Europa se reivindica frente a los poderes abusivos

El paquidermo comunitario se ha movido al fin para poner coto a la deriva autoritaria del primer ministro húngaro y éste ha sentido cerca su pisada,

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    El paquidermo comunitario se ha movido al fin para poner coto a la deriva autoritaria del primer ministro húngaro y éste ha sentido cerca su pisada, lenta pero amenazante. Consciente de que la apertura de un expediente puede llevar a su país ante el Tribunal de Justicia de la UE e incluso a la suspensión del voto, Victor Orbán anunció ayer en el Europarlamento su voluntad de rectificar la legislación que contradice el acervo comunitario.

    Ya el año pasado, Hungría aprobó legislación contraria a la libertad de expresión sirviéndose de una apabullante mayoría de su partido, el conservador Fidesz. Con dos tercios de la Cámara bajo su bota, Orbán no ha encontrado hasta ahora ningún obstáculo para mermar la independencia de otros poderes e imponer en la Constitución y las leyes de su país su particular visión del mundo, racista y nacionalista a ultranza. Una joya, vamos.

    La UE es un club cuyos estándares democráticos permiten plantear elevadas exigencias a los países que quieren sumarse. Sin embargo, tiene enormes dificultades para actuar cuando los gobernantes de países ya miembros erosionan la democracia

    Al reaccionar al desafío planteado por el primer ministro húngaro, la Unión Europea no sólo defiende a los ciudadanos de Hungría, sino que también se reivindica a sí misma, algo muy gratificante en estos tiempos de encanijamiento europeo. La UE es un club cuyos estándares democráticos permiten plantear elevadas exigencias a los países que quieren sumarse. Sin embargo, tiene enormes dificultades para actuar cuando los gobernantes de países ya miembros erosionan la democracia. La pertenencia al club otorga un marchamo democrático que invierte la carga de la prueba. Cuando se aspira a entrar, los gobernantes deben demostrar su inocencia. Cuando están dentro, son los demás quienes deben probar su culpabilidad antidemocrática. Sólo esto explica que las instituciones comunitarias hayan tolerado la actitud de Orbán demasiado tiempo.

    La Comisión habrá de seguir vigilando el cumplimiento de Hungría, pero tiene además la ocasión de aprender una buena lección. El hecho de que el primer ministro húngaro haya limado su beligerancia en cuanto se le ha abierto expediente muestra a las claras que estaba comprobando hasta dónde podía tensar la cuerda. Hubiera valido la pena que las instituciones comunitarias hubieran ofrecido resistencia mucho antes. Ojalá compensen la lentitud inicial con la firmeza que ahora resulta tan necesaria.

    Orbán ha incurrido en la vieja tentación de reducir la democracia al hito electoral. Controlado el poder Legislativo y el Ejecutivo, ha llevado a cabo el asalto de los medios, la judicatura, el Banco Central, la autoridad responsable de la protección de datos, es decir, todos los posibles contrapoderes internos. Acumulamos suficiente experiencia histórica como para saber que de forma muy democrática se puede acabar con la democracia, pues mediante el sufragio se pueden suprimir las libertades y la separación de poderes, así como el equilibrio entre estos y los controles mutuos.

    Con su actitud frente a Hungría, la UE despereza su flanco político, últimamente adormecido por las tribulaciones económicas y financieras. Sobre este particular, resultan clarificadoras las palabras del pensador Tzvetan Todorov quien, entrevistado ayer por La Vanguardia, criticaba el “nuevo orden que sustrae el poder a lo político para concentrarlo en las pocas manos que tienen el control de los mercados”. Cuando la política parece boquear, la crisis húngara ha dado a Europa la ocasión de recordar que la salvaguarda de los principios democráticos frente a cualquier poder ilegítimo o abusivo ha de seguir siendo la estrella polar que guíe al viejo continente.

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