Caminos divergentes

La alianza entre europeos y norteamericanos ha garantizado la preponderancia occidental en el mundo durante los últimos 100 años. Parece que ahora Donald Trump​ va a poner fin a ese idilio

Foto: El presidente estadounidense, Donald Trump. (EFE)
El presidente estadounidense, Donald Trump. (EFE)

La relación trasatlántica que vincula Europa con los Estados Unidos representa el 45% del PIB mundial y un porcentaje algo menos del comercio, y por eso Occidente ha dominado el planeta durante muchos años. Ahora eso está cambiando, y no solo porque el centro económico se desplace a la cuenca del océano Pacífico sino por nuestros propios errores.

Las últimas semanas han puesto fin a lo que ha sido una constante desde 1918, cuando la intervención de los EEUU puso fin a la Gran Guerra. Una relación cordial basada en valores e intereses y solo rota en momentos puntuales de desacuerdo, como cuando Washington forzó a dar la libertad a las colonias europeas, o cuando Nasser nacionalizó el Canal de Suez y los EEUU frenaron la reacción colonialista de Londres y París. Esa alianza entre europeos y norteamericanos ha garantizado la preponderancia occidental en el mundo durante los últimos 100 años, primero dirigida por el Reino Unido y más tarde por los Estados Unidos. Parece que ahora Donald Trump va a poner fin a ese idilio.

Porque desde hace año y medio, desde que tomó posesión el 20 de enero de 2017 ("con más público asistente que Obama", en contra del testimonio irrefutable de las fotografías del acto), los desencuentros entre Europa y los EEUU han sido constantes.

Todo comenzó con comentarios ligeros de Trump apoyando el Brexit (llegó a expresar su deseo de que Nigel Farage, líder de UKIP, fuera nombrado embajador en los EEUU); expresando dudas sobre el futuro de la Union Europea; respaldando a líderes autoritarios en Hungría o Polonia, y afirmando que los europeos debían pagar más por su propia defensa (un 2% de su presupuesto) y que mientras tanto quedaba en el aire el artículo 5 de la OTAN que prevé la defensa automática en caso de agresión. Luego se desdijo, pero el daño estaba hecho, al igual que ocurrió cuando calificó de obsoleta a la OTAN. No es difícil imaginar la sonrisa de Putin al oír estas cosas, porque hasta ahora era la izquierda y no la derecha la que criticaba a la Alianza Atlántica.

Luego fue la retirada de los EEUU, el mayor consumidor mundial de energía (25% del total) y el mayor contaminador mundial, del Acuerdo de París sobre el Clima, el esfuerzo más grande nunca hecho por la humanidad para tratar de evitar una catástrofe ecológica motivada tanto por el desarrollo demográfico (la población mundial se ha duplicado en los últimos 42 años, desde 3.500 a 7.200 millones de personas, y alcanzará los 9.600 millones en 2050) como por las emisiones de CO2 a la atmósfera, que no paran de aumentar desde la Revolución Industrial y que ahora se han desbocado. Pero Trump considera que eso es un fraude ('hoax') y no cree que esté ocurriendo. Y tampoco lo cree Scott Pruitt, director de la poderosa e irónicamente llamada EPA (Environment Protection Agengy).

Siguió más tarde el abandono unilateral del Joint Comprehensive Plan of Action (Plan Integral de Acción Conjunta, PIAC), firmado por los EEUU junto con Rusia, China, Francia, Reino Unido y Alemania con la República Islámica de Irán, y lo ha hecho por razones que no tienen que ver con su contenido porque la ONU ha certificado (hasta en nueve ocasiones) que Teherán está cumpliendo.

Las razones de Trump son otras, y tienen que ver tanto con motivos de política interna norteamericana como con el deseo de deshacer el legado de Obama o con la voluntad de mantener movilizadas a sus bases, así como con razones de política internacional: satisfacer a su aliado Israel, el temor de que Irán vuelva a las andadas cuando acabe en 2030 la vigencia del acuerdo nuclear ('sunset clauses'), la irritación que la política regional iraní produce en aliados de Washington como Israel (Siria) o Arabia Saudí (Yemen), o el desarrollo de misiles balísticos por el Gobierno de Teherán. De lo que no habló fue de la nefasta política de Teherán en materia de derechos humanos... pero eso parece preocuparle menos. Todos son problemas reales que pueden exigir tratamiento, pero que no deberían conducir a deshacer lo que fue un gran logro de la diplomacia internacional.

El tema se complica aún más, porque Washington prohibirá transacciones con Irán en dólares, así como tratar con bancos iraníes, y porque pretende imponer sanciones a las empresas de cualquier país del mundo que comercien con Irán. En unos casos a partir del 7 de agosto, y en otros a partir del 5 de noviembre. Es el imperio el que habla, convertido en gendarme comercial del planeta, y no quiere que nadie replique. Esta pretensión de imponer su política a todo el mundo ya lo intentó Washington con la Ley Helms-Burton respecto de Cuba y también entonces provocó una airada respuesta europea, con el resultado de que no se aplicó a las empresas del Viejo Continente. Pero no es nada seguro que Donald Trump vaya a ser tan comprensivo en esta ocasión. De entrada, ha desairado públicamente a Macron y a Merkel, que peregrinaron a Washington para pedirle que permaneciera en el pacto e incluso le ofrecieron ingenuamente tratar de renegociar algunos aspectos... como si Irán lo fuera a aceptar.

La verdad es que las bazas de Europa en este caso son escasas, porque por mucho que Bruselas quiera blindar a las empresas del continente, si estas tienen que elegir entre Irán y Estados Unidos, nadie duda de que elegirán mantener su relación con estos últimos. Y eso solo aumentará nuestra frustración ante los modales de Washington.

A continuación, Trump ha decidido trasladar su embajada desde Tel Aviv, donde están todas las embajadas acreditadas ante el Gobierno de Israel, a la ciudad de Jerusalén, conquistada durante la guerra de los Seis Días en 1967 y anexionada formalmente en 1981 como "capital eterna del Estado de Israel", algo que la comunidad internacional nunca ha aceptado. De acuerdo con el derecho internacional, Jerusalén Este (la parte conquistada en 1967) es un territorio ocupado ilegalmente y son varias las resoluciones de las Naciones Unidas que lo afirman y que piden que no se trasladen allí las embajadas. Por ejemplo, la resolución 470 del Consejo de Seguridad.

A la ceremonia de traslado de la embajada norteamericana (acompañada por las de Guatemala y Honduras), celebrada el 14 de mayo en el 70 aniversario de la creación del Estado de Israel, no han asistido la mayoría de los embajadores europeos (lo hicieron los de Rumanía, Hungría, República Checa y Austria), mientras millares de manifestantes palestinos protestaban por la expulsión que sufrieron hace los mismos 70 años, en 1948. En Gaza, el 70% de sus habitantes son refugiados (o descendientes) expulsados de sus hogares cuando nació Israel y hoy viven en una cárcel al aire libre en condiciones infrahumanas, algo de lo que tienen tanta culpa los israelíes como los mismos palestinos.

El caso es que mientras los israelíes celebraban sus 70 años, los palestinos conmemoraban lo que llaman la Nakba o Tragedia. El contraste entre la fiesta de Jerusalén (embajada de los EEUU incluida) y los 60 muertos y 2.500 heridos por disparos israelíes junto a la frontera de Gaza, en una reacción claramente desproporcionada de uso de la fuerza, es algo que interpela a la conciencia universal. Estados Unidos ha vetado en el Consejo de Seguridad una investigación independiente de los hechos, que los europeos consideramos necesaria para aclarar lo ocurrido y evitar que se repita.

También en el campo comercial, la obsesión de Trump con los déficits comerciales está creando problemas a su relación con la Unión Europea. Primero fue dejar en la vía muerta el Tratado Trasatlántico de Comercio e Inversiones (que también suscitaba reparos en Europa), luego fueron sus críticas a los superávits comerciales de Alemania, más tarde su decisión de imponer altos aranceles a las importaciones de aluminio (10%) y acero (25%) procedentes de Europa y otros lugares, y ahora, la última, la declaración de la OMC de que Airbus ha recibido subsidios indebidos animando a Donald Trump a amenazar con sancionar las importaciones europeas, comenzando por los automóviles.

La UE, que con buen criterio considera que una guerra comercial no beneficia a nadie y entre cuyos miembros hay diferentes sensibilidades que no favorecen una respuesta contundente (Francia más dura que Alemania), ha protestado ante la OMC y amenaza a su vez con imponer tarifas a una serie de productos norteamericanos como el whisky Bourbon o las motos Harley-Davidson. No faltan los campos de disputa y, en vez de apaciguar los ánimos, el embajador de Trump en Berlín, Richard Grenell, se dedica a excitarlos más hablando del fin de la Unión Europea y animando a partidos ultraderechistas xenófobos y euroescépticos, como también hace Steve Bannon con Marine Le Pen o, según propias afirmaciones, con el reciente pacto de gobierno en Italia. La labor de los diplomáticos es limar asperezas en lugar de animar conflictos, y alguien debería explicárselo al embajador Grenell.

Trump ha renunciado a liderar moral o políticamente el mundo, y eso ya lo sabíamos. Lo grave es que ahora se puede romper la tradicional y centenaria alianza atlántica. Los beneficiados serán —ya lo están siendo— los rusos y los chinos. Y las consecuencias las pagaremos los europeos. Merkel lo ha visto claro cuando ha declarado que ya es hora de que Europa tome el futuro en sus propias manos, porque ya no podemos fiarnos del 'aliado americano', algo que en España aprendieron hace ya años Pepe Isbert y Manolo Morán en 'Bienvenido mister Marshall'.

Pero en todo esto hay quizá también un aspecto positivo, y es que a fin de cuentas Donald Trump puede ser el estímulo que Europa necesita para hacer lo que sabe que no tiene más remedio que hacer y que se resiste a hacer. Porque es más cómodo y mucho más barato dejar que sean los americanos los que siempre acaban sacándonos las castañas del fuego. Pero eso se acabó, y en la configuración del futuro que ahora comienza para Europa es necesario que se oiga la voz de España como cuarta economía de la eurozona. El nombramiento como ministro de Exteriores de Josep Borrell, buen conocedor de Europa, parece ir en esa dirección.

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