La derecha española y la falsa bandera de Donald Trump
Trump es un descreído pragmático, ni de derechas ni de izquierdas, como lo es en España Pedro Sánchez. Ambos pueden estar con Delcy Rodríguez y con Edmundo González Urrutia sin demasiadas contradicciones. Dos caras de la misma moneda
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (Zuma Press/Andrew Leyden)
La democracia americana que Alexis de Tocqueville glosó en 1835 como un sistema admirable dejó de ser paradigmática el 6 de enero de 2021 cuando miles de enfurecidos trumpistas invadieron el Capitolio en Washington con la pretensión golpista de que Mike Pence, presidente de la Cámara y vicepresidente en el primer mandato de Trump, anulase las elecciones que dieron la victoria a Joe Biden. Aquel fue un acto de perfiles fascistas que adquirió una cierta simetría histórica con la marcha sobre Roma de los mussolinianos italianos.
No fue lo peor -aunque costó cinco víctimas mortales- porque lo pésimo resultó la impunidad posterior de los 1.600 fanáticos ya indultados por Donald Trump, el instigador de la sedición. Pero un Estado que deja impune a los autores de aquella barbaridad, desfallece democráticamente y explica que ahora esté sometido al mandato de un hombre esperpéntico en sus modos e inmoral en sus comportamientos políticos.
La comprensión europea de las actitudes de los dirigentes norteamericanos ha sido siempre deficiente porque, como escribió Henry Kissinger en 'Diplomacia' (capítulo 1º) "los Estados Unidos surgieron como un país dominante" que según Woodrow Wilson "se negaba a jugar según las reglas europeas". Para el autor, las "congojas de Europa" son la consecuencia de la "autodesignada misión norteamericana de implantar una reforma global". Y esa idiosincrasia, determinada por múltiples circunstancias, ha sido una constante con los presidentes demócratas y con los republicanos, todos los cuales, en distinta medida, se aferraron a la doctrina Monroe (1823) según la cual EE. UU. se arrogaba la facultad de intervenir en su área de influencia si sus intereses eran amenazados.
Donald Trump, sin embargo, ha ido mucho más allá que todos sus predecesores porque su propósito presidencial, trufado de un nacionalismo materialista a ultranza, está descabalando la propia democracia estadounidense y proyectando un intento de vuelco del modelo de relaciones internacionales vigente desde 1945. El discurso de su vicepresidente J. D. Vance en Múnich, pronunciado el pasado mes de febrero, advirtió muy plásticamente de que "en Washington, hay un nuevo sheriff en la ciudad". Ahora lo estamos comprobando. Y está actuando como lo hacían los sheriffs del lejano y cinematográfico oeste americano y comportándose como describe Ian Buruma: "Cuando miras un mitin de Trump, es como una reunión de oración 'revivalista' al estilo estadounidense. La forma que tiene la gente de mirarlo, cómo se viste, sus gestos: todo es una mezcla de espectáculo y reavivamiento religioso […] lo adoran. Creen en él. No tiene nada que ver con políticas, promesas o economía. Han encontrado en él un objeto religioso para esos anhelos".
La docilidad con la que las derechas democráticas europeas, incluida la española, asumen que Donald Trump es la expresión de un conservadurismo extremo de su misma estirpe y procedencia (The Wall Street Journal según su editorial sobre Venezuela del pasado cinco de enero sigue creyéndolo) es la comunión con una falsedad catastrófica. Y las intenciones de la operación de captura de Nicolás Maduro en Caracas lo acredita cabalmente. Porque, descreyendo de ese invocado derecho internacional de aplicación selectiva que permitiría la tortura, la persecución y la tiranía, pero no derrocar al dictador ilegítimo, lo cierto es que Trump consumó una iniciativa en la que no alentaba ninguna inspiración de las que Tocqueville localizó en los norteamericanos que, según él, "son gentes que no se complican buscando si la virtud pública es buena, pero pretenden probar que es útil". Los Estados Unidos que salvaron a Europa en las dos guerras mundiales el siglo XX se mostraron como la potencia dominante no solo en la fuerza sino también en la determinación de una concepción global de la convivencia basada en valores intangibles. Ahora, no
Trump no tiene nada que ver con la derecha española (la democrática) que encarna el Partido Popular en la representación política ni con los ámbitos liberales, conservadores y democristianos de nuestra ciudadanía. El presidente norteamericano navega con la falsa bandera de una ideología 'de derechas' cuando en realidad lo hace como enseña de conveniencia que conecta con el reaccionarismo que en nuestro país acoge Vox y que es tan parecido al de sus antagonistas de la extrema izquierda. Trump es un descreído pragmáticocomo lo es en España Pedro Sánchez. Ambos pueden estar con Delcy Rodríguez y con Edmundo González Urrutia sin demasiadas contradicciones. Dos caras de la misma moneda.
El trumpismo es un patrón de comportamiento en política, no una ideología. No es de derechas ni de izquierdas (un etiquetaje que se ha quedado viejo pero que aún resulta práctico para entendernos) sino que se hace simbiótico con la oportunidad. Venezuela nos está dando la medida de su calado ético y de la naturaleza de sus compromisos con los valores inmateriales. Trump quiere satelizar el país y para conseguirlo le sirve mejor un chavismo controlado que una democracia consolidada y vertebrada en un verdadero Estado de derecho. Para eso, sirve Delcy, pero no Corina a la que ha dicho que recibirá en los próximos días. De ahí que el presidente de Colombia, el izquierdista Gustavo Petro, haya declarado que su posición sobre Venezuela no se aleja demasiado de la de Trump, una coincidencia de criterios inquietante, más aún cuando el norteamericano ha establecido su propio criterio moral, y no la ley, como único límite a su poder.
Es posible que la derecha tenga que colaborar con los corresponsales de Trump en España, tal y como el PSOE lo ha hecho, y sigue haciéndolo, con los amigos de Putin y de Xi Jin Ping (y de Nicolás Maduro), pero, si así sucede, será porque el socialismo (sanchismo) español ha optado por la polarización salvaje y por las pautas nihilistas de Zapatero ("tengo una relación fluida, incluso de confianza…especialmente, como se sabe, con Jorge y Delcy Rodríguez…" página 41 de libro del expresidente titulado La solución pacífica) en vez de la constructiva y responsable de Felipe González que en pleno vendaval venezolano se ha fotografiado con el legítimo ganador de las elecciones en aquel país del 28 de julio de 2024, Edmundo González Urrutia. Y al que Trump ni ha repuesto, ni, es de temer, repondrá. No por ello Núñez Feijóo debe dejar de insistir en que es la instalación en el poder de la oposición democrática y la reinstauración de las libertades (y la amnistía inmediata de los presos políticos, no la liberación de algunos como 'gesto de paz') en Venezuela los únicos objetivos decentes. Y, además, inaplazables porque las ‘dictadura canallas’ si no fenecen por colapso disponen de una extraña capacidad de replicarse. Como dijo el presidente del PP 'las dictaduras no se derrocan a medias'. Ni los presos políticos son 'retenidos', en expresión de Sánchez, repetida, incomprensiblemente, por el Rey en la clausura de la X Conferencia de Embajadores celebrada en Madrid el viernes pasado. Por ser lo que son -presos políticos- la dictadura chavista condicionó la liberación a su silencio al llegar a España. Y callados han regresado.
La democracia americana que Alexis de Tocqueville glosó en 1835 como un sistema admirable dejó de ser paradigmática el 6 de enero de 2021 cuando miles de enfurecidos trumpistas invadieron el Capitolio en Washington con la pretensión golpista de que Mike Pence, presidente de la Cámara y vicepresidente en el primer mandato de Trump, anulase las elecciones que dieron la victoria a Joe Biden. Aquel fue un acto de perfiles fascistas que adquirió una cierta simetría histórica con la marcha sobre Roma de los mussolinianos italianos.