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España, en la emoción negativa (sin presupuestos, elecciones)
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José Antonio Zarzalejos

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España, en la emoción negativa (sin presupuestos, elecciones)

La evitabilidad parcial de las catástrofes empuja a una emoción negativa sobre nuestro futuro. Y han sido las emociones más que las razones las que han mantenido en pie a Sánchez y a su progresismo

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, preside la reunión del Comité Estatal de Coordinación (CECOD) contra los incendios. (Europa Press/Pool/Moncloa)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, preside la reunión del Comité Estatal de Coordinación (CECOD) contra los incendios. (Europa Press/Pool/Moncloa)
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El ambiente irrespirable de la confrontación política como respuesta indigna a las catástrofes -primero a las riadas trágicas de Valencia, al apagón y ahora a los incendios devastadores- rubrica el peor fin de ciclo político de la historia reciente de la democracia española. Este deterioro, también moral, se produce cuando la clase dirigente olfatea que las elecciones están cercanas y cree que, con más confrontación, con más colisión entre adversarios, con más necio relato antagonista, se recaudan más votos que con la sensatez y el buen sentido.

No es así. En España aumenta la sensación de irrealidad que transmiten los portavoces gubernamentales y de la oposición y se incrementa al mismo ritmo la antipolítica que favorecerá, sin duda, a los planteamientos más radicales, porque los de los partidos mayoritarios no lo son menos y, además, hastían a la población que aspira, lejos de las épicas de feriantes, a vivir en libertad, con un razonable bienestar que permita un horizonte de expectativas mejores de las que en la actualidad avizora.

Pedro Sánchez ha llevado la resistencia de su manual al esperpento. Las elecciones anticipadas para clausurar esta decimoquinta legislatura son inevitables. La arquitectura efímera de su mandato no soporta ni el peso de sus contradicciones ni su desafío a la legalidad constitucional y a las más elementales convenciones de la democracia liberal.

Como bien han supuesto sus propios socios, acaso se presenten los Presupuestos Generales del Estado -desde luego, ya fuera de plazo- pero no serán aprobados porque la inanición de la mayoría de la investidura y su ruptura son definitivas. El Estado no puede continuar desempeñando sus competencias por tercer ejercicio consecutivo sin cuentas públicas, funcionando con las prorrogadas aprobadas en la legislatura anterior, en 2022. Desde 1978 los Presupuestos se han prorrogado hasta en diez ocasiones, pero siempre por la incidencia de circunstancias transitorias (entre 2015 y 2019 se celebraron cuatro elecciones generales)

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No hay precedente de que en una legislatura durante dos ejercicios (el pasado y el actual), camino del tercero, el Gobierno, saltándole impúdicamente la Constitución y los usos democráticos, se niegue a reconocer que sin mayoría en el Congreso no es legítimo mantenerse en el poder. Lo que procede es convocar a la ciudadanía a las urnas y confirmar a la sociedad española su inalienable derecho a pronunciarse sobre qué gobierno desea en función de las mayorías parlamentarias que salgan de unos nuevos comicios.

Pedro Sánchez y el PSOE que dirige, están acabados. Esa es la razón por la que el presidente del Gobierno y secretario general del partido, estira agónicamente la legislatura. No hay frente que no le sea adverso. Incluso el económico es un trampantojo, con un crecimiento del PIB por razones puramente demográficas, pero con la depauperación de las rentas laborales y una fiscalidad desbocada que, por momentos, llega a ser confiscatoria. Se intenta gobernar trampeando, mediante decretos leyes con cuya convalidación se comercia en el Congreso, lanzando brindis al sol meramente nominales e inoculando hipérboles (pactos de Estado) sobre las capacidades del Gobierno, del Estado y de la propia sociedad española que resultan inverosímiles.

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Sánchez, con determinadas ayudas de una oposición que incurre en torpezas como si se mimetizase con la mediocridad gubernamental, ya no dispone de opciones. Por el contrario, todo su afán se ha reducido a regatear los obstáculos que le van sobreviniendo. Sea en la política de relación con sus socios; sea con los casos de corrupción que le afectan; sea en la política internacional; sea en el frente mediático en donde ha perdido todo el capital de credibilidad que pudo atesorar hace un par de años; sea en la derivada económica, que va a comenzar a presentar indicios serios de desgaste…toda la coreografía que le acompaña le es negativa. Y a medida que transcurre el tiempo, empeora.

Mientras esto ocurre, España se aproxima a un cuadro ambiental y preelectoral cada día más parecido al de países de nuestro entorno que han experimentado una transformación profunda en la correlación de fuerzas de sus partidos políticos. Es el caso de Italia, el de Francia, el de Alemania, el de Portugal…escenarios en los que han crecido las fuerzas radicales (más de la derecha que de la izquierda) dejando mermadas a las moderadas que, por debilidad o por falta de convicción, ya no lo son, malentendiendo lo que significa la centralidad y la integración.

La increencia democrática de las generaciones más jóvenes y la decepción de las más modestas, convergen con el desplome de la clase media que se siente frustrada ante la viva percepción de que sus hijos y sus nietos se adentran en un ciclo perdedor de oportunidades en el que la audacia de los más ricos y depredadores y la demagogia ineficaz de las izquierdas tienen más futuro que los valores tradicionales que se comportaban como ascensores sociales.

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El destrozo social y político de España adquiere unas dimensiones extraordinarias. La sensación de que hemos perdido el ritmo de la historia del presente se ha extendido de la mano de un pesimismo resignado alimentado por la concurrencia casi continua de graves y dañinos sucesos colectivos que dejan un reguero de vidas, de daños y de ilusiones agostadas. La evitabilidad parcial de las catástrofes, mediante la prevención y su adecuada gestión cuando acontecen, y que aquí han fracasado, empuja a una emoción negativa (desesperanza, ansiedad, estrés colectivo) sobre nuestro futuro. Y han sido las emociones, mucho más que las razones, las que han mantenido en pie a Sánchez y a su progresismo.

La imposibilidad de que el Gobierno apruebe los presupuestos generales del Estado y la convocatoria de las elecciones autonómicas en Castilla y León y Andalucía en 2026 son argumentos inexorables para la convocatoria electoral adelantada. La gran falsedad del ‘somos más’ sanchista del 23-J de 2023, no da más de sí.

El ambiente irrespirable de la confrontación política como respuesta indigna a las catástrofes -primero a las riadas trágicas de Valencia, al apagón y ahora a los incendios devastadores- rubrica el peor fin de ciclo político de la historia reciente de la democracia española. Este deterioro, también moral, se produce cuando la clase dirigente olfatea que las elecciones están cercanas y cree que, con más confrontación, con más colisión entre adversarios, con más necio relato antagonista, se recaudan más votos que con la sensatez y el buen sentido.

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