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Venezuela, la incompetencia de Sánchez y la complicidad de Zapatero
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José Antonio Zarzalejos

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Venezuela, la incompetencia de Sánchez y la complicidad de Zapatero

Venezuela, con el Sáhara, es el más grave fracaso de la política exterior del Gobierno, por la incompetencia de Sánchez en leer los acontecimientos y por los servicios, posiblemente retribuidos, de Zapatero a Maduro

Foto: El Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el ministro de Exteriores, José Manuel Albares. (Europa Press/Alejandro Martínez Vélez)
El Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el ministro de Exteriores, José Manuel Albares. (Europa Press/Alejandro Martínez Vélez)
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Lo que viene ocurriendo en Venezuela en los últimos años y, en particular, desde las elecciones fraudulentas allí celebradas en julio de 2024, se ha convertido también en una cuestión de política nacional en España. El Gobierno de Pedro Sánchez, con el ministro de Exteriores más torpe de la democracia, José Manuel Albares, ha sido el más tibio de Europa con la dictadura de Nicolás Maduro. En parte por razones ideológicas fuertemente inoculadas en la izquierda española por el chavismo de Podemos. Y, en parte también, por la incompetencia gubernamental para interpretar el signo de los acontecimientos en el ‘backyard’ (patio trasero) de los Estados Unidos constituido por prácticamente todos los países iberoamericanos sobre los que Washington sigue proyectando los criterios de la doctrina Monroe ('América para los americanos').

El mar del Caribe ha sido y sigue siendo para los sucesivos gobiernos norteamericanos -tanto demócratas como republicanos- lo que para Europa representa el mar Mediterráneo. Esta idea ha sido de nuevo rehabilitada por Elbridge Colby, subsecretario de Guerra (antes Defensa) de Donald Trump. Y es en ese contexto histórico y actual en el que hay que situar la intervención de la elite militar y policial de Estados Unidos, la 'Delta Force', en Venezuela.

De forma directa o indirecta, los Gobiernos de Washington, han sido defensivamente intrusivos en los países del sur del Continente. En ocasiones, la CIA se ha encargado de subvertir regímenes izquierdistas como el de Allende en Chile (1973) o de facilitar golpes de Estado como el de los militares en Argentina (1976). Pero en otras crisis, su intervención ha sido directa y fulminante: Granada en 1983, Panamá en 1989 (con la captura el 3 de enero de 1990 y posterior enjuiciamiento y encarcelamiento de Manuel Antonio Noriega), Haití en 1994 y, por supuesto, las intentonas de derrocar al régimen comunista en Cuba, con el gran fracaso de la invasión en la Bahía de Cochinos en 1961.

Estas secuencias históricas han tenido su validación con Trump y su intervención en Venezuela. Con la diferencia esta vez de que Nicolás Maduro y su dictadura están deslegitimadas internacionalmente por el fraude electoral, por la persecución a los disidentes y la diáspora de refugiados políticos (se calcula entre siete y ocho millones los huidos, 400.000 en España, para una población actual en Venezuela de menos de 30 millones), por la financiación del sistema chavista a través del narcotráfico (fue formalmente acusado por un gran jurado de Nueva York el 26 de marzo de 2020) y por su red de relaciones con las dictaduras rusa, cubana y china.

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Por esas razones el Parlamento Europeo, con el voto en contra de los socialistas, reconoció a Edmundo González Urrutia como presidente electo del país y lo hizo dos veces: en enero y en septiembre del año pasado. El Gobierno español adujo confusas razones para no hacerlo, aunque mantuvo, siempre en un tono casi amistoso, que Nicolás Maduro no había ganado limpiamente los comicios de julio de 2024. Acogió también a González Urrutia (¿en un acto solidario o de colaboración con el dictador venezolano?) y negó una felicitación oficial a María Corina Machado, líder moral de la oposición venezolana, cuando le fue concedido el Premio Nobel de la Paz. Por otra parte, el Congreso y el Senado reclamaron al Gobierno el reconocimiento expreso de González Urrutia como legítimo presidente electo de Venezuela peticiones a las que la Moncloa hizo caso omiso.

La intensa relación de Sánchez con los dirigentes izquierdistas y antinorteamericanos del sur del continente ha proyectado la sensación de una proximidad y comprensión al régimen chavista sin correspondencia con ninguna otra política exterior de los socios de la Unión Europea. El episodio de Delcy Rodríguez en el aeropuerto de Barajas en 2020 y el rescate (53 millones) de la compañía Plus Ultra por el Gobierno español son episodios oscuros que comprometen a Sánchez a una explicación cumplida.

Ideología e incompetencia ignorante, pésima gestión de los intereses de España en un área del mundo en donde la posición de nuestro país debía ser relevante, sitúan a Sánchez ante el espejo de una política exterior fracasada. No solo en relación con Venezuela (también con la OTAN, con la propia UE en las prioridades que Sánchez ha defendido, con Marruecos), pero especialmente con ese país que, como demuestra la convulsión internacional que ha provocado la intervención de EE. UU., se ha convertido en una referencia posicional en política exterior.

Pero a la insolvencia, fruto de la incompetencia y del sectarismo de Sánchez, se añade la temeridad de convertir al expresidente Rodríguez Zapatero en el epítome del colaboracionismo con el régimen chavista. Todavía el que se autodefine como ‘peacemaker’ no se ha pronunciado sobre la exigencia general de que Maduro publicase las actas de las mesas electorales de julio de 2024 que probarían el fraude en los comicios a los que asistió como observador internacional Él fue quien se encargó de presionar al pernicioso Grupo de Puebla para que no exigiese la documentación del pucherazo. Este comportamiento cómplice, en el que el silencio tiene una interpretación inequívoca, convoca todas las sospechas sobre una mediación de Zapatero que sería, como en el caso de los intereses chinos en España, bien retribuida por Caracas.

Dicho todo lo anterior, no obsta para que la rueda de prensa de Donald Trump resultase ayer verdaderamente inquietante. Sus explicaciones digresivas, su propósito de ‘dirigir’ Venezuela sine die, su descalificación de María Corina Machado, la larga conversación de su Secretario de Estado, Marco Rubio, con Delcy Rodríguez, de cuyo contenido nada se reveló y, en fin, su discurso excesivo, hiperbólico y un tanto bronquista justifican una muy seria prevención sobre este personaje en los términos que ayer expuso aquí Ramón González Férriz.

Lo que viene ocurriendo en Venezuela en los últimos años y, en particular, desde las elecciones fraudulentas allí celebradas en julio de 2024, se ha convertido también en una cuestión de política nacional en España. El Gobierno de Pedro Sánchez, con el ministro de Exteriores más torpe de la democracia, José Manuel Albares, ha sido el más tibio de Europa con la dictadura de Nicolás Maduro. En parte por razones ideológicas fuertemente inoculadas en la izquierda española por el chavismo de Podemos. Y, en parte también, por la incompetencia gubernamental para interpretar el signo de los acontecimientos en el ‘backyard’ (patio trasero) de los Estados Unidos constituido por prácticamente todos los países iberoamericanos sobre los que Washington sigue proyectando los criterios de la doctrina Monroe ('América para los americanos').

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