Tres bombas de relojería
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Jorge Dezcallar

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Tres bombas de relojería

Conflictos como el de Cachemira, el de Nagorno Karabaj y el de chinos demócratas y chinos comunistas son como una olla a presión que se va calentando

placeholder Foto: Protesta de franco-armenios en París, el pasado octubre. (EFE)
Protesta de franco-armenios en París, el pasado octubre. (EFE)

Son como una olla a presión que se va calentando y cuando comienza a hervir se abre la espita y sale el exceso de vapor evitando el estallido del invento. Así, una y otra vez, hasta que la presión sube demasiado deprisa, o la espita se obstruye, o un niño manipula la olla, que todo puede suceder, y entonces salta por los aires y destroza la cocina. Me refiero a los conflictos de Cachemira entre la India, Pakistán y China; el de Nagorno Karabaj entre Armenia y Azerbaiyán, con injerencias de Rusia y Turquía, y el de Taiwán entre chinos comunistas y chinos demócratas con tutela de los Estados Unidos.

No son los únicos, porque también preocupan el que enfrenta Irán con los Estados Unidos jaleados por Israel y las petromonarquías del Golfo, donde la tensión sube estos días tras el asesinato del principal científico nuclear iraní, y el de Corea del Norte, que ahora parece más tranquilo, pero que se halla en el mismo centro de un vértice donde se encuentran Rusia, China y los Estados Unidos, mientras pierde fuelle el inveterado conflicto entre israelíes y palestinos, que han perdido su derecho de veto una vez que la diplomacia israelí, con apoyo de los EEUU de Donald Trump, acaba de apuntarse el tanto de disociarlo de las relaciones entre Israel y el mundo árabe.

Foto: Imagen de Martín Sánchez en Unsplash. Opinión
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Nagorno Karabaj es un problema nacido tras el desmembramiento del Imperio otomano, cuando Armenia y Azerbaiyán pasaron a depender de Moscú. Stalin creó entonces un enclave armenio cristiano en el corazón de Azerbaiyán, que es un país musulmán chií. Mientras ambos eran parte de la URSS, no hubo problemas, pero, cuando esta desapareció, llegó la independencia de los dos países y con ella la guerra en que Azerbaiyán se llevó la peor parte, hasta que Moscú logró imponer en 1994 un frágil acuerdo que no se ha cumplido. Estos días, el conflicto ha reverdecido con muchas víctimas y con la derrota de las fuerzas de Armenia, porque Azerbaiyán ha dedicado los últimos años parte del mucho dinero que recibe de la venta de petróleo en armas modernas y sofisticadas, y, además, ha contado con la flagrante intervención de Turquía en su favor.

placeholder El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan. (EFE)
El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan. (EFE)

No solo es que Erdogan quiera aparecer como campeón de los musulmanes oprimidos, sino que Turquía comparte vínculos étnicos con Azerbaiyán, mientras que su relación con Armenia es muy mala desde el genocidio de 1915. Ankara ha enviado mercenarios —sirios— a luchar por Azerbaiyán y los armenios denuncian que ha ido más allá y que un avión turco derribó uno propio. Y, mientras Irán mira receloso lo que ocurre junto a su frontera, Moscú ha logrado imponer un acuerdo de paz respaldado con 2.000 soldados rusos que permanecerán cinco años sobre el terreno y que consagra la victoria azerí, que recupera territorios perdidos en la última guerra y que prepara así la próxima. Porque los armenios derrotados, que han quemado las casas que se han visto obligados a abandonar antes de permitir que caigan en manos azeríes, ya han anunciado deseos de revancha y es solo cuestión de tiempo que vuelvan a sonar los tiros por aquellas montañas.

Foto: Tumbas de caídos durante el conflicto de Nagorno-Karabaj en Stepanakert. (Reuters)

El conflicto de Cachemira (siete millones de habitantes) es otra bomba de relojería. Cuando el Reino Unido dio la independencia a la India en 1947, dejó detrás de sí otro desastre como Palestina o África del Sur. Solo que mucho más grande. Tras una guerra cruenta, 200 millones de musulmanes se separaron de la India y crearon Pakistán, mientras que la región de Cachemira-Jammu, de mayoría musulmana, optaba por seguir como Estado independiente.

Pakistán no aceptó esta decisión e invadió Cachemira, haciendo que Cachemira pidiera ayuda a la India, en la que posteriormente decidió integrarse con un estatuto especial recogido en el artículo 370 de la Constitución. Pakistán, disconforme, ha hecho cuatro guerras sin éxito contra la India por este motivo. Hoy, el 55% de Cachemira está bajo control indio, un 30% de Pakistán y el otro 15% bajo dominio chino. La última vez que hubo tiros entre la India y Pakistán fue el año pasado, cuando Nueva Delhi, bajo la batuta del primer ministro nacionalista, Narendra Modi, decidió de forma unilateral poner fin a ese estatuto de autonomía y absorber Cachemira dentro de la India, y la novedad este año ha sido que los problemas no se han dado entre la India y Pakistán sino ente la India y China, por cuestiones de fronteras en las alturas gélidas y peladas de los Himalayas.

placeholder Protesta contra el primer ministro indio, Narendra Modi. (EFE)
Protesta contra el primer ministro indio, Narendra Modi. (EFE)

En las escaramuzas, han muerto una veintena de soldados indios a garrotazos, porque ambos países han excluido las armas de fuego de esa zona. Se ignora si ha habido víctimas chinas, porque ya se sabe que el régimen de Beijing no es precisamente partidario de la libertad de prensa. Un problema irresuelto que afecta a tres potencias dirigidas por líderes nacionalistas y que tienen armas nucleares no es algo a tomarse a broma. Aunque en ocasiones peleen a garrotazos, como en el cuadro de Goya.

Y así llegamos al conflicto latente de Taiwán, que quizá sea hoy el potencialmente más grave, porque podría desencadenar una guerra entre los Estados Unidos y China. Cuando los comunistas de Mao Zedong ganaron la guerra a los nacionalistas de Chang Kai-shek, estos se refugiaron en la isla de Taiwán bajo la protección de los Estados Unidos.

Si Washington dejara caer Taiwán, enviaría a sus aliados en Asia el mensaje de que es un socio todavía menos fiable que con Trump

Tras la diplomacia del ping-pong del dúo Nixon-Kissinger, en 1979, Washington estableció relaciones diplomáticas con Beijing y aceptó la doctrina de 'una sola China', pero el Congreso norteamericano compensó este reconocimiento con la aprobación de la Taiwan Relations Act, que protege la democracia en la isla y establece que solo se aceptarán cambios en su estatus que estén acordados libremente entre China y Taiwán. Eso significa en román paladino que Estados Unidos no reconocerá a Taiwán como Estado independiente, pero que lo defenderá frente a una agresión china.

Foto: Féretro del científico Mohsen Fajrizadé en Rián. (Reuters)

Esta fórmula ha funcionado durante mucho tiempo, pero se ve en peligro ahora por cinco razones al menos: porque China desprecia la democracia americana, la considera débil y piensa que no quiere ni tiene fuerza interna para meterse en más guerras; porque Xi Jinping ha abandonado la prudencia de Deng Xiao-Ping, optando por una política agresiva en el Mar del Sur de China, en Hong-Kong, en Xinjiang, y con la misma India; porque Taiwán dificulta la salida de la flota de Beijing hacia el océano Pacífico; porque el reciente rearme chino ha borrado la superioridad militar norteamericana en su entorno geográfico inmediato, y, finalmente, porque Xi se prepara para celebrar el centenario de la revolución comunista en 1949 y quiere hacerlo con el as en la manga de la integración de Taiwán en la madre patria. Por eso China acaba de sancionar a empresas norteamericanas que venden armas a Taiwán.

Si Washington dejara caer Taiwán, enviaría a sus aliados en Asia —Japón, Corea del Sur, Australia, la India...— el mensaje de que es un socio todavía menos fiable de lo que ha sido durante los cuatro años de Donald Trump y se derrumbaría la estructura que hoy por hoy todavía contiene, aunque cada vez menos, la expansión de China en el área del Indopacífico. Ese es el valor y el riesgo que representa Taiwán.

Son como una olla a presión que se va calentando y cuando comienza a hervir se abre la espita y sale el exceso de vapor evitando el estallido del invento. Así, una y otra vez, hasta que la presión sube demasiado deprisa, o la espita se obstruye, o un niño manipula la olla, que todo puede suceder, y entonces salta por los aires y destroza la cocina. Me refiero a los conflictos de Cachemira entre la India, Pakistán y China; el de Nagorno Karabaj entre Armenia y Azerbaiyán, con injerencias de Rusia y Turquía, y el de Taiwán entre chinos comunistas y chinos demócratas con tutela de los Estados Unidos.

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