Junts, ERC, Bildu y el PNV no hicieron cosa distinta que aceptar la invitación del chantajeado a dejarse dócilmente chantajear. Y Díaz, la de los 'principios y límites', también
Pedro Sánchez y Begoña Gómez acuden al preestreno de la última película de Alejandro Amenábar, 'El Cautivo'. (Moncloa)
La foto de Pedro y Begoña acudiendo a un estreno cinematográfico, el miércoles, a la misma hora en la que Yolanda Díaz, desquiciada, formulaba en el Congreso de los Diputados los dicterios más severos a sus socios de Junts (‘chantajistas’, ‘reaccionarios’) que tumbaron su propuesta de reducción de jornada laboral, son las secuencias postreras, el desenlace avanzado, de una historia de simulación e hipocresía.
El matrimonio Sánchez-Gómez logró con la imagen junto a Amenábar tres objetivos. El primero, que la instantánea del día, no consistiese en la comparecencia de Begoña, por cuarta vez, ante el juez Peinado. El segundo, que, pese a informaciones solventes sobre los negocios de su familia que resultarían infamantes para cualquiera, el uno y la otra demuestran que no se dan por enterados. El tercero, dejar sin la asistencia de su presencia, ni la de otros miembros del Gabinete en el Congreso, a la vicepresidenta y ministra de Trabajo para que se ahorcase del pino que eligió para su óbito, es decir, del fracaso sonoro y cantado de una reducción de la jornada laboral que al PSOE le interesa tan poco como a Junts.
El problema surgió cuando Yolanda Díaz, una gestora poco competente y que protagoniza intervenciones desarticuladas y sobreactuadas, fue más allá de lo conveniente y descubrió el pastel. Resulta que los junteros de Puigdemont ‘chantajean’. Pero ¿no son los que pactaron la ley de amnistía?, ¿no son los que invistieron a Sánchez?, ¿acaso no les debe ella su cargo en el Gobierno?, ¿tal vez su visita a Waterloo, la primera de todas las institucionales, al expresidente de la Generalitat fugado, no fue cordial y risueña?, ¿no son esos siete diputados los que siguen manteniendo la legislatura negándose a secundar la censura a Sánchez que Feijóo propondría de contar con su respaldo?, ¿dijo algo la ministra sobre el compromiso de Sánchez y Puigdemont de delegar las competencias de inmigración a la Generalitat?
Desde la izquierda extrema, Yolanda Díaz no solo da la razón a quienes vienen advirtiendo del chantaje de Junts (y de ERC, y del PNV, y de Bildu), sino que en la denuncia adopta el mismo lenguaje y utiliza los mismos términos que los de la derecha. Así, la vicepresidenta, probablemente sin quererlo (no es política de fuste), descubre la naturaleza espuria de los pactos de investidura de Sánchez en los que se resignó cualquier coherencia ideológica y cualquier forma de lealtad al sistema constitucional. Ella y Sánchez, y sus respectivos partidos, deben lo que son y donde están a Carles Puigdemont, y Salvador Illa a Oriol Junqueras.
Hay que afinar, sin embargo. El ‘chantaje’ que tan agitada desveló Yolanda Díaz se consumó también por Pedro Sánchez la medianoche del 23-J cuando invitó a que los secesionistas catalanes y vascos se unieran a él para ser ‘muchos más’ que la oposición. Junts, ERC, Bildu y el PNV no hicieron cosa distinta que aceptar la invitación del chantajeado a dejarse dócilmente chantajear. Y ella, Díaz, la de los ‘principios y límites’, también. El resultado, está a la vista.
Yolanda Díaz es la viva imagen del fracaso. Desde que Pablo Iglesias la designara como su sucesora cuando intuyó acertadamente que estar en el Gobierno no significaba tener tanto poder como suponía y se largó de la Moncloa, la gallega ha ido de tumbo en tumbo. Ni la reforma laboral de 2022 es suya, sino de un torpe diputado del PP, Alberto Casero, que erró al votar telemáticamente a favor del proyecto. Luego, las cifras del desempleo real se ocultan porque siguen sin desglose de los fijos discontinuos activos y en el desempleo. No va a salir adelante tampoco el estatuto del becario, ni la revisión de la cuotas de los autónomos, ni la jubilación reversible y otras modalidades. Y si fuerza la máquina con el salario mínimo interprofesional, Junts y ERC, y seguramente el PNV, van a reclamar uno diferente y más alto para los trabajadores de Cataluña y el País Vasco.
En otro orden de cosas, la torpeza de Díaz en el manejo fundacional de Sumar ha reducido el conglomerado a los restos del naufragio. Podemos va por libre y otros partidos que se integraron, se fracturan. Sánchez y el PSOE aguantan el suelo electoral del socialismo populista con la absorción de los votantes de esa izquierda que Díaz creía liderar. Su fracaso en los comicios generales, en los autonómicos (especialmente hiriente en Galicia) y en las europeas, han ido amortizando su figura hasta dejarla reducida a lo que se vio el pasado miércoles: sola en la bancada azul, derrotada por los socios de investidura y con Bolaños, Alegría y Montero dando otra dosis de cariño a los ‘chantajistas’ de Junts.
El desmelene verbal de la vicepresidenta no vale de nada a efectos prácticos. Pero sí a efectos simbólicos: la formulación pública por la extrema izquierda de la teoría del ‘chantaje’ ejecutada mediante la eficaz herramienta de los pactos de investidura que ella acogió con el mismo énfasis que ahora emplea para impugnar a los que le llevaron a su sillón ministerial. Da la rara casualidad de que esta vez Junts hizo un favor a los pequeños empresarios y a los autónomos a los que una reducción de jornada como la que pretendía Díaz les hubiese metido en la zona de máxima precariedadtal y como lo contó aquí Josep Martí Blanch. La corrupción más grave de este tiempo político es la mentira y por eso ha sorprendido a todos -izquierda incluida- que Yolanda Díaz, enrabietada, se haya sincerado. Aunque ya esté arrepentida del desahogo.
La foto de Pedro y Begoña acudiendo a un estreno cinematográfico, el miércoles, a la misma hora en la que Yolanda Díaz, desquiciada, formulaba en el Congreso de los Diputados los dicterios más severos a sus socios de Junts (‘chantajistas’, ‘reaccionarios’) que tumbaron su propuesta de reducción de jornada laboral, son las secuencias postreras, el desenlace avanzado, de una historia de simulación e hipocresía.