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Los 130 años del PNV, sus ambigüedades y sus traiciones
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José Antonio Zarzalejos

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Los 130 años del PNV, sus ambigüedades y sus traiciones

Cuando el PNV acuda en socorro del vencedor, Feijoo debería mostrarle a Esteban el camino del purgatorio porque el nacionalismo vasco forma parte del problema y no de la solución

Foto: Aitor Esteban, presidente del PNV. (EFE)
Aitor Esteban, presidente del PNV. (EFE)
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Un 31 de julio de 1895 Sabino de Arana y Goiri fundó el Partido Nacionalista Vasco, el jueves hará 130 años. Los jetzales celebran la efeméride mañana en Bilbao junto a la estatua del padre del nacionalismo vasco en los jardines de Albia. La historia es conocida. Arana era un hijo desmesurado de su tiempo que construyó sobre la supuesta raza vasca, sobre una confesionalidad católica verdaderamente cerril ("Dios y leyes viejas") y sobre una indisimulada xenofobia, toda una narrativa trufada de mitología que terminó por persuadir a amplios sectores de Vizcaya, extendiéndose después a los territorios guipuzcoano y alavés y más contemporáneamente a Navarra. El invento nacionalista fue reactivo a los grandes cambios de finales del siglo XIX, a la secularización progresiva y migraciones de aquellos tiempos y a la inflamación romanticista que abonó otros movimientos nacionalistas, como el catalán, aunque con mucho más fuste, historia y contenido que el vasco.

El nacionalismo vasco ha ido disponiendo de mecanismos de reproducción (la familia, el entorno amical, el clero integrista) con ciertas innovaciones generacionales, pero siempre en conexión con la matriz sabiniana: el supremacismo étnico, el euskera como lengua ‘nacional’, la identidad confesional y la sublimación de las virtuosidades de los vascos. Pero la historia del PNV, que ha logrado absorber toda la expresividad del nacionalismo hasta la irrupción de la banda terrorista ETA y la consolidación de sus legatarios (Herri Batasuna en su momento, EH Bildu, ahora), es también todo un relato de ambigüedades y traiciones.

El nacionalismo vasco es el linaje político más oportunista en la historia de España en los siglos XX y XXI. El PNV estuvo presente en todos los escenarios nacionales. En la Restauración (1876-1931), de la que obtuvo el mantenimiento del privilegio económico de los conciertos-, en la República en cuya instauración los nacionalistas no participaron (no estuvieron en el Pacto de San Sebastián de 1930), en el franquismo proteccionista y represor al mismo tiempo, y en la democracia de 1978. En ninguna de esas épocas el PNV -a menudo enzarzado en guerras intestinas que desembocaron en escisiones- adquirió un verdadero compromiso. Una calculada ambigüedad sacristana distinguió siempre su táctica porque jamás ha tenido estrategia.

Dejemos para la historiografía la ilustración detallada sobre el oportunismo histórico del PNV (fíense del gran Jon Juaristi) y vayamos al aquí y ahora. Los nacionalistas vascos compadrearon con la violencia etarra hasta finales del siglo XX; desdeñaron la Constitución de 1978, pero se aferraron a los privilegios que les otorgó y han sido conservadores democristianos ayer y progresistas hoy. Han conseguido, además, tener una buena prensa. Hasta llegar al sanchismo que les recibió cordialmente en 2018 tras la última traición del PNV a la derecha española que fue la que de verdad erigió el autogobierno vasco (primero, Suárez, luego Aznar y, por último, Rajoy).

Foto: pnv-psoe-sanchez-gobierno-cerdan-navarra

En 1996 Xavier Arzalluz y José María Aznar llegaron a un acuerdo de investidura, pero en 1997 el PNV se echó en brazos de ETA y firmó con la banda el pacto Estella. En 2016 votó contra la investidura de Rajoy, pero acordó con él los Presupuestos de 2018, días antes de respaldar su censura. Ahora se ha embarcado con Sánchez en una travesía de la que se recela cada día más en las bases del partido, preocupadas por la nueva dirección que congenia mal con las exigencias autóctonas sabinianas (Pradales Gil y Esteban Bravo) y que, además, le obliga a viajar con compañeros históricamente poco compatibles. El nacionalismo vasco, aunque poliédrico, es de naturaleza conservadora y observa que el sanchismo es más propio del abertzalismo radical de Otegi y Aizpurúa que del burgués directorio de Sabin Etxea. La colaboración con el PSOE (otra cosa es el PSE, que desde que lo dirigió Patxi López se ha convertido en un estafermo) le está siendo rentable a Bildu, el más decidido de los socios de Sánchez.

Núñez Feijoo ha sido el líder autonómico mejor visto por los nacionalistas vascos. Pero esa relación fluida duró hasta que el gallego desembarcó en Madrid y se hizo con la presidencia del PP. Existe, no obstante, una permanente esperanza popular de que el PNV regrese a su pretendida normalidad conservadora. Salvando las distancias, se ve a los nacionalistas vascos como a los junteros de Puigdemont. Derrotan en asuntos sociales por el pitón derecho, pero cornean siempre por el izquierdo. De modo que, en el 130 aniversario de la fundación sabiniana, a Génova le vendría bien establecer sólidamente cual va a ser el modelo de relación con el PNV.

Foto: cupo-vasco-cataluna-pensiones-1hms Opinión
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Si se quieren lograr resultados distintos a los obtenidos con el bipartidismo imperfecto que nos ha llevado hasta donde estamos -en el fracaso- más vale no hacer las mismas cosas de antaño, sino diferentes. Y la más diferente de todas es comunicarles a los ambiguos (y, a veces, traidores) nacionalistas vascos que los esfuerzos de la derecha española se van a centrar en la autosuficiencia electoral. O, en otras palabras, que ellos, forman parte del problema y no de la solución, de ninguna solución. Al cabo, porque bien podrían perder el poder en el Gobierno vasco.

Dice Aitor Esteban que percibe que se está formando una ‘mayoría negativa’ en el Congreso pero que el PNV no va a tumbar a Sánchez. Ya veremos si, como está en su genética histórica que reverdece en este 130 aniversario de la fundación del partido que preside, no acude en socorro del vencedor cuando el socialista caiga. Y si eso sucede, es de confiar que Feijoo les muestre el camino del purgatorio para que el nacionalismo vasco purgue sus muchas inconsecuencias. Ni el PNV ni Junts debieran hacerse ilusiones de que, con unos o con otros, siempre serán el perejil de los guisos de la gobernabilidad de España. No es cuestión de volver a las andadas.

Un 31 de julio de 1895 Sabino de Arana y Goiri fundó el Partido Nacionalista Vasco, el jueves hará 130 años. Los jetzales celebran la efeméride mañana en Bilbao junto a la estatua del padre del nacionalismo vasco en los jardines de Albia. La historia es conocida. Arana era un hijo desmesurado de su tiempo que construyó sobre la supuesta raza vasca, sobre una confesionalidad católica verdaderamente cerril ("Dios y leyes viejas") y sobre una indisimulada xenofobia, toda una narrativa trufada de mitología que terminó por persuadir a amplios sectores de Vizcaya, extendiéndose después a los territorios guipuzcoano y alavés y más contemporáneamente a Navarra. El invento nacionalista fue reactivo a los grandes cambios de finales del siglo XIX, a la secularización progresiva y migraciones de aquellos tiempos y a la inflamación romanticista que abonó otros movimientos nacionalistas, como el catalán, aunque con mucho más fuste, historia y contenido que el vasco.

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