La izquierda en España, adicta ya a las mentiras de su líder, recuerda a las bolsas de ciudadanos adheridos a los peores populismos de tiempos anteriores, denunciados por Hannah Arendt que alentó el pensamiento crítico
Hoy hace cincuenta añosfallecía Hannah Arendt en Nueva York. Fue la filósofa y pensadora más potente del siglo XX, la más lúcida escrutadora de los totalitarismos. También la que con más agudeza sometió a contraste la verdad y la mentira en la política, diseccionando casos periodísticos tan legendarios como el Watergate o los Papeles del Pentágono. Sus entrevistas y ensayos son hoy en España terrenos fértiles para localizar reflexiones que, escritas hace ya tantas décadas, resultan adaptables a nuestro presente.
Las comparecencias mediáticas de Pedro Sánchez del pasado martes para representar obscenamente un acto de sumisión al fugado que él ha prometido presentar a la justicia —Carles Puigdemont— ha sido una demasía que, seguramente, encaja en este párrafo de Hannah Arendt:
"Siempre se llega a un punto a partir del cual la mentira resulta contraproducente. Dicho punto se alcanza cuando la audiencia a la que se dirigen las mentiras se ve forzada, para poder sobrevivir, a rechazar en su totalidad la línea divisoria entre la verdad y la mentira. Cuando tu vida depende de que actúes como si creyeras, no importa qué es lo verdadero y qué lo falso. La verdad en la que se puede confiar desaparece por completo de la vida pública, y con ella desaparece el principal factor estabilizador en los siempre cambiantes asuntos humanos".
En estas concisas palabras de Arendt queda resumida la consecuencia fatal del comportamiento del presidente del Gobierno. Sánchez ha forzado a una buena parte de la sociedad española a despreciar la verdad, desestabilizando así cualquier certeza, cualquier seguridad en la gestión de los intereses colectivos. Sánchez ha hecho de la verdad una opinión, pero, creyendo que la ciudadanía dispone de un metabolismo amoral voraz, le ha proporcionado una dieta de engaños de tal magnitud que ha terminado por incurrir en el patetismo. Porque no otro calificativo que el de patético cuadra con su comportamiento suplicante, contrito y arrepentido de sus anteriores falsedades ante un partido liderado por un político que en octubre de 2017 ejecutó fugazmente un golpe de Estado (así lo ha denominado el Tribunal Supremo) y que huyó después a Bélgica, desde donde se ha convertido en el factótum de la política en España.
Sánchez no es un presidente legítimo desde que declarase y asumiese que gobernaría sin el Parlamento; no lo es desde que en 2023 no presentó en el Congreso los Presupuestos Generales del Estado, y tampoco en 2024 ni en este ejercicio; no lo es, en fin, desde que colonizó las instituciones constitucionales y de la Administración General del Estado y se alió con las formaciones cuyo propósito es la destrucción del sistema constitucional. Es víctima él (aunque todavía no se sienta como tal) de lo que es también sufridora la sociedad española, esto es, del saqueo por la extrema izquierda y los separatistas vascos y catalanes del patrimonio democrático común. De él dispone a su libre y desnortado albedrío un Sánchez que, fuera de límites, se ha transformado en un personaje trivial y destructor a la vez, falso y auténtico al mismo tiempo, arrogante y sumiso según cuándo y con quién. O, en otras palabras, en un tipo tan excesivo para los suyos como para cualquier ciudadano con un mínimo sentido crítico.
La izquierda en España, adicta ya a las mentiras de su líder, recuerda a las bolsas de ciudadanos adheridos a los peores populismos de tiempos anteriores, denunciados por Hannah Arendt, que alentó la esencia de lo democrático en el pensamiento crítico. Escribió: "Pensar siempre significa hacerlo de manera crítica, y pensar de manera crítica siempre significa ser hostil. De hecho, todo pensamiento socava cualquier regla inflexible, cualquier convicción". Este modus operandi intelectual ha sido más propio de la identidad ideológica izquierdista que conservadora porque, como también escribe la autora judía, "todo lo que ocurre durante el pensamiento implica un examen crítico de aquello que existe […] el pensamiento es una empresa muy peligrosa […] pero diría que no pensar lo es incluso más".
Sánchez ha arrebatado a la izquierda —no me estoy refiriendo a su entorno de colaboradores— la capacidad de una observación introspectiva propia. Sigue enganchada a la hipnosis del sanchismo y sometida al muy ralo umbral conseguidor de una Míriam Nogueras que transmite con altivez los mandatos del proscrito y en cuyo mensaje incluye insultos (‘cínico’, ‘hipócrita’) que Sánchez absorbe franciscana y ladinamente, a la espera de la venganza que desearía y que quizá nunca consume porque ya el tiempo corre en su contra.
Todo lo que acaece en la política española es desolador por indigno. Desde el dinero público malversado en prostitución y enriquecimiento, hasta la abundancia de ‘grandes desconocidos’, (¿incluido el fiscal general condenado?) que coadyuvaron a Pedro Sánchez a llegar a donde ahora se sitúa. Su huella —por eso elegí esa expresión para titular el relato que me ha ocupado meses de observación del presidente del Gobierno— solo se entiende como la aparición de un enorme cisne negro en la historia de la ya frágil democracia española. Vivimos estos tiempos, no solo en España, sin referencias como la de Hannah Arendt. Medio siglo sin ella, pero medio siglo, también, con su legado. Todo un consuelo intelectual y una esperanza porque, como ella, afirmó la verdad, al final, es irremplazable.
Hoy hace cincuenta añosfallecía Hannah Arendt en Nueva York. Fue la filósofa y pensadora más potente del siglo XX, la más lúcida escrutadora de los totalitarismos. También la que con más agudeza sometió a contraste la verdad y la mentira en la política, diseccionando casos periodísticos tan legendarios como el Watergate o los Papeles del Pentágono. Sus entrevistas y ensayos son hoy en España terrenos fértiles para localizar reflexiones que, escritas hace ya tantas décadas, resultan adaptables a nuestro presente.