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La zahúrda del sanchismo y el 'sindicato del crimen'
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José Antonio Zarzalejos

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La zahúrda del sanchismo y el 'sindicato del crimen'

La retaguardia del sanchismo en los medios recupera la vigencia del ‘sindicato del crimen’ que desestabilizó a González aduciendo que el antifelipismo de ayer es el antisanchismo de hoy. Andan perdidos

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
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Lo peor del sanchismo no son sus protagonistas políticos sino los suministradores ‘intelectuales’ que tratan de dotar de sentido político y coherencia histórica al errático (y lunático) Pedro Sánchez que sería -y nosotros sin saberlo- "el mayor animal político de la España del siglo XXI" (sic). La retaguardia del sanchismo explica lo que no tiene otra explicación que la cabal versión de un populismo que trata de superar el colapso ideológico de la izquierda, de igual manera que el trumpismo es la metamorfosis patológica del liberalismo conservador decaído. Pero si el presidente de los Estados Unidos dispone de una cuadra de hagiógrafos ditirámbicos, aquí también la tiene Pedro Sánchez, aunque emboscada en una cargante erudición que encubre su agresividad mediocre.

La zahúrda en la que se ha convertido el régimen de 2018 bajo un Pedro Sánchez a quien sus amanuenses explican épicamente mientras la realidad lo hace desde la inanidad de un ‘insensato sin escrúpulo’ (expresión del editorial de El País de octubre de 2016 que sigue mortificando a los redactores de su homérica hazaña política), se está ahogando en un fracaso que ni siquiera la hipérbole gratuita de sus relatores es ya capaz de esquivar. La frontera entre la precariedad y el desplome del régimen se franqueó con el fallo del Supremo del pasado día 20 de noviembre que condenó al fiscal general del Estado por un delito profesional. Por eso, acólitos eméritos y portavoces recurrentes, siempre disponibles para los directos y canutazos de los programas mañaneros, salieron por el registro tremendista: la sentencia de la Sala Segunda era algo así como ‘un golpe de Estado’, ‘una vergüenza’ y, al cabo, una prevaricación.

La nueva fiscal general del Estado, la señora Peramato, en su primera intervención pública ha rehabilitado al condenado García Ortiz proclamando que ‘admira’ al delincuente lo que implica una declaración de intenciones: si la encargada de regir el ministerio público elogia la conducta de infractor, ¿cómo va a perseguir los delitos y defender la independencia de los tribunales? Peramato es, así, una expresión tan acabada del progresismo vacío y prepotente como el de Jordi Gracia, que, además de ensañarse atrabiliariamente (es su momento anual de lucimiento) con los premios Planeta a Juan del Val y, antes, a Sonsoles Ónega (cuánto mejor leer a Alberto Olmos), es el veedor de la enormidad política que representa el sanchismo. Y así, en turiferario homenaje al poder, monta en una revista nada menos que media docena de pretendidos ensayos sobre "la radiografía del antisanchismo".

En realidad, las redacciones que preceden a la suya son puramente teloneras, alguna entretenida como la de Sergio del Molino, otra enterada, como la de Belén Barreiro, pero infumable la de Meritxell Batet y olvidables las restantes. Gracia viene a sostener que, de Andrés Trapiello a Rubén Amón (Disparar a Juan del Val no es lo mismo que cazarlo) , de Daniel Gascón a Fernando Savater, de servidor de ustedes a cualquiera de la larga nómina de exiliados de El País acogidos en The Objetive (Carreras, Elorza, Ruiz de Azua, Cebrián, entre otros) somos los actores de una "deformación grotesca" de lo que ocurre en España. No es Ábalos, ni es Cerdán, ni Koldo, ni Salazar, ni Leire, ni Fernández, ni Alonso, ni lo son las tramas de machistas encubiertas en Ferraz y la Moncloa. No es la ‘catedrática’ Begoña Gómez, ni el sinfónico David Sánchez, ni el lobista Zapatero y sus amigos de Plus Ultra Julio Martínez y Roberto Roselli, los clientes de la agencia de las hijas del expresidente ni la expresidenta de Adif, ni el exdirector general de Carreteras. Nada de eso. Dice el fallido biógrafo de Ortega que "la sociedad española tiene memoria de una quiebra de la lealtad democrática empujada por el llamado ‘sindicato del crimen’ con figuras estelares como el entonces director de El Mundo, Pedro J. Ramírez, Jiménez Losantos, Camilo José Cela o quien también entonces era director de ABC, Luis María Ansón".

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¡Aquí queríamos llegar! La conspiranoia está servida. Dispone de una triple versión. La primera: todos los ‘grandes desconocidos’ que han ‘traicionado’ a Pedro eran los restos de serie del PSOE cuyos cuadros le regatearon su apoyo. No tuvo más opción que apoyarse en los que se montaron en el Peugeot. La segunda: a Pedro, salvando las distancias, le está pasando como a Felipe González (Antisanchistas de hoy, antifelipistas de ayer, así se titula la redacción de Sergio del Molino) y aunque el sevillano sea un proscrito en el socialismo orgánico, si hay que utilizar su memoria a conveniencia, se emplea y punto. Y la tercera versión: a los que hay que callar es a gentuza periodística como aquella del ‘sindicato del crimen’, responsables de una hostil desestabilización del pedrismo.

Paco Cerdá, que es uno de los tipos más considerables de la nueva literatura española, dijo durante la conversación que mantuvimos en este periódico que la ‘las políticas de memoria’ son ‘políticas de impotencia’. Cierto. Las de Sánchez, guionizadas por esta guarnición de firmas, son de espejo retrovisor permanente. Y tanto lo son que su régimen termina cayendo en los mismos males del pasado: la corrupción en sus más variados modos y maneras, con la innovación de que ha sofisticado la hipocresía y la mentira hasta convertirlas en delictivas y destructoras. Para que los cascotes no le descrismen, Sánchez ni sale de la Moncloa.

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En parte, las líneas precedentes no me las ha inspirado Gracia. Propiamente, me las ha sugerido un articulito del exministro Jesús Caldera publicado el viernes pasado titulado La antidemocrática ofensiva contra el PSOE que se refiere, casualidad, al "llamado sindicato del crimen, grupo de periodistas y medios de comunicación críticos con el Gobierno de Felipe González, a quien trataron de desestabilizar de todas las formas a su alcance, incluidos los dudosamente legales o democráticos, como reconociera uno de sus integrantes, Luis María Ansón". Según el autor, ahora ocurre lo mismo.

Ni Gracia ni Caldera son precisamente referentes de primera línea, pero a estos perseverantes subordinados hay que prestarles atención porque son tan explícitos (quizá, burdos) que dan pistas del mal olor en la zahurda política del sanchismo. Tan pestilente que para ventilarla han de retrotraerse a la década de los noventa y acogerse a sagrado, es decir, a la memoria de Felipe González, pero como son omnívoros, solo después de la mala inversión de resguardarse en la de Franco. Andan perdidos.

Lo peor del sanchismo no son sus protagonistas políticos sino los suministradores ‘intelectuales’ que tratan de dotar de sentido político y coherencia histórica al errático (y lunático) Pedro Sánchez que sería -y nosotros sin saberlo- "el mayor animal político de la España del siglo XXI" (sic). La retaguardia del sanchismo explica lo que no tiene otra explicación que la cabal versión de un populismo que trata de superar el colapso ideológico de la izquierda, de igual manera que el trumpismo es la metamorfosis patológica del liberalismo conservador decaído. Pero si el presidente de los Estados Unidos dispone de una cuadra de hagiógrafos ditirámbicos, aquí también la tiene Pedro Sánchez, aunque emboscada en una cargante erudición que encubre su agresividad mediocre.

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