Un Sánchez hiperactivo bracea con la financiación de Cataluña, la fiscalidad de los alquileres, las mediaciones internacionales y la ocurrencia de, ahora sí, entrevistarse con Feijóo en la Moncloa
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Marta Fernández)
Muchas decisiones fantasmales, inoportunas y contraproducentes. Pedro Sánchez ha entrado en una fase hiperactiva. Sin embargo, no acierta porque el secretario general del PSOE sabe comportarse temerariamente para instalarse y mantenerse en el poder, pero carece de inteligencia estratégica. Precisamentesu cortedad de perspectiva es la que le reporta sus insalvables problemas actuales. Entregarse a los secesionistas vascos y catalanes en julio de 2023, firmar unos pactos imposibles con ellos en noviembre de ese año y chulear de continuo a su socio minoritario en el Consejo de Ministros, a lo que se añade una pésima gestión del PSOE, son circunstancias que le están conduciendo a un tiempo de convulsa agonía.
Un trance en el que las mujeres socialistas se han distanciado de la dirección del partido y hasta 600 le reclaman una conferencia sobre el feminismo en el PSOE y los casos de corrupción desmienten su discurso de supremacía ética del progresismo. El próximo enjuiciamiento de José Luis Ábalos, con el tribunal ya constituido, marca el inicio de las secuencias judiciales públicas que le resultarán mortificantes. En el partido hay algunos síntomas de intolerancia al sanchismo: la renuncia al acta parlamentaria por Miguel Ángel Gallardo es una victoria de los cuadros extremeños sobre la comisión gestora impuesta por la Moncloa.
Al tiempo que las encuestas (el lunes pasado, hasta tres similares) caen sobre Ferraz como bombas-racimo, el presidente del Gobierno perpetra errores de bulto. Recibe a Oriol Junqueras, un delincuente que cumple condena de inhabilitación por la autoría de un delito de malversación, que le impone nada menos que un inverosímil modelo de financiación autonómica que ratifica mansamente la vicepresidenta Montero en su doble condición de ministra de Hacienda y candidata a la presidencia de la Junta de Andalucía. Sánchez, Junqueras y Montero saben a ciencia cierta que el engendro no se aprobará a pesar de que saliese adelante el trámite de consulta ayer en el Consejo de Política Fiscal y Financiera. Un regalo para las candidaturas autonómicas del PP y de Vox que se da por bien empleado si ERC salva de la quema a Salvador Illa y le aprueba un presupuesto en el predio catalán que aún es tierra de promisión electoral para el sanchismo. No obstante, la propuesta ni siquiera ha conseguido el respaldo del G-8 catalán (otras tantas entidades sociales en las que Illa apoya las reivindicaciones de la comunidad) porque Foment del Treball la considera ‘insuficiente’. Por otra parte, es un disparate jurídico el ardid de Montero de compatibilizar dos modelos de financiación.
La boutade de reiterar el compromiso de exención fiscal a los arrendadores en determinadas condiciones -ya lo formuló enfáticamente hace un año y la inane ministra de Vivienda hace solo siete meses- para así trampear con el inmenso fracaso de una política social esencial, lejos de gratificar a Sánchez, le proyecta como un político ya sin recursos. Acredita también que la coalición con Sumar está sumida en la ruina y que, por fin, la impronta ideológica de las decisiones sociales de su progresismo es perfectamente reversible.
Tan reversible como en sus posiciones en la política internacional en que Albares, siguiendo las instrucciones de la Moncloa, ofrece ‘mediaciones’ a diestro y siniestro, tras una larga connivencia con el régimen chavista en Venezuela y de hiriente indiferencia ante la teocracia asesina de los ayatolás iraníes, a cuyo embajador en Madrid se convoca para elevar una protesta. Qué ridículo es este ministro y qué cruel es Sánchez obligándole a serlo, justo cuando se conoce que España ha sido excluida de las reuniones preparatorias de la cumbre del G-20 por decisión de Estados Unidos.
En pleno braceo del náufrago, Sánchez ha tenido la ocurrencia, y el popular el error de aceptarla, de entrevistarse el lunes con Alberto Núñez Feijóo en la Moncloa para parlamentar sobre política exterior, una materia que el presidente ha sustraído al Congreso con el descaro de los autócratas. Es muy tarde para recuperar una inexistente relación del Gobierno con el Partido Popular ante el que Sánchez levantó un muro que ha sido como el de Berlín: el que osaba traspasarlo, balazo. Que se lo digan a los ‘resentidos’ del PSOE, tan achantados por el bravucón Puente que ni siquiera son capaces de firmar el sensato texto crítico que ha presentado Jordi Sevilla.
Los tractores regresan a las carreteras con agricultores y ganaderos que, de nuevo, impugnan, y no sin parte de razón, la firma el próximo sábado del pacto de Mercosur que, si acaso beneficioso para algunos productos nacionales, podría ser ruinoso para el conjunto del sector primario español aplastado por la burocracia de Bruselas entusiásticamente acogida por la militancia testamentaria de Teresa Ribera que en solo siete años de gestión ha acumulado agravios, errores y sectarismos que empujan al mundo rural a refugiarse (como en Francia y en Italia) bajo las alas protectoras del nacionalismo de Vox.
Cuando el partido de Abascal aliente sobre el cogote del PSOE, se planteará lo que Jordi Sevilla no se ha atrevido ni siquiera a sugerir: que este PSOE de Sánchez ha dejado de ser socialista y socialdemócrata, mutando su naturaleza a una hibridez ideológica con ingredientes varios y de imposible coherencia, lo que prescribe no la rectificación, sino su refundación. Será entonces -este año o el próximo- cuando las cohortes sanchistas huirán en desbandada. Hasta que tal cosa suceda, que sucederá, Sánchez protagoniza la parábola del ahogado, según la cual un hombre en trance de asfixia rechaza (como ha hecho él al no rectificar a tiempo) toda posibilidad de salvación confiando en una intervención divina. Está errado. Ha despreciado la sensatez, el sentido de la proporción, el pragmatismo, la conciliación y ha proscrito el más mínimo entendimiento con sus adversarios. La parábola del ahogado es, en realidad, un episodio de suicidio político que es el que está ensayando con éxito Pedro Sánchez.
Muchas decisiones fantasmales, inoportunas y contraproducentes. Pedro Sánchez ha entrado en una fase hiperactiva. Sin embargo, no acierta porque el secretario general del PSOE sabe comportarse temerariamente para instalarse y mantenerse en el poder, pero carece de inteligencia estratégica. Precisamentesu cortedad de perspectiva es la que le reporta sus insalvables problemas actuales. Entregarse a los secesionistas vascos y catalanes en julio de 2023, firmar unos pactos imposibles con ellos en noviembre de ese año y chulear de continuo a su socio minoritario en el Consejo de Ministros, a lo que se añade una pésima gestión del PSOE, son circunstancias que le están conduciendo a un tiempo de convulsa agonía.