Bielorrusia: vodka contra el virus
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Jorge Dezcallar

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Bielorrusia: vodka contra el virus

Lukashenko forma parte de ese grupo de líderes políticos de pelajes diferentes desde Trump a Bolsonaro unidos por su tenacidad en rechazar la gravedad de la pandemia del coronavirus

placeholder Foto: La oposición bielorrusa llama a una huelga nacional. (EFE)
La oposición bielorrusa llama a una huelga nacional. (EFE)

Es la receta que ofrece el presidente bielorruso, Víctor Lukashenko, para combatir el covid-19. No es fácil predecir cómo acabará la crisis que se ha abierto en Bielorrusia cuando la gente se ha lanzado a la calle para protestar pacíficamente contra lo que consideran un robo de las últimas elecciones, que el actual presidente se ha otorgado con más del 80% de los votos, algo que por otra parte viene haciendo desde que tomó el poder en 1994 tras la implosión de la Unión Soviética, contra cuya disolución —por cierto— votó.

Lukashenko es un viejo comunista conocido como el 'último dictador de Europa' y forma parte de ese grupo de líderes políticos de pelajes diferentes desde Trump a Bolsonaro unidos por su tenacidad en rechazar la gravedad de la pandemia del coronavirus y en tomar las medidas oportunas. En su caso, recomienda combatirla bebiendo vodka, asistiendo sin mascarilla a partidos de hockey y conduciendo tractores. Al menos, no se podrá decir que no es original.

Foto: Manifestantes en Praga contra Alexander Lukashenko. (Reuters)

Pero cuando menos se lo esperaba en un país que ha manejado con mano de hierro y en el que las manifestaciones están prohibidas, sus conciudadanos se han lanzado a la calle para decir ¡basta ya! de forma pacífica pero firme. Y Lukashenko ha reaccionado con miedo y ha lanzado a las fuerzas del orden para disolver por la fuerza las protestas. Ya ha habido algunos muertos, muchos heridos y muchos detenidos. Represión y tortura. La líder opositora, Svetlana Tikhanóvskaya, que es la aparente ganadora de los comicios, ha huido a la vecina Lituania tras recibir amenazas contra sus hijos y su marido, que está en prisión, y la premio Nobel de Literatura Svetlana Alekséievich ha reconocido con sinceridad que “nuestra sociedad civil no tiene aún las fuerzas necesarias para lograr la democracia”. Mientras Lukashenko ha reunido a sus jefes militares y policiales, que por ahora le son fieles, y ha sacado el espantajo habitual en estas situaciones de que todo lo que pasa es obra de infiltrados extranjeros y de que hay amenazas sobre sus fronteras que exigen movilizar a las tropas, y otras sandeces por el estilo.

Nadie amenaza a Bielorrusia. EEUU está centrado estos días en sus convenciones electorales en preparación del próximo 3 de noviembre, y la Unión Europea se ha limitado a decir que las elecciones no han sido ni limpias ni libres y que no reconoce el triunfo del dictador, pero, salvo que ocurra algo muy grave, no irá más allá porque ya impone sanciones a Bielorrusia y porque ningún europeo está dispuesto a asumir riesgos excesivos por ese país. De forma que, poco a poco, Lukashenko podría ir recobrando el control a base de mano dura y seguir dando lustre a su título de 'último dictador de Europa'. O no.

Continúa la incertidumbre sobre el futuro de Bielorrusia

Es tentador, pero falso, hacer semejanzas entre lo que ahora sucede en Bielorrusia y la revuelta del Maidan en Ucrania, que se llevó por delante al presidente Yanukovich en 2014, porque se trata de situaciones muy diferentes. Ucrania no es un país homogéneo como Bielorrusia, en Ucrania la mitad de la población es católica y habla ucraniano y la otra mitad es ortodoxa y habla ruso, y eso facilitó la intervención rusa en la región oriental y la anexión de Crimea. En cambio, los bielorrusos hablan mayoritariamente ruso y solo recientemente han comenzado a reivindicar su propio idioma.

En segundo lugar, en Ucrania había un objetivo tras las protestas, que era el deseo de salir de la esfera de influencia rusa para acercarse a la Unión Europea e incluso a la OTAN, lo que suponía cruzar líneas rojas que Moscú no estaba dispuesta a aceptar. En cambio, en Bielorrusia no hay un objetivo estratégico y las protestas populares se limitan a expresar cansancio ante la desfachatez de su dictador, pero no pretenden alejar el país de Rusia ni aproximarse a la UE. Los bielorrusos nunca han tenido libertad o democracia, y en consecuencia no echan de menos lo que no conocen. En tercer lugar y muy importante, Putin no puede permitir una manifestación que en nombre de la libertad se lleve por delante el poder constituido en Bielorrusia. Es un ejemplo inaceptable en un país que está demasiado cerca de Moscú.

Foto: Vladimir Putin. (Reuters)

Por eso, lo que está pasando en Bielorrusia no se puede comprender sin tener en cuenta los intereses de Moscú, porque el ganador (o el perdedor) puede acabar siendo Putin, que siempre ha dicho que la mayor tragedia del siglo XX ha sido la desaparición de la URSS, y que desde el Tratado de 1999 entre ambos países no oculta su deseo de avanzar hacia una fusión en la que la identidad bielorrusa se funda con el alma rusa dominante. Las cartas están en su mano.

Puede que Putin responda positivamente a la angustiosa petición de ayuda de Lukashenko y acuda a socorrerle —con mayor o menor disimulo—, porque le interesa un líder débil en Minsk, alguien enemistado con su propio pueblo, aislado de Occidente, sometido a sanciones y ostracismo internacional, y que dependa de él para doblarle el brazo sin problemas cuando lo necesite. Y ese líder puede ser perfectamente Lukashenko. O no, si Putin ve que las protestas no amainan y el rescate se le encarece, porque entonces podría dejarle caer para sustituirlo por alguien de su entorno que resulte más aceptable para la población, alguien que le deba el poder y que resulte maleable. Pero haga lo que haga, ayude o no a Lukashenko, Putin no hará lo mejor para los bielorrusos sino lo que crea que es mejor para Rusia y para él.

Desde el Tratado de 1999, Putin no oculta su deseo de avanzar hacia una fusión en la que la identidad bielorrusa se funda con el alma rusa dominante

Su objetivo es recuperar para Rusia el peso y la influencia internacionales que un día tuvo la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, y para lograrlo está dispuesto a aceptar sacrificios, porque sabe que esa política nacionalista es apoyada por buena parte de la población, que acogió con entusiasmo la anexión de Crimea. Con Putin, Rusia, esa “potencia regional” a la que se refería Obama con menosprecio, está peleando por encima de su peso y los acontecimientos actuales de Bielorrusia le ofrecen una baza que Moscú procurará no dejar pasar.

Es la receta que ofrece el presidente bielorruso, Víctor Lukashenko, para combatir el covid-19. No es fácil predecir cómo acabará la crisis que se ha abierto en Bielorrusia cuando la gente se ha lanzado a la calle para protestar pacíficamente contra lo que consideran un robo de las últimas elecciones, que el actual presidente se ha otorgado con más del 80% de los votos, algo que por otra parte viene haciendo desde que tomó el poder en 1994 tras la implosión de la Unión Soviética, contra cuya disolución —por cierto— votó.

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