La peor opción

Soy de los que piensan que UK ha hecho un pésimo negocio con el Brexit, pero habrá que esperar a ver los resultados prácticos de esta nueva tendencia a elegir la que, aparentemente, es la peor opción

Foto: El primer ministro británico, Boris Johnson. (Reuters)
El primer ministro británico, Boris Johnson. (Reuters)

Mentiras, miedo, cansancio y rabia es el cóctel que ha llevado a Boris Johnson a obtener la más holgada victoria de los conservadores desde la ya lejana época de Margaret Thatcher, allá por 1979. Mentiras como la construcción de 40 nuevos hospitales o multiplicar los fondos que recibe el estresado sistema británico de salud, no cumplir la promesa de salida de la UE el 31 del pasado octubre, comprometer a la misma reina Isabel, anunciar una invasión del Reino Unido por trabajadores turcos y comunitarios, y 100 afirmaciones más que simplemente son falsedades sin fundamento alguno. Algo que los votantes probablemente sabían o al menos intuían pero que aun así se lo quieren creer, porque esa creencia forma parte del eslogan vacío de “recuperar soberanía” y de “recuperar país” de las garras de la burocracia de Bruselas.

Miedo de las clases medias de antiguas zonas industriales venidas a menos, el mismo electorado blanco que en los EEUU votó a Donald Trump y ve en peligro su nivel de vida, teme tanto la robotización como a los inmigrantes y busca un refugio que, en este caso, en el pasado fue una 'espléndida' insularidad británica pero que ahora, sin Imperio, no deja de ser un espejismo.

Cansancio del interminable debate del Brexit que ha llevado muchos votos al molino de Johnson frente a las inexplicables ambigüedades de Corbyn, incapaz de definir una postura clara, ambigüedades que le han hecho perder bastiones laboristas en el centro y norte de Inglaterra, hasta el punto de llevarles a votar conservador, algo nunca visto, mientras también se enajenaba a las clases más acomodadas del sur del país que querían seguir en Europa. Y finalmente, rabia e impotencia ante la constatación de la pérdida de pasadas grandezas que ya no volverán, aunque el Brexit y sus falacias les ofrezcan un espejismo del que no tardarán, mucho me temo, en despertar.

En los Estados Unidos se está leyendo la victoria de Boris Johnson como el preludio de un nuevo triunfo de Donald Trump dentro de 11 meses, y así lo ha reconocido él mismo en sus frecuentes tuits, igual que en 2016 ya leyeron sus partidarios el triunfo del Brexit en el referéndum organizado por Cameron como indicio de un cambio en la tendencia de los votantes que podría favorecerle en la elección que tuvo lugar unos meses más tarde. Es algo que estos días repite su exasesor Steve Bannon. Porque ambos, Trump y Johnson, recogen sus votos en caladeros similares y porque la verdad parece importar muy poco a su electorado frente a los mensajes fáciles y repetitivos que le dan tranquilidad aunque sean falsos, y eso explica el éxito de los populismos, tendencia en la que cabe incluir tanto a Boris como a Donald.

Y no importa tener o no más votos que el rival, siempre que se tengan donde luego cuentan. Trump tuvo 2,8 millones de votos menos que Hillary Clinton y le ganó la elección, y ahora Johnson ha obtenido una aplastante mayoría de 79 escaños en el Parlamento con el 46% de los votos, mientras que la suma de votos de los opuestos al Brexit ha alcanzado el 52% del electorado... Pero estaban divididos y no se han traducido en escaños en Westminster.

Al igual que Trump y su eslogan simplificador 'Make America great again' (como si antes no lo fuera), también Boris Johnson ha evitado meterse en debates serios con sus oponentes, donde tendría que bajar a tierra, explicar su oferta de gobierno y hacer promesas con fechas y cifras, y ha preferido limitarse a remachar con cumplir el compromiso del Brexit de una vez por todas y utilizar su sentido del humor para escapar de mayores precisiones cuando se le apretaba un poco más.

Ese mensaje sencillo y repetido hasta la saciedad de que yo voy a cumplir lo que vosotros habéis votado y que los políticos y el Parlamento os escamotean, es el mismo que probablemente Donald Trump pondrá en marcha cuando comience su propia campaña electoral, en la que además contará con la baza del 'impeachment' para explicar a sus electores que todo es una maniobra de los demócratas para impedirle gobernar y trastocar así la voluntad del pueblo norteamericano cuando le eligió presidente.

Por su parte, los demócratas también están extrayendo consecuencias de lo ocurrido. La primera, es la necesidad de presentar un frente unido ante Trump, y la segunda, más filosófica, sobre el lugar del espectro político donde le conviene situarse al partido para atraer a más votantes. John Biden ya ha lanzado un torpedo contra sus rivales más próximos, la senadora Elizabeth Warren de Massachusetts y el senador Bernie Sanders de Vermont, ambos situados a su izquierda, cuando les ha recordado que “vean lo que pasa cuando el Partido Laborista se mueve tanto, tanto hacia la izquierda”, pues es cierto que las proclamas de Corbyn a favor de nacionalizar el agua, la electricidad o los ferrocarriles han asustado bastante en el Reino Unido, además de desesperar su indefinición sobre el Brexit. Biden lleva así agua a su molino y trata de influir en el gran debate en el seno del Partido Demócrata sobre si es mejor enfrentar a Trump con un candidato de centro, como es él mismo, o de izquierdas.

Johnson no lo va a tener fácil entre los que ahora quieren hacer de Inglaterra una especie de Singapur sobre el Támesis, los que se han creído lo del regreso de las glorias pasadas al estilo de Downton Abbey, y los que le han prestado votos que siempre habían sido de izquierda y que esperan ayudas para zonas deprimidas y refuerzos en los sectores básicos de la salud y la enseñanza. Por no hablar de la crisis constitucional que previsiblemente se abrirá con Escocia tras los resultados obtenidos por el partido nacionalista escocés (con inevitables repercusiones en España, por diferentes que sean ambos casos) y quizá también en Irlanda del Norte.

E igual que se criticó a Tony Blair por ser el perrito faldero ('poodle') de George W. Bush, ahora ya se habla en Londres del peligro de un 'neopoodleism' con el abrazo del oso americano a un Reino Unido solo, en mitad del Atlántico, y todavía con ensoñaciones sobre 'la relación especial' que también tiene más de añoranza melancólica que de realidad actual.

Yo soy de los que piensan que el Reino Unido ha hecho un pésimo negocio con el Brexit, pero habrá que esperar a ver los resultados prácticos de esta nueva tendencia de los votantes a elegir la que, aparentemente al menos, es la peor opción.

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