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Muera el PSOE para que resucite Sánchez
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José Antonio Zarzalejos

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Muera el PSOE para que resucite Sánchez

Sánchez tiene un plan que descuenta las derrotas territoriales históricas como la de ayer en Aragón para apostar por las generales. Se zampa a la izquierda, estanca al PP y alimenta a Vox. El PSOE no le importa

Foto: Pedro Sánchez y Pilar Alegría en un acto de campaña en Zaragoza el pasado viernes. (EFE/Javier Cebollada)
Pedro Sánchez y Pilar Alegría en un acto de campaña en Zaragoza el pasado viernes. (EFE/Javier Cebollada)
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Pedro Sánchez tiene un proyecto in mente. Al secretario general del PSOE no se le ha escapado en momento alguno que su partido padece una deriva definitiva, tanto por la ruptura con su compromiso contemporáneo (la Constitución de 1978), como por el signo de los tiempos, que sepultan a la izquierda tradicional (socialdemocracia) en el hondón de la historia. El presidente del Gobierno sabe que lo es con un partido que ya no tiene tracción porque él mismo, en particular con los pactos de investidura de noviembre de 2023, se la ha sustraído. Por esa razón acudió a la cita extremeña del pasado 21 de diciembre con una profunda convicción en la derrota y con igual convencimiento enfrentó ayer los comicios en Aragón. Dos desplomes sin precedentes, con dos candidaturas imposibles, tan mala la de Gallardo como la de Alegría. Ocurrirá algo parecido en Castilla y León el mes que viene y en Andalucía en la próxima primavera.

Su proyecto consiste en llegar a las generales, probablemente en 2027, con un PSOE que ya no sea un partido reconocible, si acaso lo fuera ahora, convertido para entonces en una mera plataforma para presentarse ante el electorado español como el único líder posible de toda la izquierda entendida como ‘progresismo’ (Sumar y Podemos, estarían fuera de la ecuación como ha sucedido en Extremadura y Aragón), cómplice con los nacionalismos e independentismos vascos y catalanes con la colaboración de las izquierdas menores, la Chunta en Aragón, que ayer incrementó efectivos, y el Bloque en Galicia.

El crecimiento de la extrema derecha de Vox, que él ha alimentado con fruición incluso en la precampaña y campaña aragonesa (financiación singular para Cataluña, regularización extraordinaria de inmigrantes, confrontación delirante con los tecnoligarcas trumpistas), sería el eje de un recrudecido discurso polarizador para aglutinar al progresismo y a sectores asustados por la emergencia de discursos disruptivos y radicales. Y por fin, si como parece las causas judiciales ahora en trámite le son adversas (y parece que lo serán), presentarse ante el electorado como un ecce homo, como una víctima de los oscuros poderes reaccionarios instalados en el llamado Estado profundo. Añadirá un programa electoral de quiebra constitucional para convulsionar, provocando una angustia existencial en la sociedad española. Demostrará así la certeza del aserto según el cual Sánchez carece de límites, de líneas rojas.

Con estos mimbres ya sabe Sánchez que no podría ganar de nuevo la Moncloa, pero sí mantener un suelo aritmético que le permitiría liderar la oposición -que sería implacable, en la calle y sin miramientos- a la espera de que el Partido Popular y Vox entren en una permanente guerra civil que tumbe una posible coalición gubernamental. Supone Sánchez y sus estrategas que los partidos de Feijóo y de Abascal son menos competentes que el PSOE y sus socios en la cabalgadura de sus muchas contradicciones y, por lo tanto, su entendimiento resultaría más frágil que el de los sanchistas con el magma a su izquierda y los secesionismos catalán y vasco. Olvidan en Ferraz y la Moncloa que el tutorial de resistencia se lo está proporcionando a la derecha el comportamiento de Sánchez y, si él no ha aprobado presupuestos, ha colonizado las instituciones y ha eludido al Parlamento, ¿por qué las derechas no seguirían esa pauta resiliente antidemocrática, pero que sirve para patrimonializar el poder? Los precedentes de los usos derogatorios de la Constitución que ha practicado el Gobierno ‘de progreso’ legitimarían sedicentemente a los que los continúen.

La facundia con la que hoy se pronunciarán los dirigentes del PSOE (no gobernaban ni en Extremadura ni en Aragón, así que nada cambia el statu quo) y la naturalidad obscena con la que van a encajar la derrota aragonesa será la prueba de que el plan de Sánchez se remite a medio plazo, que nada hará que se replantee la táctica de continuar en la ocupación del poder, que no atenderá en absoluto a los llamamientos de recuperar la socialdemocracia del siglo XXI y, mucho menos, a los supuestos prescriptores del progresismo que recetan su retirada del liderazgo del PSOE y la conveniencia de iniciar una transición para que el partido no siga hundiéndose, porque el proyecto es, precisamente, que toque fondo y fenezca. Nada de eso sucederá porque son los que él lleva al degolladero los que le secundan, protagonizando un episodio casi insólito de expiaciones personales que, como el de Gallardo en diciembre y el de Alegría ayer, sugieren un trastorno provocado por la hipnosis del deteriorado ‘handsome’ del progresismo hispano.

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Por lo demás, la interpretación de los resultados de ayer es simple: grave error de cálculo del PP que derrapa en las campañas electorales y yerra en la estrategia, perdiendo dos actas (de 28 se queda en 26); mínimo histórico del PSOE con 18 escaños pero, a diferencia de 2015, sin la competición del Podemos de Echenique que obtuvo entonces 14 asientos en las Cortes aragonesas; éxito de Vox (pasa de siete a 14 escaños) que, con la Chunta (sube de tres a seis diputados), capitalizan el cabreo y la inanidad ajena en la actual ‘crisis espiritual de la democracia’ como reza una reciente reflexión ensayística que clava lo que ocurre.

Pedro Sánchez tiene un proyecto in mente. Al secretario general del PSOE no se le ha escapado en momento alguno que su partido padece una deriva definitiva, tanto por la ruptura con su compromiso contemporáneo (la Constitución de 1978), como por el signo de los tiempos, que sepultan a la izquierda tradicional (socialdemocracia) en el hondón de la historia. El presidente del Gobierno sabe que lo es con un partido que ya no tiene tracción porque él mismo, en particular con los pactos de investidura de noviembre de 2023, se la ha sustraído. Por esa razón acudió a la cita extremeña del pasado 21 de diciembre con una profunda convicción en la derrota y con igual convencimiento enfrentó ayer los comicios en Aragón. Dos desplomes sin precedentes, con dos candidaturas imposibles, tan mala la de Gallardo como la de Alegría. Ocurrirá algo parecido en Castilla y León el mes que viene y en Andalucía en la próxima primavera.

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