¿Salvador Trump?

Ahora resulta que la llegada de Trump también puede acabar ayudando a que Europa se anime a coger el toro por los cuernos de su futuro por varias razones

Foto: El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (Reuters)
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (Reuters)

Desde que ha llegado a la Casa Blanca, el caos parece haberse apoderado de Washington con medidas improvisadas, cambios en la política mantenida por los EEUU durante décadas, marchas adelante y atrás, desconcierto de los aliados y peleas con los adversarios, insultos a la prensa, desconfianza respecto de los propios servicios de Inteligencia, tratos oscuros y no bien explicados con Moscú, y una polarización popular nunca antes vista, con opositores manifestándose al mismo tiempo por las calles de las ciudades de medio mundo. Por eso, la ola de críticas que acompaña a su nombre me parece plenamente justificada.

En el caso de Europa, Trump no podía haber empezado peor: ha apoyado el Brexit, se dice en sintonía con los modelos iliberales de Hungría y Polonia, ha expresado indiferencia por el futuro de la Unión Europea (UE), muestra comprensión con los desmanes expansionistas de Putin y hace recorrer escalofríos por las espaldas de nuestros socios centroeuropeos cuando considera que la OTAN está obsoleta y que en realidad solo habría que acudir en auxilio de aquellos países que aporten a la organización el 2% de su PIB. Lo que se dice un buen comienzo.

El presidente del Consejo Europeo, un hombre locuaz, no dudó en calificar a los EEUU como una "amenaza existencial" para Europa, al mismo nivel que Rusia, China o el Estado Islámico. En mi opinión, Donald Tusk se pasó varios pueblos. Pero la alarma en el viejo continente era tal que ha obligado al vicepresidente Pence y a los secretarios de Estado (Tillerson) y de Defensa (Mattis) a darse una vuelta por Bruselas para calmar los ánimos, decir que no se levantarán sanciones a Rusia mientras siga portándose mal y que aunque debemos rascarnos el bolsillo y contribuir más a la OTAN, cuyo presupuesto lo paga Washington en un 70%, la defensa automática que prevé el artículo V de su Tratado constitutivo se mantendrá incluso para los morosos (que somos casi todos). ¡Menos mal!

Pero ahora resulta que la llegada de Trump también puede acabar ayudando (?) a que Europa se anime a coger el toro por los cuernos de su futuro por varias razones:

En primer lugar, porque nos deja a la intemperie y nos fuerza a tomar decisiones sobre nuestra propia defensa que, por otra parte, el Brexit hace imperativas, pues con la salida del Reino Unido perdemos la mitad de la fuerza nuclear europea. Hace tiempo que sabemos que Europa, rodeada por rusos expansionistas a un lado e islamistas radicales al otro, necesita dotarse de una defensa autónoma integrada, lo que también implica evitar ruinosas duplicidades en la industria militar. Pero pensábamos que no corría prisa, porque los americanos estarían a nuestro lado como estuvieron en las dos guerras mundiales o en las crisis de Yugoslavia y de Libia. Ahora hay que despertarse y asumir nuestra propia defensa, lo que puede ayudarnos a enfrentar otras políticas comunes igualmente necesarias, como son la exterior, la fiscal, la bancaria o la energética.

En segundo lugar, porque si algo nos caracteriza en el mundo es el envidiable Estado de bienestar que hemos construido y que no se conoce en otras latitudes. Los propios norteamericanos comparan Europa con una Venus diletante y hedonista mientras ellos se sienten como el dios Marte, piensan que el nuestro es un continente envejecido al que se viene a ver museos y castillos e, incluso, nos ven como un herbívoro simpaticón incapaz de dar una dentellada aunque está rodeado de enemigos. Mantener nuestro nivel de vida no es fácil, pues con el 9% de la población del planeta tenemos el 50% del gasto social mundial. Requiere mucho esfuerzo, mucha innovación y un entorno ordenado y previsible, que es exactamente lo contrario del caos que acompaña a la Administración Trump.

En tercer lugar, Trump ha llegado al poder sobre una ola de populismo producto del miedo de las clases medias a perder empleos y estatus por la doble tenaza de la globalización (olvidan que la revolución tecnológica destruye muchos más) y la inmigración, que, además, ven como un peligro para su idealizada identidad nacional. Ese populismo es el mismo que en Europa alienta Marine Le Pen en Francia o Geert Wilders en Países Bajos, que ahora se sienten respaldados por el triunfo de su correligionario en los EEUU. Lo que pasa es que ese triunfo les hace creer en la victoria y les hace más agresivos, más radicales y más arrogantes, con lo que pueden acabar metiendo miedo en el cuerpo de esas clases medias que son su principal base de votantes y que son profundamente conservadoras y reacias a los cambios bruscos.

En cuarto lugar, porque la elección de Trump ha desvelado una infame intromisión de Rusia en la campaña electoral norteamericana, según afirman con rara unanimidad todas las agencias de Inteligencia. Lo que parece cierto es que su objetivo fue perjudicar la candidatura de Hillary Clinton, aunque no se puedan calibrar con precisión sus consecuencias políticas. En Europa hay que ser ingenuo para pensar que los rusos vayan a portarse de manera diferente, cuando lo que les conviene es debilitar a la Unión Europea desinformando y favoreciendo y/o financiando la llegada al poder de grupos políticos como el Front National francés que además son favorables a levantar las sanciones que la comunidad internacional ha impuesto a Moscú por la anexión de Crimea y por sus ingerencias en el este de Ucrania. Hay que estar alerta y denunciar estas maniobras para no hacer el juego al Kremlin y que el que vote a estos partidos ultraderechistas y euroescépticos sepa bien lo que está haciendo y a qué intereses favorece.

Quizá la entrada de Trump como elefante en cacharrería nos sirva como acicate para enfrentar nuestros problemas, evitando saltos en el vacío

Veremos lo que ocurre en las elecciones que tendrán lugar en Europa en este año crucial de 2017. Se celebrarán en Holanda, Francia, Alemania, la República Checa y quizá también en Italia. De su resultado (sobre todo en Francia y Alemania) dependerá el futuro de nuestro continente, y nosotros lo sabemos. Quizá la llegada de Trump y su entrada en la Casa Blanca como elefante en cacharrería nos sirva como acicate para enfrentar nuestros problemas y carencias, evitando saltos en el vacío. Un asunto en el que nos jugamos nuestro nivel de vida. Durante la reciente cumbre hispano-francesa de Málaga, François Hollande ha invitado a Rajoy a unirse a Francia, Alemania e Italia para pensar la manera de sacar adelante el proyecto europeo tan pronto como sea posible. No podemos seguir mirando la corrida desde la barrera, porque en estos momentos Rajoy parece la pata más sólida de este taburete y por eso es imperativo que España asuma sus responsabilidades. ¡Toca arremangarse!

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