Un regalo para Putin

Rusia es la gran beneficiada de la retirada de tropas en Siria, porque ocupa el espacio que dejan libre los EEUU y extiende su influencia en Oriente Medio, de donde había salido

Foto: Un combatiente rebelde sirio respaldado por Turquía. (Reuters)
Un combatiente rebelde sirio respaldado por Turquía. (Reuters)

¡Y ni siquiera era su cumpleaños! En 'Alicia en el país de las maravillas' se festejan los 'no-cumpleaños', y debe ser eso lo que Trump ha querido celebrar con este regalo que le ha hecho a Putin en Siria, igual que antes Bush había borrado a Irak del mapa y dejado así el camino libre a la expansión de Irán. Si esto es una política exterior inteligente, que venga Dios y lo vea.

Todo comenzó con una conversación telefónica en la que Trump dio luz verde a Erdogan para hacer lo que el turco deseaba hace mucho tiempo pero no podía, porque atacar a los kurdos sirios suponía enfrentarse con sus aliados norteamericanos, junto con quienes los kurdos habían combatido al Estado Islámico (EI) hasta derrotarlo. Washington se había apoyado también en los kurdos para limitar el poder del Bashar al Assad en Damasco y para contener la creciente influencia de Irán en Siria. Casi nada.

Tras esa conversación, Trump decidió cambiar de política y retirar precipitadamente sus tropas dejando a sus aliados kurdos a merced de los turcos, que no han perdido el tiempo en invadir el país con la operación Manantial de Paz, que ya ha causado muchos muertos y el éxodo de 300.000 personas y que los kurdos califican de “limpieza étnica”. El objetivo declarado de Turquía es triple: crear una zona de seguridad a lo largo de toda su frontera con Siria para evitar “infiltraciones terroristas” kurdas, crear un espacio controlado en el que reasentar a los 3,5 millones de refugiados sirios que ahora están en Turquía y, lo más importante, evitar un embrión de Estado kurdo que actúe como foco de irredentismo para su propia población kurda (20 millones).

La sorprendente decisión de Trump ha cogido a todos por sorpresa, empezando por el Pentágono y el Congreso (que la han criticado con dureza) y siguiendo por sus socios en la OTAN, que tampoco la esperaban. Y a los mismos kurdos, que se sienten traicionados, con mucha razón. Parece que los norteamericanos solo mantendrán 500 soldados en Siria para custodiar los pozos de petróleo situados en el este del país (algo que Rusia ha condenado como “bandidaje internacional”), porque puede que los kurdos hayan dejado de interesarles pero con el petróleo no se juega.

Los ganadores de lo que ha ocurrido son Turquía, Rusia, el régimen de Damasco e Irán. Los que pierden son los kurdos y los mismos Estados Unidos, cuya influencia en Oriente Medio nunca ha sido más baja al tiempo que sufre un duro golpe su imagen como socio fiable por aquello de las barbas de tu vecino... Luego, tras las críticas recibidas, Trump impuso y levantó sanciones a Ankara, donde envió a su vicepresidente, Pence, para forzar un alto el fuego que permitiera a los kurdos retirarse y sobre cuyo respeto hay noticias contradictorias. A este hombre no hay quien le entienda, con amigos así no hacen falta enemigos.

El malestar de la Cámara de Representantes con Turquía se acaba de hacer patente la semana pasada con la aprobación de una resolución que califica formalmente de genocidio la muerte de un millón y medio de armenios en 1915, un asunto enormemente sensible para Ankara.

Un regalo para Putin

A pesar de ello, Erdogan gana porque refuerza su imagen de líder nacionalista fuerte que se prepara para presentarse como el gran sucesor del padre de la patria, Kemal Ataturk, cuando en 2023 se conmemore el centenario de la abolición del Califato y de la fundación de la Turquía moderna. Su política sobre Siria ha evolucionado en función de sus intereses de cada momento: desde reforzar su liderazgo islamista en 2011 (fue cuando acogió a los refugiados sunníes y dejó pasar por sus fronteras a combatientes del EI) hasta enfrentarse a los kurdos cuando un revés electoral en 2015 le obligó a apoyarse en fuerzas nacionalistas, y ahora, en 2019, cuando tras perder las principales ciudades en las últimas elecciones municipales se quiere librar de los refugiados, cuyo alto coste de mantenimiento es muy impopular. Una política errática, pero siempre al servicio de sus intereses personales. Y que le funciona.

Rusia es la gran beneficiada, la que más gana, porque ocupa el espacio que deja libre EEUU y extiende su influencia en Oriente Medio, de donde había salido al desaparecer la URSS. Erdogan acaba de ir a Moscú, donde Putin le ha recortado su expansión por Siria (de un corredor de 450 por 30 km a otro de 120 por 10), además de exigir que militares rusos participen en el control de las tierras arrebatadas a los kurdos, mientras su diplomacia se esfuerza en acercar a los kurdos del régimen de Damasco y al este de Ankara, convirtiendo a Rusia en el árbitro regional. Sus soldados están ahora en las fronteras de Siria con Turquía y con Israel.

Y, lo que es más importante, lo ocurrido abre más fisuras en una OTAN ya irritada con Turquía por la compra del sistema ruso de misiles S-400, el más sofisticado del mundo pero incompatible con los de uso en la organización y que plantea graves problemas de seguridad. En la OTAN preocupa, y mucho, el acercamiento entre Ankara y Moscú, que se manifiesta también en un gasoducto y una central nuclear en construcción, en posibles ventas de aviones de combate Su-35 y Su-57, en los muchos turistas rusos (siete millones) que visitan anualmente Turquía, en el desarrollo del comercio bilateral. Putin mete así otra cuña dentro de la OTAN y en las relaciones entre Washington y sus aliados europeos. Todo lo que sea sembrar cizaña en esta relación trasatlántica es miel para Moscú.

Damasco gana, porque al tener que concentrar los kurdos todas sus fuerzas en el noreste para luchar contra la invasión turca, han dejado libre un enorme espacio en el este que ahora ocuparán los soldados de Bashar al Assad, que da así un paso de gigante en la recuperación del control sobre la mayoría del país que un día estuvo dominado, primero, por el Estado Islámico y, luego, por una autonomía kurda (Rojava) que enmascaraba una independencia de hecho basada en la riqueza que les daba el control de los pozos petrolíferos. Y eso incluye recuperar también (gracias a Moscú) el control de casi toda la frontera turco-siria, donde hasta ahora mandaban los kurdos.

Finalmente, la retirada de los EEUU es una magnífica noticia para Teherán, que tras la desaparición del Estado Islámico se había convertido en el gran enemigo de Washington en Siria. La desaparición de Estados Unidos de ese escenario deja el terreno libre a las fuerzas de Teherán para su gran objetivo de abrir un corredor terrestre que abastezca a sus aliados libaneses de Hizbulá, y esa es una pésima noticia para Israel.

Dejados a su suerte de la noche a la mañana, los kurdos no han tenido otra solución que aceptar la mediación rusa y acercarse al régimen de Damasco con la esperanza de que Bashar les permita algún tipo de autonomía regional en el futuro. Conociendo al personaje, yo no me fiaría un pelo.

Otro grave problema puede ser el resurgir del Estado Islámico en Siria, algo de lo que ya hay indicios pues, según el Pentágono, aún cuenta con “células durmientes” y unos 18.000 combatientes repartidos entre Siria e Irak. Y también podrían quedar en libertad los 11.000 prisioneros islamistas muy radicalizados que hasta ahora custodiaban los kurdos. Serían dos noticias muy malas. En medio de este desastre diplomático, Trump se ha apuntado (con maneras poco elegantes) la muerte del califa Abubakr al-Bagdadi en una operación de las fuerzas norteamericanas. La ironía es que Estados Unidos no lo habría podido hacer sin los soldados sobre el terreno que ahora retira, sin la información recibida de sus hasta ahora aliados kurdos y sin sus poderosos servicios de Inteligencia, que Trump critica un día sí y otro también.

Los europeos están muy incómodos con esta situación y con el acercamiento de Turquía a Rusia, y han condenado el ataque turco reiterando su compromiso con la soberanía e integridad territorial de Siria. Algunos países han ido más lejos y han decidido no vender armas a Turquía basándose en una posición común de 2008 que anima a no hacerlo cuando esas armas puedan usarse para “agredir a otro país” o “para imponer por la fuerza una reivindicación territorial”.

No ha sido fácil, porque Turquía es nuestro socio en la OTAN, es candidato eterno (y sin esperanzas reales, por ahora) a la entrada en la Unión Europea, con la que tiene conflictos constantes en torno a Chipre, y además tiene a 3,5 millones de refugiados sirios en su territorio y ha recibido 6.000 millones de euros para no desparramarlos sobre Europa, como a veces amenaza con hacer.

Lo malo no es que la política exterior de Washington sea mala, lo malo es que no existe.

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