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Si cae Bolaños, cae el Gobierno

Pese al esfuerzo de ubicuidad del ministro para atender a todas las líneas defensivas y ofensivas, él sabe que comienza a ser cuestionado, mientras otros titulares de departamentos buscan resguardo de manera permanente

Foto: El ministro de Presidencia, Félix Bolaños. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
El ministro de Presidencia, Félix Bolaños. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
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Sánchez se resiste a precipitar una crisis de Gobierno que vendrá obligada cuando se convoquen elecciones autonómicas en varias comunidades en las que hasta cinco ministros han sido seleccionados como líderes y cabeza de lista. La espera se está haciendo muy larga y el equipo gubernamental se resiente de una inconsistencia creciente. Los ejemplos de Ana Redondo, ministra de Igualdad, a propósito de los fallos en las pulseras de detección de los agresores machistas, y de Elma Saiz, ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, que se ha tenido que ‘comer’ el incremento de las cotizaciones a los autónomos, son los últimos episodios de un desgaste que toca ya hueso.

El achicharramiento de Albares, en Exteriores, le ha fulminado; las sospechas sobre Víctor Ángel Torres le condicionan; la resignación de Óscar López asumiendo su derrota ante los funcionarios de los cuerpos de la Administración del Estado que se han cobrado la pieza de la secretaria de Estado de Función Pública, la inutilidad andante que es la ministra de Vivienda, Isabel Rodríguez, responsable de una indignante campaña publicitaria, y la irrelevancia de los ministros de Sumar, con Yolanda Díaz (y sus lapsus) a la cabeza, componen un cuadro del Consejo de Ministros especialmente lamentable. El caso de Óscar Puente es, directamente, bufonesco.

Pero el ministro clave, es Félix Bolaños. Hombre de confianza de Sánchez, ha acumulado poder con tres ministerios: Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes. Bolaños es un tipo hábil y perspicaz, pero maneja asuntos que ya le están rebasando en sus tres áreas de competencia.

En el ministerio de Presidencia se sitúa la zona cero de las actividades de Begoña Gómez, además de granjearle amplias facultades de coordinación gubernamental y la secretaría del Consejo de Ministros. En el ministerio de Relaciones con las Cortes le corresponde lidiar con los socios díscolos de la investidura de Sánchez y lo hace con muy diferente suerte. Muy mala con Junts cuya portavoz anunció, otra vez, que es la hora del cambio. Bolaños tiene por difícil misión detener el reloj.

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En el Ministerio de Justicia, el ministro se ha introducido en un auténtico carajal. Sus proyectos de modificación del Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal, de reformulación del acceso a la carrera judicial y fiscal, de reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal para transferir a los fiscales la instrucción penal, el del secreto profesional de los periodistas vapuleado por el dictamen del el Consejo General del Poder Judicial, son iniciativas demasiado precipitadas que se enfrentan a obstáculos insorteables.

El último revés para Félix Bolaños ha sido el dictamen de la Comisión de Venecia sobre el procedimiento de elección de los vocales judiciales del Consejo General del Poder Judicial. A pesar de sus acreditadas habilidades para introducir confusión en la claridad literal de los informes que no le favorecen, lo cierto es que desde el Consejo de Europa le indican que los estándares adecuados son los de la propuesta de los consejeros denominados ‘conservadores’ del órgano de gobierno de los jueces. Él fue, además, quien firmó con Oriol Junqueras el pacto de investidura de Sánchez en el que se incorporaba el compromiso de la financiación singular de Cataluña que los republicanos reclaman perentoriamente.

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Bolaños, además, es el que maneja la interlocución con la Fiscalía General del Estado (en la que va a hacer historia a propósito del inédito enjuiciamiento penal de Álvaro García Ortiz) y con el Consejo General del Poder Judicial que ha acordado nombramientos a contrapelo de los deseos del ministro (por ejemplo, las presidencias de las Salas Segunda y Tercera del Supremo). Sobre él recaerá también la responsabilidad de que la ley de amnistía alcance sus objetivos políticos: su aplicación a Puigdemont y Junqueras. Incluso la presentación, debate y eventual aprobación de los Presupuestos le corresponden porque le conciernen más a él que a la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, que está de salida. Le tocará a él intentar aglutinar a los socios de investidura en el Congreso, para los que la política andaluza y vicepresidenta primera no es ya interlocutora válida.

El balance de la gestión de Bolaños en sus tres frentes ministeriales no está ofreciendo resultados suficientes para que en el PSOE y, el propio Sánchez, muestren la más mínima satisfacción. Pese al esfuerzo de ubicuidad del ministro para atender a todas las líneas defensivas y ofensivas, él sabe que comienza a ser discutido, mientras otros titulares de departamentos buscan resguardo de manera permanente. Carlos Cuerpo las mata callando (ahí está su intervención en la opa fracasada del BBVA al Sabadell), Luis Planas, de Agricultura, imita la luz atravesando el cristal y Sara Aagesen, vicepresidenta tercera, y a pesar del ‘marrón’ de la situación energética en España, pasa desapercibida, eso sí, con muy buenas maneras. Fernando Grande-Marlaska, no cuenta, está fundido casi como Margarita Robles que, simplemente, deambula.

La peor parte de la evidente crisis gubernamental se la lleva, sin duda, Félix Bolaños. Asumió demasiado poder en una estructura orgánica fallida. Justicia y Presidencia abarcan competencias poco compatibles de manejar por una sola mano y, en minoría parlamentaria, las relaciones con las Cortes son directamente una tortura. Y, sin embargo, la posición de Bolaños no puede ser más necesaria porque nadie en el Gobierno sostiene el tinglado como él. Prescindir de su concurso en el Consejo de Ministros es, sencillamente, inimaginable. Si cae Bolaños, cae el Gobierno largo de Sánchez. Toda crisis de Gobierno que no pase por el ‘triministro’ (y no pasará) será de circunstancias porque el sanchismo depende de Bolaños y Bolaños depende del sanchismo. Por decirlo al modo metafórico, este hombre es la encarnación más auténtica del régimen nacido el 2018 porque es el que con más empeño trabaja para instalarlo.

Sánchez se resiste a precipitar una crisis de Gobierno que vendrá obligada cuando se convoquen elecciones autonómicas en varias comunidades en las que hasta cinco ministros han sido seleccionados como líderes y cabeza de lista. La espera se está haciendo muy larga y el equipo gubernamental se resiente de una inconsistencia creciente. Los ejemplos de Ana Redondo, ministra de Igualdad, a propósito de los fallos en las pulseras de detección de los agresores machistas, y de Elma Saiz, ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, que se ha tenido que ‘comer’ el incremento de las cotizaciones a los autónomos, son los últimos episodios de un desgaste que toca ya hueso.

Félix Bolaños
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