No matarás

Los saudíes se han enredado en lo que el mismo Trump ha llamado con razón “el encubrimiento más chapucero de la Historia”

Foto: El príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman. (EFE)
El príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman. (EFE)

Desde que los hombres se dotaron de dioses para mejor soportar las penalidades de la vida y las incertidumbres de la muerte, todas las religiones imponen la exigencia moral de no matar a los semejantes o, al menos, no hacerlo sin razones que ellas consideren justas. Un precio que no ha disuadido los asesinatos desde el principio de la Historia al margen de las normas morales y de los principios religiosos. Y si no, que le pregunten a Abel. Lo que pasa es que el que incumple este mandamiento acaba pagando un precio. Si le cogen. O si no es intocable, porque aquí, como en los toros, parece que el matador importa más que el muerto.

Ambas circunstancias se dan aparentemente en el caso del príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohamed bin Salman (MbS), a quien casi todo el mundo considera inspirador de la muerte del periodista Jamal Khashoggi aunque no se haya descubierto la 'pistola humeante' que le señale sin espacio para la duda. Lo ocurrido ha dañado mucho la imagen de un joven que este fin de semana ha retomado su agenda internacional asistiendo en Argentina a la reunión del G-20, donde se ha encontrado con una demanda interpuesta contra él por Human Rights Watch al amparo del principio de la Justicia universal, que no tendrá mayores consecuencias por su inmunidad diplomática. Y donde, a pesar de todo, su agenda de contactos puede hacer palidecer de envidia a nuestro Pedro Sánchez, pues se ha visto con Putin, con Xi, con May, con Macron...

No sé si ofende más el crimen o su prepotencia. El presidente turco Erdogan, en cuyo país se cometió el asesinato, no ha dudado en atribuírselo e igual ha hecho el senador norteamericano Bob Corker, presidente del poderoso Comité de Relaciones Exteriores del Senado. La propia CIA ha determinado que a la vista de quiénes perpetraron el crimen, vinculados próximamente a MbS y de audios posteriores de llamadas telefónicas (“dile al jefe que el trabajo está hecho”) ni tiene dudas de quién lo ordenó ni cree posible que se hubiera podido llevar a cabo sin su conocimiento y autorización. En España decimos que si es blanco y en botella...

El que no se lo cree —o no se lo quiere creer— es Donald Trump, que dice que puede que MbS estuviera al corriente o puede que no lo estuviera y que es posible que nunca se llegue a conocer la verdad de lo sucedido dentro del consulado saudí de Estambul. Y que en todo caso no le importa porque “nuestra relación es con Arabia Saudí”, un aliado “espectacular” que le compra 110.000 millones de dólares en armas (una cifra que los expertos no saben de dónde sale porque a ellos las cuentas solo les dan como mucho 14.500 millones, que tampoco está nada mal). Y que además le ayuda frente al enemigo iraní mientras procura acercar a palestinos e israelíes como pide a MbS su amigo Jared Kushner, yerno de Trump, aunque todos estos esfuerzos hasta el momento no hayan rendido ningún resultado.

Con estas declaraciones, Donald Trump renuncia al liderazgo moral del mundo y envía el mensaje de que lo que es bueno para los intereses de los EEUU también lo es para todos los demás y que nos arreglemos. No quiero imaginar la satisfacción con la que estas palabras han debido ser acogidas por los muchos líderes autoritarios que por ahí hay, desde el filipino Duterte al ruso Putin o el turco Erdogan. Por su parte, el monarca saudí, Salman, ha respaldado implícitamente a su hijo en un discurso pronunciado hace 15 días y parece resignarse a la imputación de 17 saudíes vinculados con el crimen, de los que cinco se enfrentan a la pena de muerte. Todo sea por salvar al príncipe heredero, que en todo momento ha afirmado su inocencia, mientras Erdogan anuncia que seguirá filtrando elementos incriminatorios a medida que le resulte conveniente (se dice que los servicios turcos de Inteligencia disponen de audios del crimen tomados dentro de la misma sede consular saudí).

A mí me molesta que Erdogan aparezca como denunciante porque en su propio país hay una deriva islamizante que debe estar haciendo que Mustafá Kemal Ataturk, el fundador de la Turquía moderna, se revuelva en su tumba y porque dirige una brutal represión que afecta a millares de periodistas, maestros, jueces, funcionarios y militares que están en prisión, torturados o desaparecidos. Y peor aún si incluimos a la minoría kurda.

Mohamed bin Salman, de 33 años, hijo del monarca reinante viejo y enfermo, es el hombre fuerte de Riad, pues acumula los puestos de príncipe heredero, ministro de Defensa, presidente de la petrolera Aramco y lo que usted quiera añadir. Caprichoso (se ha gastado casi 1.000 millones en un yate y en un 'château' cerca de París), es en política interna un reformador que con su plan 2030 quiere hacer al país menos dependiente del petróleo mientras autoriza (¡oh magnanimidad!) que se abran salas de cine, se autoricen conciertos y se permita conducir a las mujeres.

Pero no es un demócrata y, en su honor hay que admitirlo, nunca lo ha pretendido. Se ha deshecho de príncipes rivales arrestándolos e imponiéndoles severas multas con la excusa de combatir la corrupción, que es como castigar a algunos peces por tener escamas cuando todos las tienen, y ha encarcelado a numerosos activistas o blogueros y a muchas mujeres que solo pedían poder conducir. Las relaciones diplomáticas con Canadá están suspendidas porque Ottawa criticó estas detenciones y el Reino se agarró tal globo que retiró a su embajador, a todos los estudiantes saudíes en Canadá y a todos los enfermos que allí se trataban, y además cortó el comercio y los vuelos entre ambos países.

En política exterior, este joven impulsivo se ha convertido en un elemento desestabilizador en la región en su conjunto. Los norteamericanos critican a Irán porque dicen que con el dinero del Acuerdo Nuclear (el que ahora Trump ha denunciado unilateralmente) se ha dedicado a poner Oriente Medio patas arriba, desde Siria a Yemen. Pero es que lo mismo ha hecho Arabia Saudí al gozar del respaldo acrítico de Washington. Es una curiosa analogía. El caso es que MbS ha metido una pata tras otra en el poco tiempo que lleva en el cargo. Primero obligó a dimitir al primer ministro libanés durante una visita a Riad, luego se metió en una guerra terrible en Yemen, y finalmente se peleó con Qatar con la excusa de un tuit que se demostró falso. Sin olvidar la pelotera con Canadá antes citada.

Uno puede preguntarse por qué este asesinato ha tenido tanta repercusión mundial cuando vivimos en un mundo en el que la violencia criminal se cobra más vidas que las guerras (500.000 frente a 160.000 según datos de hace un par de años) y cuando por desgracia los asesinatos de periodistas son frecuentes en regímenes que no soportan las críticas. Se me ocurren varias explicaciones y la primera es que Khashoggi procedía de la clase alta del mismo régimen que aparentemente acabó con su vida; porque vivía en los EEUU (en Virginia) y escribía para 'The Washington Post'; porque el crimen se cometió en Estambul, y porque Erdogan lo ha aprovechado en su pugna regional con Arabia Saudí por el liderazgo regional.

El asesinato ha sido una monumental chapuza. Talleyrand diría que ha sido peor que un crimen, ha sido un error, porque los saudíes se han enredado en lo que el mismo Trump ha llamado con razón “el encubrimiento más chapucero de la Historia”, porque primero lo negaron e incluso vistieron a uno de los asesinos con las ropas del muerto para aparentar que había salido (por la puerta trasera) del edificio consular. Hasta le pusieron un bigote falso... Pero olvidaron cambiarle los zapatos (o sería que Khashoggi tenía los pies más grandes). Luego dijeron que se les había muerto por accidente. Más tarde admitieron que hubo una pelea y por fin aceptaron que el asesinato había sido premeditado.

Es un crimen que fuerza al mundo a ver lo que ya sabe y no quiere reconocer, la vinculación de sectores influyentes de Arabia Saudí con el terrorismo internacional, y aquí cabe recordar que 16 de los 18 terroristas del 11-S eran saudíes y que el Reino difunde por el mundo una versión particularmente radical y conservadora del islam (wahabbismo). Por eso la UE ha pedido “total transparencia” y el Parlamento Europeo (no es vinculante) ha ido más allá pidiendo investigación, castigo de los culpables y embargo de armas, algo que solo Alemania ha decidido hacer. Arabia Saudí es el segundo importador mundial con el 10% del total, solo detrás de la India, y sus importaciones han crecido un 225% en el último lustro. Los principales suministradores son los EEUU (61%) y el Reino Unido (23%). Más atrás, a bastante distancia, están Francia (3,6%), España (2,4%) y Alemania (1,8%). Nuestra cifra, siendo modesta, le ha costado sinsabores a la ministra de Defensa.

Este asesinato tiene al menos tres consecuencias a corto plazo: en primer lugar, disminuye el atractivo del Reino de Arabia Saudí como lugar donde invertir, y la prueba son los muchos empresarios que no han acudido a la reciente cita (Davos del Desierto) en la que Riad ha tratado de atraer dinero para financiar el ambicioso programa 2030. El mundo del dinero impone la prudencia y un compás de espera hasta ver por dónde rompe aguas la actual situación.

En segundo lugar, se va a incrementar la presión internacional para poner fin a la guerra que saudíes y emiratíes libran en Yemen contra los houthies sin resultados concretos y que amenaza con causar el mayor desastre humanitario de la Historia, según dicen las Naciones Unidas, con 14 millones de personas amenazadas de hambruna en mitad de un brote de cólera. Peor que Darfur. Un total de 14 senadores republicanos se unieron a los demócratas para pedir un debate sobre el fin de la ayuda militar a Riad, en una iniciativa que solo pasará a la Cámara de Representantes en enero y que la Administración Trump ya ha dicho que complicará los esfuerzos de las Naciones Unidas, cuyo enviado especial, Griffiths, ha respaldado una propuesta norteamericana (Mattis) y ha convocado el 4 de diciembre en Estocolmo una conferencia para hablar de paz a la que en principio han aceptado asistir todos los beligerantes (hay malpensados que creen que se hace en este momento para distraer a la opinión pública y quitar presión sobre Riad, pero deben ser habladurías). Es una buena noticia.

Y en tercer lugar, el asesinato de Khashoggi ha sido utilizado por Turquía para debilitar a Arabia Saudí con objeto de discutirle el liderazgo de los musulmanes sunníes. El futuro puede así depararnos una pugna regional entre los sunníes liderados por Turquía y los chiíes liderados por Irán, nuevamente otomanos contra persas. A veces parece que la Historia se burla.

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