Alarma en el Nilo

Etiopía está construyendo un presa descomunal que puede alterar sustancialmente el régimen de crecidas de una vía de agua ya alterada por la contaminación y el calentamiento global

Foto: Decenas de personas hacen cola para coger provisiones de agua en un área de protección establecida por la misión de las Naciones Unidas en Sudán del Sur. (EFE)
Decenas de personas hacen cola para coger provisiones de agua en un área de protección establecida por la misión de las Naciones Unidas en Sudán del Sur. (EFE)
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Según un estudio reciente, el aumento de población (2.300 millones en 30 años) hará que en 2050 la demanda de alimentos crezca un 30%, la de energía un 40% y la de agua hasta un 50%, lo que hace prever mayor competencia por recursos siempre escasos. En el caso de los alimentos y del agua, la pugna puede ser incluso mayor en algunas zonas donde el cambio climático incida con mayor fuerza.

Un caso donde la lucha por el agua ha comenzado hace años es en Israel, cuya ocupación de las colinas del Golán sirio tiene que ver con razones de seguridad entendida en sentido amplio: la protección física del Mar de Tiberíades y también garantizar el control de las fuentes del río Jordán. Donald Trump, haciendo caso omiso del Derecho Internacional y de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, que Estados Unidos ha votado, ha reconocido la soberanía israelí sobre el Golán, al igual que su cacareado "Acuerdo del Siglo", presentado en pleno proceso de 'impeachment', le da por las mismas razones a Israel la soberanía del Valle del Jordán y de paso también le entrega los asentamientos en Cisjordania donde viven 400.000 colonos, instalados en las zonas más fértiles.

El agua está, pues, en el centro de la lucha por recursos que cada vez serán más escasos. Las Naciones Unidas estiman que hoy una de cada tres personas (2.200 millones en todo el mundo) no tiene acceso a fuentes seguras de agua potable y que en 2030 la mitad de la población mundial vivirá en zonas con escasez de agua, una situación que será particularmente grave en las zonas rurales de África (Sahel, Cuerno de África, África tropical), Oriente Medio (Afganistàn, Yemen, Tayikistán) y del sudeste asiático (Camboya, Miammar...). Los años secos serán más severos, más frecuentes y más calientes y desgraciadamente la deforestación de los dos principales pulmones verdes del planeta, la Amazonia y el bosque tropical del Congo, solo contribuirá a agravar el problema.

Pero si hay un lugar en el mundo donde la situación es explosiva a corto plazo y amenaza con desbordarse es en el Alto Nilo, a 2.000 kilómetros de su desembocadura, donde Etiopía está construyendo un presa descomunal que puede alterar sustancialmente el régimen de crecidas de una vía de agua ya alterada por la contaminación y el calentamiento global, de cuya subsistencia depende la de 100 millones de egipcios (su población crece al asombroso ritmo de medio millón por año) pues con razón se ha dicho que Egipto no existiría sin el Nilo. Enfrente se colocan los cien millones de etíopes que han convertido la construcción de esta presa, iniciada en 2011 cuando la Primavera Árabe derribaba a Mubarak en El Cairo, en una cuestión de prestigio y de enorme importancia económica porque dará electricidad a millares de hogares que hoy no tienen, permitirá vender el excedente a otros países y además podrá convertir en un vergel a medio Sudán. La presa reafirmará así la consideración de Etiopía como la potencia regional emergente.

Las fuentes del Nilo Azul fueron 'descubiertas' por el jesuita Pedro Páez en 1618 (como recuerda una placa colocada por la embajada de España) a pesar de que el inglés James Burton se quisiera colgar la medalla 150 años más tarde. Su caudal se une en Jartúm con el Nilo Blanco y juntos alcanzan el Mediterráneo casi 7.000 km después de su nacimiento. Egipto ha dominado el Nilo desde siempre pues de él ha dependido su subsistencia. Los faraones hacían expediciones hacia Nubia y se hacían sacrificios al dios Hapi que aseguraba las crecidas anuales. Nasser hizo la presa de Asuán en 1970 (y agradeció la ayuda española con el regalo del templo de Debod) que regularizó su flujo y transformó la agricultura egipcia. Pero esto puede acabar si los etíopes cierran ahora el grifo río arriba y por eso ya Anwar el-Sadat amenazó en 1978 al etíope Mengistu Haile Mariam con atacarle si continuaba con el proyecto que entonces tenía de construir varias presas pequeñas en el Nilo Azul.

Hoy el peligro es mayor porque la presa es gigantesca, va a costar 4.500 millones de dólares, su depósito es al parecer tan grande como la ciudad de Londres, y el Cairo teme que si los etíopes lo llenan en cuatro años, como quieren, deje seco el caudal del Nilo matando de sed a Egipto y por eso pretenden que el llenado se haga despacio, a lo largo de no menos de doce años, para que el impacto sea menor.

El depuesto presidente egipcio Mursi consideró la posibilidad de bombardear las obras cuando acababan de comenzar y su sucesor Al-Sisi, al que una vez Donald Trump ha llamado "mi dictador favorito" y que no puede permitirse parecer débil en un asunto de este calado, ya ha advertido de que "el Nilo es nuestra vida, un asunto existencial para Egipto". El primer ministro etíope Abiy, flamante Nobel de la Paz tras hacerla con Eritrea, cree que El Cairo exagera, que "nada impedirá" la terminación de la "Gran Presa del Renacimiento Etíope" y que, en todo caso, si hay que luchar "hay millones (de etíopes) dispuestos" a hacerlo. También acusa a Egipto de enviar armas a su enemigo Sudán del Sur y de organizar protestas y manifestaciones dentro de la propia Etiopía.

El ambiente se calienta a medida que nos acercamos a julio de este año, cuando empezarán a funcionar las dos primeras turbinas y por eso los Estados Unidos tratan de mediar y han convocado a las partes a una reunión este jueves en Washington. El asunto es serio.

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