Este hombre no tiene arreglo

Puede que Trump no tenga arreglo, pero está claro que a demasiados norteamericanos eso no les importa nada

Foto: Vista de una figura de carnaval que representa al presidente estadounidense, Donald J. Trump. (EFE)
Vista de una figura de carnaval que representa al presidente estadounidense, Donald J. Trump. (EFE)

Y además no le importa porque está demasiado contento de haberse conocido. Cuando todavía no se han apagado los ecos de la aparición del discutible libro de Michael Wolff que presenta una Casa Blanca caótica bajo el liderazgo de un megalomaníaco imprevisible, y cuando se cumple un año de su toma de posesión como presidente de los Estados Unidos, Donald Trump amenaza con expulsar del país a dos millones de salvadoreños que llegaron cuando eran niños, provocando dos millones de dramas humanos y un problema político y social monumental para la República de El Salvador, que es ya uno de los países con mayores índices de violencia del mundo, mientras otros 11 millones de mexicanos sin papeles viven con la espada de Damocles sobre sus cabezas. Es muy triste.

El presidente de los Estados Unidos ha llegado estos días a preguntarse por las razones por las que su país acoge a inmigrantes de lugares que son "agujeros de mierda" ('shithole countries') como El Salvador, Haití y otros países africanos pobres, en lugar de recibir a noruegos. Lo que el señor Trump debería preguntarse es por qué sus conciudadanos no emigran en masa a Noruega, que con tan solo 5,3 millones de habitantes tiene petróleo, dispone de un envidiable fondo soberano y su renta per cápita es superior a la norteamericana en un 23%. Aunque también puede suceder que no sepa con certeza dónde se encuentra Noruega y tampoco le debe importar.

Hay muchos tipos de política migratoria y algunos tienen tintes racistas, como la que aplica Australia cuando favorece a los blancos sobre otras razas, o la que propugna el propio Trump cuando veta la entrada de ciudadanos de siete países musulmanes. La misma Cataluña no ocultaba su preferencia de hecho por recibir inmigrantes árabes que no hablaran castellano en lugar de latinoamericanos. Lo que sea. Pero ese lo que sea no incluye el desprecio y la falta de respeto. Porque el que Haití no tenga la fortuna de ser como Noruega, no autoriza a insultarlo llamándolo “agujero de mierda”.

No es la primera vez que Trump revela una mentalidad racista, pues es conocido que ya en los años setenta procuraba no alquilar pisos de sus inmuebles a afroamericanos, y respecto de un contable negro en una de sus empresas comentó: "Negros contando mi dinero. Odioso. Creo que es un vago. Y probablemente no es su culpa porque la pereza es un rasgo de los negros". Toda una joya. Cuando pujaba por unos casinos dijo que "la historia criminal de los indios Mohawk está bien documentada" y hace poco ha llamado Pocahontas a la senadora Elizabeth Warren, que tiene sangre india. En otra ocasión, se refirió a una Miss Universo de origen latino como "Miss Housekeeping" (señorita Ama de casa).

Ya en 2016, durante la campaña presidencial, atacó a Obama diciendo que había nacido en Kenia, como si fuera un insulto, llamó a los mexicanos "bad hombres" y "violadores" y luego criticó a un juez opuesto a sus medidas migratorias por su ascendencia mexicana. Para él, los medios de comunicación liberales "mienten" y son "enemigos del pueblo". Más recientemente se ha referido a los supremacistas de Charlottesville como "gente estupenda", aceptó el apoyo de David Duke a pesar de haber sido jefe del Ku Klux Klan, y acaba de indultar al 'sheriff' de Arizona, Joe Arpaio, un hombre que se hizo célebre por su feroz persecución contra los hispanos. Y como guinda, afirmó en junio del año pasado de 15.000 emigrantes recientes de Haití: "Todos tienen sida", y que otros 40.000 procedentes de Nigeria "nunca más volverían a sus chozas en África". También ha llamado "hombre cohete" y “gordo bajito” a Kim Jong-un tras recordarle que el botón nuclear que tiene en la Casa Blanca es más grande que el norcoreano.

A mí no me gustaría tener un jefe de Estado que dijera esas cosas, y no hace mucho, cuando cenaba en un restaurante en París, me encontré con unos amigos de Washington que me confesaron que les daba vergüenza ir por el mundo diciendo que eran americanos y que, cuando les preguntaban, contestaban que eran canadienses. Les comprendo muy bien.

La situación ha alcanzado tal grado de crispación que el 'New York Times' publicaba hace un par de semanas un editorial donde se preguntaba “¿Está el Sr. Trump como una regadera?” (“Is Mr. Trump nuts?”). Y quizá por eso un grupo de 37 psiquiatras norteamericanos han pedido que se le haga un examen mental. Pero no es lo mismo carecer de cualificación para desempeñar un cargo que estar como un sonajero, como les ha contestado otro psiquiatra, el Sr. Allen Frances. Y yo coincido con él porque una cosa es que el señor Trump no reúna los requisitos que se esperan en el presidente de la primera potencia mundial, un hombre que enfrenta crisis tan graves como la de Corea y cuyas decisiones nos afectan a todos, y otra cosa es que esté loco, porque no lo está. Y si le preguntamos a él, nos contestará sin dudar que es “un genio muy estable”, que es algo que repite últimamente. Pero un poco preocupado debe estar con su imagen cuando ha pedido pasar un examen médico para que el doctor Jackson, el médico de la Casa Blanca, pueda decir oficialmente que está en perfectas condiciones físicas y mentales aunque haya añadido que tiene sobrepeso, mala alimentación y falta de ejercicio físico.

De modo que hay que aprender a vivir con él y con sus excentricidades y exabruptos porque echarlo tampoco es fácil. La 25 Enmienda de la Constitución de los EEUU, que se adapta con una facilidad que ya nos gustaría a nosotros, encorsetados en la rigidez de la nuestra de 1978, prevé la posibilidad de declarar incapaz a un presidente si su Gobierno y luego el Congreso así lo acuerdan. Pero si el propio presidente disiente, como parece probable que pudiera suceder, entonces habría que volver al Congreso, donde se necesitaría una mayoría cualificada de 2/3 en cada Cámara. Y tampoco es fácil recurrir a la vía del 'impeachment' porque exige haber cometido delitos muy graves, y eso, en el supuesto de que hubiera ocurrido, no se ha probado.

En todo caso, ambos caminos se topan con el partido republicano que, en un ambiente de fuerte polarización política, ha decidido cerrar filas en torno a Trump. Sobre todo porque la economía norteamericana va como un tiro (Davos estima que la economía mundial crecerá un 4% este año y el comercio un poco más), la bolsa sube, hay más dinero disponible y el desempleo está tan bajo que hoy tener antecedentes penales apenas cuenta cuando se solicita un trabajo en los EEUU. La reforma fiscal y la repatriación de capitales también impulsarán a corto plazo la economía, aunque dejarán el problema a la próxima generación.

Y la economía es lo que mueve el voto y lo que explica la complacencia de tanta gente con este presidente, cuya base de apoyo sigue siendo muy sólida. De hecho, su popularidad ha subido últimamente al 40% desde el 36% de hace un mes. Hace un año viajé a Texas, a lugares cercanos con las fronteras de Arkansas y Luisiana, lo que se llama la 'América profunda', y constaté cómo allí se adoraba literalmente a Donald Trump en la misma medida en que denostaban a Obama. Y es que los Estados Unidos no son solo Nueva York o San Francisco, como muchos europeos parecen pensar aún hoy.

Por eso creo que tenemos Trump para rato, a pesar de las recientes derrotas republicanas en Virginia y New Jersey. Solo las elecciones legislativas de 'mid term', el próximo noviembre, donde se renovará un tercio del Senado y la totalidad de la Cámara de Representantes, podrían refrenarle un poco si es cierto que, como dice una reciente encuesta, un 38% de norteamericanos decide aprovecharlas para enviarle "un mensaje de oposición". Pero a estas alturas no es seguro que eso vaya a ocurrir porque los demócratas pueden acabar pagando un precio alto tras el cierre del Gobierno federal hace dos semanas, la tercera vez que esto ocurre tras 1995 y 2013. En la primera ocasión, Bill Clinton, muy hábil, logró culpar a los republicanos, y a Obama, en cambio, le salió muy caro el segundo cierre.

Ahora el debate final acabó siendo entre el muro con México y el mantenimiento del programa DACA que protege de la deportación a inmigrantes llegados al país cuando eran niños, y ese es un tema muy delicado que puede tener un coste alto para los demócratas en al menos cinco estados donde defenderán escaños al Senado: Indiana, Misuri, Montana, North Dakota y West Virginia. Y es que el tema migratorio será probablemente el gran debate de las elecciones de noviembre y no es nada seguro que ni siquiera los votantes demócratas apoyen con entusiasmo el DACA.

La polarización política es cada día más fuerte en los EEUU y Trump la excita porque esa dinámica amigo-enemigo favorece al populismo que le ha llevado al poder. Y así estamos, porque puede que Trump no tenga arreglo, pero está claro que a demasiados norteamericanos eso no les importa nada.

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