Y ahora Bezos

Mohamed bin Salman se ha visto envuelto en un nuevo escándalo porque Bezos le acusa de haber 'hackeado' su teléfono. El objetivo, parar las informaciones sobre Kashoggi que publica su periódico

Foto: El príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman. (EFE)
El príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman. (EFE)

Se tarda muchos años en establecer una reputación sólida y luego bastan breves momentos para destruirla.

Mohamed bin Salman (conocido como MbS para abreviar) es, como su nombre indica, hijo del actual monarca de Arabia Saudí, el rey Salman, y es el hombre fuerte del país, un joven impetuoso que con 34 años quiere comerse el mundo y parece pensar que como es rico y poderoso no hay nada que no pueda hacer (se dice que es él quien pagó 500 millones de euros por el cuadro 'Salvador Mundi', atribuido a Leonardo).

Empezó deshaciéndose de su primo Mohamed bin Nayef, que era el sucesor al trono, en una oscura revuelta palaciega que lo confinó en un lujoso palacio. Después detuvo durante unas semanas, con la excusa de una cruzada contra la corrupción, a decenas de hombres de negocios que fueron luego puestos en libertad tras pagar cuantiosas multas y tomar buena nota de quién manda en el país. Y mientras, se dedicó a acumular cuanto cargo se le puso a tiro —desde viceprimer ministro (el primer ministro es su padre) y ministro de Defensa hasta presidente del Consejo de Asuntos Políticos y Seguridad, del Consejo de Asuntos Económicos y Desarrollo— y asumió el control de la mayor empresa del mundo, la petrolera Aramco, cuyo valor bursátil se estima en 1,9 billones de dólares, más que el PIB de España o de Rusia.

MbS ha lanzado el plan 2030 para modernizar el país y hacerlo menos dependiente del petróleo, al tiempo que anunciaba una política liberalizadora de las costumbres, como permitir cines y conciertos o que las mujeres se pongan al volante, que fue bobaliconamente ensalzada por medio mundo como prueba de los nuevos aires que MbS traía, cuando solo es la punta del iceberg de la falta de libertades que persiste en el país, al que sin embargo también se acercan los grandes clubes de fútbol español o la carrera del Dakar. Y es que "poderoso caballero...", decía don Francisco de Quevedo hace ya varios siglos.

Sus modos impulsivos, su poca experiencia y el haber instaurado un régimen personalista que ha marginado el sistema tradicional de equilibrios y búsquedas de consenso entre las diferentes ramas de la familia real, le han llevado a cometer errores una y otra vez. Y así, queriendo jugar a gran potencia, forzó una rocambolesca dimisión en Riad del primer ministro libanés, Harari, que se desdijo en cuanto pudo regresar a Beirut. Luego, acompañado por su amigo el príncipe heredero de los Emiratos Árabes Unidos, Mohamed bin Zayed (MbZ), se metió en una confusa disputa con el vecino Qatar por el apoyo que este pequeño emirato da a islamistas de variado pelaje (desde talibanes a Hermanos Musulmanes) y a la cadena televisiva Al Jazeera, cuyas críticas molestan mucho en Riad y en Abu Dhabi. La ruptura de relaciones diplomáticas y el bloqueo comercial y de comunicaciones continúan hoy mientras se acerca la fecha de celebrar en Doha el Campeonato Mundial de Fútbol, también a base de chequera y con calor garantizado.

Lo peor ha sido que ambos, MbS y MbZ, se han metido en una guerra en Yemen que lleva varios años estancada y que ha puesto al descubierto escandalosas carencias en unas fuerzas armadas que cuentan con el tercer presupuesto mundial. Yemen es uno de los países más antiguos del mundo, pues de allí era la reina de Saba que viajó a Jerusalén para seducir al rey Salomón. Pero ser un país antiguo no implica ser funcional, y Yemen es cualquier cosa menos eso. Cuando Arabia Saudí alcanzó la independencia, Yemen le declaró la guerra por una cuestión de delimitación de fronteras. Perdió y se vio obligado a firmar en 1932 el Tratado de Taif, que confirmó la pérdida de aquellos pedregales y que dejó una herida abierta en el corazón de los yemeníes.

Esas heridas se reabrieron cuando Riad decidió intervenir militarmente tras un golpe de Estado en Sana a cargo de la belicosa tribu houthi que le costó la vida al presidente Saleh. Riad vio en lo ocurrido la larga mano de Irán, pues no en balde los yemeníes son chiíes. Desde ese momento, nada le ha salido bien a MbS: la esperada rápida victoria militar no se ha producido; las numerosas 'víctimas colaterales' de los poco afinados bombardeos saudíes son un aldabonazo en la conciencia mundial; el desastre humanitario es colosal (hambruna, cólera, etc.); la influencia iraní en Yemen es mayor que nunca, pues suministra asesores y armas a los houthis; Yemen es un Estado fallido donde Al Qaeda campa por sus respetos en amplias zonas, y la misma teórica unidad del país está en cuestión con las veleidades separatistas de la región sureña de Aden (para más inri, con apoyo de los EAU)... Y para colmo, las refinerías de Aramco son atacadas y los houthis sacan pecho y reclaman la autoría, aunque los expertos atribuyen los ataques a Irán. Repóquer de desastres.

Pero lo que realmente ha dañado la reputación personal de MbS ha sido el asesinato brutal del periodista Jamal Kashoggi en el consulado saudí en Estambul, un asunto que le ha salpicado por su cercanía a los implicados y porque nadie cree que una decisión de esta gravedad se haya podido tomar sin su previa aquiescencia. Su imagen se volvió entonces tóxica y nadie quería hacerse fotos con él. Pero como es rico y poderoso y tiene el apoyo de Donald Trump, que le necesita en su cruzada antiiraní, poco a poco se le ha ido volviendo a dar la mano.

Y ahora, en el peor momento para su rehabilitación, cuando Arabia Saudí se esmera en preparar la próxima reunión del G-20, salta otro escándalo: Jeff Bezos le acusa de haber 'hackeado' su teléfono con un correo infectado para sacar información comprometedora sobre su vida privada. El objetivo, se supone, es parar las informaciones sobre Kashoggi que publica el periódico 'The Washington Post', propiedad de Bezos y en que ocasionalmente escribía el asesinado. Como es lógico, los saudíes lo rechazan y dicen que MbS es inocente y que alguien se debió apropiar de su número de teléfono para cometer el desaguisado.

Como decía al principio, la reputación es frágil y se pierde con facilidad. Lo que pasa es que algunos se dedican a ello con entusiasmo. Al final, aquí no pasará nada. Como decía Séneca con cinismo, "bueno es tener fama, pero mejor es tener dinero". Y a este le sobra.

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