De administrar los sueños a gestionar la pesadilla

Con los dos años de recesión por delante que nos pronostica el FMI, vamos a tener mucho tiempo para seguir reflexionando sobre la crisis: sus causas,

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    Con los dos años de recesión por delante que nos pronostica el FMI, vamos a tener mucho tiempo para seguir reflexionando sobre la crisis: sus causas, sus consecuencias; sus damnificados, sus beneficiarios; si ha fallado la economía o la política; si las leyes o los valores. Confío en que las elites del poder abandonen ya la idea de que podrán sortear la crisis sin tocar lo esencial, es decir, los mecanismos que les garantizan el poder. Siendo la naturaleza humana conservadora como es, si la crisis se hubiera enderezado en un par de años, los ciudadanos les hubieran permitido proseguir como hasta ahora, es decir, velando por su tinglado de intereses -partidistas, económicos y financieros-, acomodados a ser un fin en sí mismos y olvidados del interés general. La mayoría de la gente sólo siente el impulso de cambiar las cosas cuando tiene poco que perder; la posibilidad de romper con todo sólo resulta tentadora cuando se avecina la devastación.

    En estos tres años ha habido muchos cambios en la mentalidad de la ciudadanía. Uno de ellos concierne a la conciencia del dinero público: todos los proyectos que acometen los gobernantes se sufragan con nuestro dinero. Ahora parece mentira, pero algo tan obvio como eso no se dibujaba con claridad en el discurso público ni estaba interiorizado por las gentes. Precisamente esa falta de claridad permitía una visión benévola hacia el alcalde, el presidente autonómico o el ministro de turno, que también ha cambiado. Antes era el gran hombre que nos construía una red de aeropuertos o de universidades y nos representaba por el mundo; era el líder que nos prometía la sanidad universal, las becas generosas, proyectos que se inscribían en un marco de desarrollo y progreso para el país.

    Ya no hay esperanza, sino miedo. Porque al final de todas las medidas desagradables de los gobernantes no se atisba un horizonte resplandeciente sino la nada y porque mientras más prometen alcanzar la solución a través de la austeridad indiscriminada, más se agrava la situación económica

    En realidad, todo formaba parte de un malentendido, pues aquello que recibíamos era nuestro dinero, en forma de servicios. El gobernante tenía, no obstante, la facultad de inscribirlo en un proyecto común, una ambición mayor que él. Él era el gestor de nuestros sueños, en sus manos estaba la realización de la fantasía colectiva de alcanzar una sociedad ideal, cohesionada y libre.

    El peligro que acecha al político hoy es que ya no gestiona un sueño, sino una pesadilla. Ya no administra la promesa sino el golpe. Ya no siembra ilusión, reparte mandobles. Antes resultaba frecuente que un grupo social se resintiera si no sentía atendidas sus reivindicaciones: han olvidado a los pensionistas, se podía oír, o a los celíacos o a las madres solteras. Ahora el deseo más intenso es que te olviden, pues si te mencionan en la rueda de prensa del consejo de ministros, será para recortarte la pensión o subirte los impuestos.

    Ya no hay esperanza, sino miedo. Porque al final de todas las medidas desagradables de los gobernantes no se atisba un horizonte resplandeciente sino la nada y porque mientras más prometen alcanzar la solución a través de la austeridad indiscriminada, más se agrava la situación económica. Estamos luchando dentro de una oscura alcantarilla, llena de fango y detritus, sin que nadie se atreva a decirnos que en algún momento saldremos a la superficie y volverá a brillar el sol. Ya no hay promesa.

    Creemos habernos quedado sin dinero, estatus o empleo, pero hemos perdido algo mucho más importante: el futuro. Al menos, el futuro tal y como lo concebíamos hasta ahora, gestionado por los administradores de sueños. Ya no lo hacen, porque sólo fantasean con su propia preservación. Y tenemos dos opciones, obedecer resignadamente a quienes sólo nos prometen una pesadilla o prescindir de ellos y tomar las riendas de la política. Tenerles a ellos y carecer de futuro o tener futuro sin ellos. Ésa es la disyuntiva.

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