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La izquierda española y los judíos (la nueva banalidad del mal)
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La izquierda española y los judíos (la nueva banalidad del mal)

No basta con que Hamas devuelva a los rehenes vivos y los cadáveres de los asesinados. Los terroristas no pueden ser interlocutores del futuro de los palestinos. Deben desarmarse y disolverse

Foto: Tres de los israelíes liberados por Hamás en febrero de 2025. (EFE)
Tres de los israelíes liberados por Hamás en febrero de 2025. (EFE)
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La izquierda española, comandada por Sánchez, ha confundido voluntariamente los términos de la cuestión del conflicto de Gaza, ocultando con dolo un aspecto esencial: Hamás (léase su carta fundacional de 1988) e Hizbula, Irán y otros países de la zona no tienen otro propósito en su hostigamiento a Israel que su exterminio completo, su desaparición como sociedad y como Estado de tal manera que desde la orilla occidental del Jordán hasta el mar Mediterráneo (eslogan que corea la indigente vicepresidenta segunda del Gobierno) no quede ni un solo judío. O sea, el mismo propósito de asesinato industrial y masivo del nazismo arropado ahora por la indumentaria del poscolonialismo, la identificación de los judíos con los poderes opresivos a los que se les endilga todos los tópicos antisemitas que ruedan con ínfulas intelectuales desde el siglo XVIII. Por esa razón, no basta con que Hamas devuelva a los rehenes vivos y los cadáveres de los asesinados. Los terroristas no pueden ser interlocutores del futuro de los palestinos. Deben desarmarse y disolverse.

La narrativa progresista que elude datos cruciales del conflicto alcanza a la omisión del carácter netamente terrorista de Hamás y de Hizbula, así declarado por la Unión Europea y Estados Unidos. El pudor de los judíos en mostrar a sus muertos y la extrema consideración ritual de su inhumación y despedida (la lectura de Vivir con nuestros muertos de la rabina francesa Delphine Horvilleur es un texto conmovedor), así como la voluntad de intimidad de las familias de las víctimas del pogromo del 7 de octubre de 2023, (el martes hará dos años de la masacre), han impedido que se mostrasen masivamente los 43 minutos del video grabado por los propios terroristas de Hamas mientras perpetraban sus horribles asesinatos. Quienes contemplamos aquellas imágenes podemos dar testimonio de su vesania, de su brutalidad y de su inhumanidad.

Sin embargo, como relata Eva Illouz, socióloga francesa, en su breve y extraordinario ensayo El 8 de octubre. Genealogía de un odio virtuoso, si la izquierda quiere sobrevivir "como proyecto humanista debe cuestionar sus certezas y reimaginar las virtudes democráticas de la complejidad y la verdad. Sería desastroso para la democracia mundial que la izquierda eligiera a la madre equivocada, como diría Salomón, la que prefiere partir al niño en dos." Y añade: "No se defiende mejor a los palestinos mostrando un odio virtuoso contra Israel. Y defender a Israel no significa renunciar a la lucha por los derechos de los palestinos. El odio degrada y desacredita. Utilizarlo para defender a los palestinos solo retrasará una solución justa para ellos. Para lograr su Estado, debemos obrar con la misma determinación que para garantizar que los judíos ya no tengan que justificar la existencia de Israel. Para ello necesitamos un actitud analítica justa y una amplia fraternidad".

La izquierda española no ha tenido una actitud ni justa ni analítica. Y el progresismo wokista -también lo relata Eva Illouz, con remisión a documentación indubitable- observó, inclemente, a las víctimas del 7-O "como lejanas y ajenas, responsables de su destino y lo suficientemente fuertes como para hacer frente a la agresión". La manera bestial en la que los kibutz fueron asaltados en una mañana de Shabat, la indefensión desprevenida de sus habitante en la zona lindante con Gaza, la alevosía y el ensañamiento con que los terrorista desventraron, violaron, golpearon sádicamente a los cientos de israelíes, hombres, mujeres y niños (ni a las mascotas respetaron) en aquel día de muerte y fuego, hubiese merecido su condena en el discurso de la izquierda woke y una compasión por lo menos proporcional a la que muestra con las inocentes víctimas palestinas en la nefanda respuesta de Netanyahu.

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El mal de Hamas ha sido banalizado como los cuadros del nazismo banalizaron el genocidio de más de seis millones de judíos, tal y como explicó en Eichmann en Jerusalén la filósofa Hannah Arendt. Ella, y otros muchos judíos, de Primo Levi (Si existe Auschwitz no puede existir Dios) a Yishai Sarid (El monstruo de la memoria), provocan de continuo un debate ético en Israel sobre la moralidad de los comportamientos que su Estado adopta para defenderse de sus enemigos desde el recuerdo permanente del Holocausto. La sociedad israelí, incluso en momentos tan existenciales como el actual, es discutidora de sus propios dogmatismos. La izquierda ‘progresista’ ahora -y antes una buena parte de la derecha que es proisraelí por islamófoba- no ha respetado esa pluralidad de contradicciones y angustias más arraigadas.

Esa banalización del mal de Hamas, la falta de compasión también hacía sus víctimas y la displicencia sobre el debate israelí acerca de sus conductas y las de sus autoridades, han dejado en la soledad a Israel como ha explicado Bernard-Henri Levy, en un texto descarnado en el que muestra su total desesperanza: "No hay lugar en el mundo en el que los judíos estén a salvo, ese el mensaje [del 7-O]. No hay tierra en este planeta que sirva de refugio para los judíos, eso es lo que anuncia el acontecimiento. Jamás, en ninguna parte, nadie dirá que los judíos pueden vivir en el mundo como los franceses en Francia, los ingleses en Inglaterra y los estadounidenses en Estados Unidos. Y esto será así para siempre, hasta el final de los tiempos. Es una verdad que salta a la vista".

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El Gobierno español se ha comportado con una inquina miserable porque ha convertido la tragedia en una herramienta de política interna. Eso no ha ocurrido, por sus matices y equilibrio semántico, con otros ejecutivos europeos críticos con el de Israel. Y por fin, la confusión de conceptos porque una cosa es el Gobierno de Israel, otra cosa diferente los israelíes, casi un 20% árabes, y otra el pueblo judío que es diaspórico en expresión de Reyes Mate, que ha creado un estado de opinión carente de cualquier ponderación.

¿Conoce este progresismo woke local la relación de los judíos españoles (y no españoles) con los movimientos y partidos de izquierda?, ¿conoce la historia contemporánea de los judíos en nuestros país, de aquellos que apoyaron la II República, se enrolaron en las Brigadas Internacionales y fueron bastiones del exilio antifranquista? Debieran leer sus militantes, si no fueran fanáticos, la gran obra de Jacobo Israel Garzón para entender el calibre de la traición que han perpetrado al judaísmo, una causa que trasciende a Israel, a su Estado, a sus gobiernos y enlaza con la perversión de una humanidad que ha echado sobre el pueblo judío el inaceptable estigma expiatorio de sus (nuestras) culpas históricas.

La izquierda española, comandada por Sánchez, ha confundido voluntariamente los términos de la cuestión del conflicto de Gaza, ocultando con dolo un aspecto esencial: Hamás (léase su carta fundacional de 1988) e Hizbula, Irán y otros países de la zona no tienen otro propósito en su hostigamiento a Israel que su exterminio completo, su desaparición como sociedad y como Estado de tal manera que desde la orilla occidental del Jordán hasta el mar Mediterráneo (eslogan que corea la indigente vicepresidenta segunda del Gobierno) no quede ni un solo judío. O sea, el mismo propósito de asesinato industrial y masivo del nazismo arropado ahora por la indumentaria del poscolonialismo, la identificación de los judíos con los poderes opresivos a los que se les endilga todos los tópicos antisemitas que ruedan con ínfulas intelectuales desde el siglo XVIII. Por esa razón, no basta con que Hamas devuelva a los rehenes vivos y los cadáveres de los asesinados. Los terroristas no pueden ser interlocutores del futuro de los palestinos. Deben desarmarse y disolverse.

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