Fragilidad

Si somos frágiles en Europa, piensen en zonas de América Latina o de África, con escasos medios. No nos equivoquemos, nosotros no estaremos a salvo hasta que ellos también lo estén

Foto: Sanitarios y pacientes, en un autobús, trasladados al hospital de campaña frente al Gregorio Marañón, en Madrid. (EFE)
Sanitarios y pacientes, en un autobús, trasladados al hospital de campaña frente al Gregorio Marañón, en Madrid. (EFE)
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Chou En-Lai creía que era pronto para evaluar los efectos de la Revolución francesa, y con más razón ocurre lo mismo con una pandemia que todavía no ha alcanzado su pico de actividad. Podemos estar ante un cisne negro en forma de problema inicialmente sanitario que da lugar a otro de carácter económico y que desemboca finalmente en graves consecuencias sociales. De momento, ha puesto de relieve nuestra enorme fragilidad.

Somos frágiles. El 'depredador triunfante' que ha esclavizado al resto de animales y plantas del planeta es arrinconado por un enemigo minúsculo e invisible que nos hace refugiarnos en casa, parapetándonos tras puertas y ventanas cerradas a cal y canto. La moda imperante nos quiere jóvenes, guapos y sanos, nos creemos eternos y no lo somos, como nos recuerdan los virus y los miedos que campan por sus respetos en un mundo globalizado, que no distinguen entre blancos y negros o ricos y pobres, unos virus que no necesitan visados y que no se detienen en las fronteras, poniendo de relieve lo mal equipados que estamos para combatirlos, mientras tanteamos respuestas tardías, dispersas y diferentes al grito de sálvese quien pueda, cuando en esto estamos todos juntos.

Por vez primera en la Historia, un alto porcentaje de la Humanidad está confinado. Si somos frágiles en Europa, donde tenemos sociedades de bienestar avanzadas, piensen en la situación de América Latina o de África, con escasos medios para defenderse, o en los que se hacinan en campos de refugiados en Siria o en tantos otros lugares... No nos equivoquemos, nosotros no estaremos a salvo hasta que ellos también lo estén.

Es frágil el ecosistema que nos sustenta y que cargamos de gases de efecto invernadero. El pasado enero, ha sido el mes de enero más cálido de los últimos 144 años, y cada vez son más frecuentes los fenómenos extremos en forma de incendios pavorosos o de inundaciones terribles. Parece como si las civilizaciones tendieran a autodestruirse cuando alcanzan un determinado grado de desarrollo, como les ocurrió a los mayas o a los jemeres de Angkor Vat, y de forma parecida a esos electrodomésticos que vienen de fábrica con obsolescencia programada para que siga girando la rueda del consumo.

Parece como si las civilizaciones tendieran a autodestruirse cuando alcanzan un determinado grado de desarrollo

La diferencia es que los destrozos pueden ser irreversibles y no tenemos plan B para salvar al 'pálido punto azul' perdido en la negrura del cosmos del que hablaba Carl Sagan. No olvidemos que la mala calidad del aire también produce miles de muertes al año en el mundo, aunque de ellas se hable menos que de las del Covid-19. Y el problema es que tras la pandemia y la recesión global que se anuncia, a los Estados les quedará mucho menos dinero para combatir el cambio climático cuando, además, el bajo precio del petróleo disminuye el atractivo de las fuentes de energía renovable.

Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, en La Guaira, Caracas (Venezuela). (EFE)
Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, en La Guaira, Caracas (Venezuela). (EFE)

Es frágil la globalización. La pandemia es global, pero no ha encontrado una respuesta conjunta porque no existe una autoridad mundial que la enfrente, y porque los ciudadanos asustados no piden ayuda a las Naciones Unidas o a la OMS sino a sus gobiernos y a sus sistemas de Salud, mientras se cierran fronteras y los vuelos se cancelan. Y las respuestas locales son insuficientes ante retos globales, porque esta no es una pelea de países sino de supervivencia de la especie.

En ausencia de un Gobierno mundial, hemos recurrido durante años a normas de general aceptación y a organismos internacionales para resolver las disputas, pero el resurgir del nacionalismo ha arrinconado a unas y a otros, como muestra el caso de la OMC, mientras crecen el proteccionismo y las guerras comerciales. Quien pensara que el Estado-nación estaba muerto tiene que hacérselo mirar. Hay una contradicción evidente entre la solidaridad global y el aislamiento nacionalista. El tribalismo cateto sigue vivo y se acentúa en los momentos de peligro.

Es frágil la Unión Europea, que se hizo para evitar guerras y no se entera de que estamos en una; falta liderazgo y falta solidaridad regional, porque no parece capaz de ofrecer una ayuda decidida en estos momentos difíciles por falta de medios coercitivos y de voluntad política, al margen de que su presupuesto es solo el 1% de los nacionales de los Veintisiete. Europa está fracasando frente a Asia (Corea del Sur, Taiwán, Singapur, Japón) en la lucha contra la pandemia.

La pandemia es global, pero no ha encontrado una respuesta conjunta porque no existe una autoridad mundial que la enfrente

Es un asunto de valores (más aceptación allí de la autoridad y de la invasión de privacidad), pero eso no es excusa para no enfrentar con energía nuestras tradicionales divisiones norte-sur y actuar como un bloque unido. El resultado del reciente Consejo Europeo es decepcionante, como ha reconocido Ursula von der Leyen. Sobra mezquindad y quizá también algo de racismo camuflado en la superioridad calvinista y talibana con la que algunos países miran a otros. La idea de un nuevo plan Marshall —con bonos, mutualización de deuda, planes económicos expansivos y lo que haga falta que nos proteja y que ayude a nuestras maltrechas economías a remontar la crisis sin los errores de 2008— podría reforzar nuestra unión evitando que en el futuro crezcan los euroescépticos y los partidos radicales y populistas. De otra forma, será inevitable que eso ocurra y la UE como proyecto de futuro saldrá muy tocada de la crisis.

El distrito financiero de Lujiazui en Shanghái, China. (Reuters)
El distrito financiero de Lujiazui en Shanghái, China. (Reuters)

Es frágil la geopolítica heredera de los acuerdos que pusieron fin a la II Guerra Mundial. Esta es la primera crisis de envergadura en la que no hay liderazgo norteamericano y eso lo está aprovechando China para tratar de enmendar los yerros iniciales provocados por la represión, el miedo y la opacidad propios de un sistema autoritario, que tan caros nos han costado al retrasar la identificación de la pandemia, para presumir de eficacia en la lucha posterior y para lavar su cara enviando ayuda médica al mundo en una nueva 'ruta sanitaria de la seda' convertida en inmenso aparato de propaganda. La penosa disputa entre americanos y chinos culpándose mutuamente de estar detrás de la enfermedad es sonrojante, y en función de cómo evolucione la situación en los próximos meses, puede acentuar la tendencia iniciada ya antes de la crisis en favor de un mayor peso geopolítico de China, en una especie de reordenamiento similar al que se produjo tras la gran catástrofe que fue la II Guerra Mundial. No se olvide que la Historia la escriben siempre los vencedores.

Es frágil la geopolítica heredera de los acuerdos que pusieron fin a la II Guerra Mundial. La falta de liderazgo de EEUU la está aprovechando China

Es frágil el capitalismo basado en la división internacional del trabajo, que ya propugnaba Adam Smith, y en la búsqueda del beneficio por encima de todo. La pandemia que ha interrumpido las cadenas globales de suministros (la pugna chino-norteamericana y el 'decoupling' solo agravan el problema) ha puesto de relieve los defectos de la especialización y de una excesiva dependencia, así como la necesidad de atender a la sostenibilidad, al justo reparto de beneficios, a la creación de valor para los clientes, a invertir en los empleados, a fomentar la diversidad y la inclusión, y al cuidado del medio ambiente por encima de la ganancia pura y dura. La crisis ha puesto en primer plano la responsabilidad social de la empresa, que tiene que sobrevivir y proteger al mismo tiempo a sus empleados. No es tarea fácil y el propio sistema capitalista se ve así puesto en cuestión.

En fin, también es frágil la economía, que tras la crisis de 2008 ve asomar otra recesión con aumentos desconocidos del desempleo; es frágil la verdad, en forma de bulos que estos días se multiplican por las redes sociales —y algunos son muy dañinos, como el de esos supremacistas estadounidenses que culpan a los judíos de la pandemia, en una estúpida búsqueda de culpables que recuerda los pogromos medievales—, y es lamentablemente frágil entre nosotros la dignidad de algunos nacionalistas que pretenden hacer avanzar sus agendas pueblerinas aprovechándose de la tragedia, sin que tengamos vacuna contra el fanatismo y la bajeza moral.

Un cartel del presidente chino, Xi Jinping, en una calle de Shanghái, China. (Reuters)
Un cartel del presidente chino, Xi Jinping, en una calle de Shanghái, China. (Reuters)

Pero que seamos frágiles no quiere decir que seamos débiles. Las hemos visto de todos los colores y saldremos también de esta, como hemos salido de otras peores a lo largo de nuestra larga historia, y saldremos mejores de lo que éramos cuando empezó la pandemia si buceamos en nuestra humanidad, si comprendemos que además de derechos tenemos deberes, nos hacemos más solidarios y aprendemos de esta terrible experiencia para cuando tengamos que enfrentar otra más mortífera, que sin duda algún día llegará.

La vida o la muerte no están en nuestras manos, pero sí lo están cosas tan diferentes como la cooperación internacional, la salud del planeta, el futuro de la Unión Europa o la dignidad. No valen excusas.

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