La ofensa

Hoy es el día en que me voy a granjear varias enemistades entre mis amigos. Y todo a cuenta de un libro cuyo título no citaré

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    Hoy es el día en que me voy a granjear varias enemistades entre mis amigos. Y todo a cuenta de un libro cuyo título no citaré para no hacerle propaganda gratuita. No me gusta hablar de libros que no he leído, pero en esta ocasión pido dispensa: carezco de tragaderas para enfrentarme a un texto que, partiendo de la premisa de que la homosexualidad es una enfermedad, ofrece un método para curarla (Dios y tal).

    Más que la majadería del autor, me llama la atención el mecanismo de la ofensa en nuestra sociedad hiperconectada. El volcán de Twitter entró en erupción, arremetiendo contra las librerías que tenían ejemplares a la venta y, con la ayuda de una campaña en Actuable, en poco tiempo El Corte Inglés anunció que lo retiraba de su tienda virtual. Por suerte, la rectificación no conlleva ningún compromiso de no vender nunca más libros de lunáticos: tiemblo al imaginar que el jefe de planta de El Corte Inglés decida qué contenidos pueden ser leídos por el pobre pueblo ignorante.

    La rectificación restaura la reputación amenazada de unos grandes almacenes y resarce a los ofendidos. En una primera interpretación del acontecimiento,  aparecen como vencedores los gays cuyo honor había sido mancillado. El ofensor resulta castigado con la expulsión del paraíso del mercado, en el caso de que la campaña no haya contribuido a agotar la edición.

    Sin embargo, esa aparente victoria se me antoja una derrota. En primer lugar, porque creo que ofenderse casi siempre lo es. En una sociedad abierta, donde las ideas se intercambian libremente, uno encuentra motivos para ofenderse varias veces al día. Resulta incómodo, no lo niego, pero basta con desarrollar el hábito de desofenderse, lo que se logra exponiéndose a ideas contrarias, incluso extremas. Con ellas se desarrolla realmente la tolerancia, que no consiste en aceptar ideas parecidas a las nuestras, sino justamente aquellas que nos resultan abominables.

    Aún peor resulta ofenderse cuando la tesis del ofensor sólo merece que le dediquemos cierta lástima intelectual. Y a otra cosa. Por lo que se ha publicado en la prensa, el autor del libro en cuestión bebe de los prejuicios religiosos de siempre contra la homosexualidad. Se trata de algo muy viejo, aunque revestido de las dosis de cientifismo exigidas por la sociedad racional. Resulta demasiado evidente que la ciencia no consiste en presentar los datos que prueban nuestras ideas preconcebidas, sino en aceptar los hechos, incluso aquellos que desbaratan prejuicios y supersticiones.

    Los derechos de la sociedad libre

    Un tipo que eleva su particular represión de la homosexualidad a tratamiento médico no puede haber alumbrado un texto que resista un análisis riguroso. En el mejor de los casos, ha hecho un ejercicio de “autohomofobia compasiva”. Por eso, pedir la retirada es una derrota. Resultaba fácil desbaratar sus pobres y obsoletos desvaríos, y sin embargo, al propiciar la semiclandestinidad da la impresión contraria: era un libro sólido, fundado, y como no pudimos oponerle razones, lo hicimos desaparecer. ¿Tan escasa confianza tenemos en las razones que nos llevan a defender la libertad sexual? ¿No es mejor que los ridículos se desacrediten por sí mismos?

    Hasta la gente más penosa tiene derecho a escribir un alegato en defensa de sus prejuicios –que no debe confundirse con darles una relevancia mediática inmerecida (véase el caso de Sostres en El Mundo)-. Hasta el editor más reaccionario tiene derecho a publicarlo. Y hasta El Corte Inglés, a venderlo. Por supuesto, también los gays están en su derecho de organizar una campaña. Son todos esos derechos los que conforman una sociedad libre digna de tal nombre. Pero no hablo del derecho. Me pregunto si la ofensa es la respuesta intelectual que necesitamos para defender causas tan nobles como el respeto a la vida sexual de cada cual o la igualdad de los homosexuales.

    Palabras en el Quicio