derivar sino consecuencias desastrosas para la sociedad española y para los propios socialistas. Este desaguisado sin paliativos, que se traduce en el brutal y nauseabundo enfrentamiento parlamentario, simpatiza explosivamente con el fracaso de Sumar y de Yolanda Díaz.

En la asamblea constitutiva celebrada ayer con escasa repercusión mediática y menor aún interés social, la gallega no dispuso de opciones. Sumar es una carcasa, un proyecto fantasioso, un constructo cuya única funcionalidad, ya fallida, era la de apoyar en un espectro vecino al socialista a Pedro Sánchez. A Díaz —que rindió la primera y deprimente visita a Puigdemont en Waterloo— le han puesto en su lugar Errejón y su Más País (los amos del cotarro), Ada Colau y los Comunes (a su bola en Cataluña) y tanto Compromís como, al final también, Izquierda Unida. Quién se lo iba a decir a Pablo Iglesias.

En la Moncloa, además, han cometido un gravísimo error: situar a Isabel Díaz Ayuso en la diana sin reparar en que al hacerlo el Gobierno se enfrenta a una presidenta autonómica. Al apelar a Isabel reverbera Begoña. Y así engrandecen homéricamente a la madrileña, rescatándola de la torpe defensa de su novio que a fin de cuentas está siendo investigado por dos delitos. Es un yerro táctico, por añadidura, que desde Sánchez a Puente (¡qué gran tipo para ir cavando la tumba de la legislatura¡) pidan su dimisión mientras su jefe de gabinete, Miguel Ángel Rodríguez, un especialista en las profundidades de la turbiedad, perpetra fechorías que suscitan esos aplausos viscerales de los pasajeros instalados a estribor de un Titanic nacional en el que todos navegamos una travesía cada día más improbable.

Entre los días 13 y 23 de marzo, en pleno idus del mes, los acontecimientos han desarbolado al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y reducido a cenizas el frágil liderazgo de la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz. Sus respectivas apuestas eran arriesgadas, extremadamente imprudentes y, a siete meses de las elecciones del 23 de julio pasado, han quedado doblegadas por una acumulación de circunstancias fuera del control de ambos dirigentes.

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