Desde el sanchismo ya se le pide al presidente que no sea el candidato del PSOE. La corrupción y el desplome de su reputación sacuden a su partidarios, más aún tras su fracaso ayer en la cumbre de la OTAN
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una rueda de prensa en la cumbre de la OTAN. (EFE/J. J. Guillén)
Los adversarios de Pedro Sánchez se muestran más pesimistas que sus partidarios. La derecha y los amplios sectores sociales decepcionados, de adscripción ideológica volátil pero que optaron por el PSOE y que quizá suman ahora la mayoría electoral como subrayaba aquí el sociólogo Ignacio Urquizu, se han empapado de la certeza de la imbatibilidad del secretario general del PSOE mucho más que sus seguidores, incluso de los más determinados y audaces. Mientras aquellos amanecen con la ansiedad de encontrarse en los medios nuevos informes de la UCO que comprometan personalmente a Sánchez -como si lo ya sabido no lo hiciera-, el sanchismo ofrece unos síntomas de inquietud e inseguridad cada día de mayor intensidad.
No me refiero solo, que también, a la cuarentena de excargos públicos socialistas que le piden al presidente que renuncie a sus responsabilidades de inmediato. Tampoco, aunque también, a los reveses en el Congreso que han aunado al PP y a los socios de la investidura para obligar al presidente a comparecer en un pleno monográfico sobre la corrupción el próximo día 9 de julio, ni siquiera, insisto, aunque también, al progresivo resquebrajamiento de Sumar o a decisiones judiciales que afectan, con mayor o menor probabilidad sobre su alcance definitivo, al auténtico vicepresidente del Gobierno, Félix Bolaños, el primer ministro de Justicia de la democracia para el que un juez reclama del Supremo su imputación por dos delitos.
Todas esas circunstancias acosan a Pedro Sánchez en un escenario tan endiablado como el que han ido componiendo Ábalos, Koldo, Cerdán, su mujer, su hermano, Leire y el fiscal general del Estado, además de otros cabos, quizás más sueltos, de los que irán tirando la UCO y, después, los jueces. Un acoso que se retroalimenta con las disparatadas decisiones del presidente y de su Gobierno, como la intrusión, por razones políticas basadas en un vacuo interés general, un significante vacío o un concepto jurídico indeterminado introducido en la Ley de Defensa de la Competencia, que justificaría la prohibición de que el BBVA y el Sabadell se fusionen hasta dentro de tres o cinco años, o como las recientes pero continuadas salidas en falso en comparecenciaserráticas y contradictorias.
El fracaso de Sánchez y la amenaza de Trump
Consideración aparte merece la desastrosa gestión de Sánchez antes, durante y después de la cumbre de la OTAN que se celebró ayer en La Haya. Toda la razonabilidad de su argumentación de fondo quedó enajenada con su intempestiva e imprudente comparecencia del domingo pasado, con un hilo argumental que falseaba la dinámica de la Organización del Atlántico Norte retorciendo el significado diplomático de la respuesta postal de su secretario general, Mark Rutte. Su deambular adusto durante la reunión de los mandatarios de los 31 países miembros, el error manifiesto de no saludar al presidente de Estados Unidos y, al final, la humillación de firmar un comunicado final de cinco puntos con compromisos inequívocos que se dijo no aceptaría (¿por qué no tuvo la valentía de negar su firma?), perfila a un Sánchez como un ‘paria’ cobardón en la Europa actual, tal y como suponía un medio de referencia (Político).
Le ha ocurrido en lo internacional, lo que en España: no se lo creen e ironizan sobre su creatividad financiera: un ‘genio’ en expresión del primer ministro belga, Dar De Wever. Y no, no ha tenido ‘el momento Zelenski’ con Trump, según afortunada metáfora de Iñaki Ellacuria. Aunque el republicano no ha mencionado a Sánchez, si lo ha hecho a España reiteradamente, tildándola de ‘problema’ y prometiendo que nuestro país pagará ‘el doble’ en aranceles. En definitiva: Sánchez se ha comportado en Europa como lo haría Jan Luc Melénchon. El PSOE ya es la España Insumisa.
La solución: que renuncie a ser candidato del PSOE
Pero el verdadero riesgo que corre Pedro Sánchez, al menos el más inmediato, es que los intelectuales orgánicos que han teorizado sus prácticas durante estos siete años de gobierno juzguen que su situación es insostenible. La lectura de las tesis discrepantes con las propias es, en ocasiones, cansina, pero también obligatoria para elaborar el análisis político. Por eso resulta esclarecedor el texto de Ignacio Sánchez Cuenca en el diario El País del pasado martes, 24 de junio, titulado Pedro, yo sí te creo. El titular, sin embargo, es un paliativo de su tesis de fondo. Porque el firmante, catedrático de Ciencia Política y autor de ensayos muy combativos que han tratado de prestar desde el zapaterismo un ‘corpus’ a la izquierda en el día después del socialismo y la socialdemocracia, explica que el presidente "se encuentra en una posición especialmente difícil porque han caído dos secretarios de organización seguidos y porque llegó al Gobierno con un mensaje potente de limpieza política".
Cree Sánchez Cuenca que "la convocatoria anticipada es una solución drástica y exagerada" en las actuales circunstancias, pero propugna "otras soluciones" como la de que "Sánchez renuncie a ser candidato en las próximas elecciones y abra un proceso de renovación en el partido". El politólogo supone que con este sacrificio Sánchez evitaría "llevarse por delante el partido…y mostraría que la corrupción tiene consecuencias políticas". Obsérvese que entre el título del artículo y su texto existe una frágil coherencia porque si el autor creyera de verdad a Sánchez no le sugeriría que se aparte del combate electoral. Si desde la factoría de manufactura ideológica y táctica del sanchismo se le pide un paso atrás, no se puede exigir a los ajenos creencia alguna en las posibilidades del secretario general del PSOE. El desplome de su reputación política internacional juega en el mismo sentido: el mayor escepticismo acerca de su futuro inmediato.
Illa y el ensayismo sobre Sánchez
Este planteamiento discursivo, incluso académico, es en lo práctico similar al plan de gestión de Salvador Illa, que, al mismo tiempo que enardece a las bases del PSC ("hay que reivindicar ahora más que nunca los gobiernos de Pedro Sánchez"), se comporta en su día a día catalán con hechuras pontificales, bien lejanas a las divisivas de la Moncloa y Ferraz. De tal modo que Illa dice una cosa y hace otra distinta, fomentando así la misma sensación de increencia en Sánchez del que Illa logra recurrentes concesiones que le atornillan en la Generalitat catalana.
Añádase la ola de ensayismo muy del tono noventayochista sobre el personaje y la valoración de su obra. Luis Haranburu Altuna, después de su Pedro Sánchez o el síndrome de Narciso, acaba de publicar El suicidio de España, ensayos ambos interesantes y rabiosamente pesimistas, seguidos por el relato del historiador Antonio Elorza con su Pedro Sánchez o la pasión por sí mismo. Esos textos, que serían expresiones de la desfachatez intelectual según impugnación del también intelectual orgánico Sánchez Cuenca, hurgan en el aspecto idiosincrático del presidente del Gobierno que resulta incomprensible para tantos por su capacidad para superar líneas rojas y mantenerse el poder. No se considera que Sánchez sea un político que actúe como tal; se le entiende mejor desde la patología de su comportamiento arrogante que desde las connotaciones épicas, como puedan ser la audacia o la extrema temeridad. En último término, se le explica cabalmente como lo hacía The Economist cuando sentenció que Sánchez se aferra al poder a costa de la democracia.
Los adversarios de Pedro Sánchez se muestran más pesimistas que sus partidarios. La derecha y los amplios sectores sociales decepcionados, de adscripción ideológica volátil pero que optaron por el PSOE y que quizá suman ahora la mayoría electoral como subrayaba aquí el sociólogo Ignacio Urquizu, se han empapado de la certeza de la imbatibilidad del secretario general del PSOE mucho más que sus seguidores, incluso de los más determinados y audaces. Mientras aquellos amanecen con la ansiedad de encontrarse en los medios nuevos informes de la UCO que comprometan personalmente a Sánchez -como si lo ya sabido no lo hiciera-, el sanchismo ofrece unos síntomas de inquietud e inseguridad cada día de mayor intensidad.