Mañana es hoy

El futuro está ya entre nosotros y es imparable, lo único que podemos —y debemos— hacer es intentar regularlo, y a veces ni eso es fácil porque se mueve más deprisa que los propios legisladores

Foto: Robots Alpha 1E bailan en el 'stand' de Segway en la Feria de Tecnología IFA de Berlín. (EFE)
Robots Alpha 1E bailan en el 'stand' de Segway en la Feria de Tecnología IFA de Berlín. (EFE)

Oponerse al cambio es como darse de cabezadas contra la pared. Uno es libre de hacerlo, pero los resultados no son buenos y la que sale peor parada es la cabeza. Cuando la Revolución Industrial llegó al Reino Unido en el siglo XVIII, hubo manifestantes que rompían las máquinas a martillazos y algunos acabaron en la horca. Cuando en 1900 llegaron los tractores al campo norteamericano, los campesinos se opusieron por temor a perder sus empleos. Entonces, un 70% de la población aún vivía de la agricultura y 120 años más tarde solo lo hace el 3%, pero el desempleo en los EEUU está por debajo del 4%, porque se destruyeron ciertamente trabajos en el campo pero se crearon en otros lugares, y la conclusión es que no se puede poner puertas al campo y que lo realmente importante es tener una población con educación que la haga flexible y adaptable a un mercado en evolución constante. Y ahora cambia más deprisa que nunca.

A diferencia de la Revolución Industrial, la Revolución Tecnológica nos sorprende por un doble motivo: el primero es que la globalización le da un alcance universal en un mundo interconectado, y el segundo es que su ritmo es tan rápido que apenas nos da tiempo a adaptarnos a ella. El cohete que llevó a Armstrong a la luna tenía 12.000 transistores, mientras que un iPhone lleva 3,2 millones. La Ley de Moore afirma que la capacidad de procesamiento se duplica cada 18 meses, y Tom Friedmann en su último libro ('Perdón por llegar tarde', 2018, Deusto) compara ese desarrollo con el mucho más lento experimentado por la industria automovilística, y dice que de haber sido parejo, el Volkswagen escarabajo alcanzaría los 480.000 kilómetros/hora, gastaría cuatro litros cada tres millones de kilómetros y su precio sería solo de tres céntimos. ¡Impresionante!

Pero no se para aquí, la inteligencia artificial (IA) y el internet de las cosas (IoT) van a alterar nuestras vidas de formas que hoy ni siquiera podemos imaginar. Una empresa de Singapur ha 'sentado' un algoritmo en su consejo de administración —¡con derecho de voto!— porque analiza los mercados mejor y más deprisa que los humanos. Yuval Noah Harari se pregunta si un día los algoritmos llegarán a reemplazarnos o a dejarnos de lado, como hemos hecho nosotros con los caballos cuando se inventó el motor de explosión. Quizá por eso los grandes empresarios no se ponen de acuerdo: Pichai, CEO de Google, piensa que la IA salvará el mundo, mientras que Jack Ma, CEO de Alibaba, cree que es una amenaza para la humanidad. Elijan.

El asunto sería más comprensible y manejable si la Revolución Tecnológica no coincidiera en el tiempo con otras dos revoluciones: la de la información y la demográfica. Y ahí es donde nuestros pobres cerebros piden tiempo, como en los partidos de baloncesto, para recuperar el resuello y tratar de entender lo que pasa alrededor. Hoy hay 3.000 millones de teléfonos inteligentes en el mundo, de forma tal que un pastor del altiplano boliviano puede tener más información en la punta de sus dedos que la que tenía Kennedy durante la crisis de los misiles en Cuba. El problema hoy no es tener información sino distinguir la buena de la mala, la correcta de los bulos que algunos se dedican a diseminar con apoyo de la última tecnología para engañar al personal, desestabilizar gobiernos o influir en las elecciones, en lo que constituye un gravísimo ataque al corazón del sistema democrático.

El problema hoy no es tener información sino distinguir la correcta de los bulos que algunos se dedican a diseminar con apoyo de la tecnología

Y si miramos la Revolución Demográfica, los cambios son también espectaculares. La población mundial alcanzó sus primeros 1.000 millones en la época de las campañas napoleónicas y se ha duplicado en los últimos 42 años, desde 3.600 a 7.200 millones, y eso quiere decir que si el lector tiene más de esa edad, eso ha ocurrido durante su propia vida. Es un cambio tremendo. Crecerá otros 2.000 millones en los próximos 30 años, y ese crecimiento se concentrará sobre todo en África (1.300 millones) y en América del Sur y el Sureste asiático, mientras Europa perderá población y la que quede será más vieja. Mucho más vieja. Esto provocará grandes cambios, mucha gente accederá a la clase media, habrá fuertes migraciones, más competencia por recursos limitados (agua, energía, alimentos) y mayor gasto en sanidad, educación y pensiones... Son solo algunos ejemplos.

La combinación de estas tres revoluciones —tecnológica, de la información y demográfica— es brutal, tiene efectos acumulativos e impacta sobre la economía, la política y nuestra propia organización social. El Estado de Bodino se ha quedado obsoleto, porque ya no puede cumplir el viejo contrato social por el que los ciudadanos pagaban impuestos a cambio de seguridad, empleo, etc. Hoy, los gobiernos no controlan las fronteras, la moneda, la economía o la información, solo son capaces de ofrecer soluciones locales a problemas que se han hecho globales, y eso tiene el grave inconveniente de que esas soluciones no funcionan. Esa es la razón por la que los nacionalismos, en mi opinión, no tienen futuro, aunque pueden ofrecer el espejismo de mayor seguridad a corto plazo ante los miedos que provoca el desconcierto que nos invade, y eso explica el éxito electoral de Trump, Podemos, la Lega italiana, Puigdemont, Iniciativa por Alemania, Le Pen y Orbán.

El gran cambio es irreversible, la gran duda es si viviremos mejor o no, porque estas revoluciones nos hacen al tiempo más libres y manipulables

Todo es lo mismo y nace del miedo a perder privilegios y de las crecientes desigualdades económicas que también nos trae la globalización. Pero levantar muros y barreras no es la solución, porque nadie puede enfrentar solo problemas que nos afectan a todos y porque el tiempo no va hacia atrás, como ya nos enseñó Stephen Hawkins, y por eso los carteros tienen que soportar que los correos electrónicos les quiten trabajo, y los taxistas tienen que ceder terreno ante Uber o Cabify. El futuro está ya entre nosotros y es imparable, lo único que podemos —y debemos— hacer es intentar regularlo, y a veces ni eso es fácil porque se mueve más deprisa que los propios legisladores.

El gran cambio es irreversible, la gran duda es si viviremos mejor o no, porque estas revoluciones nos hacen al mismo tiempo más libres y más manipulables (Assange, Cambridge Analytica...), mientras aumentan las diferencias económicas y sociales entre individuos y también entre países. La única respuesta inteligente la da la educación, que debería ser la gran prioridad de cualquier gobernante sensato que fuera capaz de mirar más allá de los cortos intereses de su legislatura.

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