Cuando un periódico se quema

Había una campaña de prevención de incendios, allá por el siglo pasado, cuyo lema rezaba: “Cuando un monte se quema, algo tuyo se quema”. Me ha

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    Había una campaña de prevención de incendios, allá por el siglo pasado, cuyo lema rezaba: “Cuando un monte se quema, algo tuyo se quema”. Me ha venido a la memoria viendo las imágenes de los periodistas de El País en la Puerta del Sol, anteayer, clamando bajo sus paraguas contra el ERE que dejará diezmada la plantilla.

    No son los primeros. Las redacciones de los medios van convirtiéndose en tierra quemada, arrasadas por la triple crisis del periodismo: una es la general y otra la producida por las nuevas tecnologías de la información. La tercera es la institucional: los medios que han sustentado el esquema bipartidista entran en crisis al mismo tiempo que el régimen y por las mismas razones.

    Los viejos modos de razonar y de informar ya no son válidos. Los viejos abrazos a la causa de un partido ya no garantizan rentabilidades presentes ni futuras. Los viejos pactos del poder con los ciudadanos se han roto, y esto incluye también al cuarto poder. Y lo más revelador: los nuevos actores políticos no se sienten representados por ese periodismo, pero disponen de las redes sociales y los medios digitales.

    Los viejos modos de razonar y de informar ya no son válidos. Los viejos abrazos a la causa de un partido ya no garantizan rentabilidades presentes ni futuras. Los viejos pactos del poder con los ciudadanos se han roto, y esto incluye también al cuarto poder

    En el torrente de información, enterarse es fácil, comprender es mucho más difícil. El viejo periodismo no termina de explicarse ni de explicar, apenas logra lamentar su pérdida de influencia. Algunos chapotean intentando sobrevivir; otros se paralizan aturdidos, sin entender los acontecimientos: al fin y al cabo -se dicen- no hemos publicado la noticia de nuestra propia crisis, por tanto, no existe.

    Sin influencia y con magros ingresos, los malos gestores de antaño, empeñados en ser problema y solución -exactamente igual que el duopolio- sólo encuentran un camino: diezmar las plantillas y seguir pidiendo austeridad al sector público en todo salvo en las subvenciones a la prensa y las campañas publicitarias institucionales. Esos escándalos aún los tiene pendientes de destapar el periodismo de indignación.

    Se dice que el sector donde más empleos se han destruido durante la crisis -después de la construcción- es el de los medios. Una legión de periodistas vaga en busca de colaboraciones; de trabajo fijo ni hablamos. Los que se salvan de la criba y aún disfrutan del privilegio de ser explotados, ven su salario desplomarse, desaparecer en muchos casos. Sí, han leído bien: desaparecer. Que la Asociación de la Prensa haya tenido que llevar a cabo una campaña titulada “Gratis no trabajo”, lo dice todo: tiempos en los que hay que reivindicar lo obvio, noche cerrada.

    Quizá estemos a punto de ver destellos de luz, porque un periodista que sólo encuentra trabajo gratis lo tiene fácil para decidirse a hacer el periodismo en el que cree, aunque no sea rentable inicialmente. El abaratamiento de costes que proporciona el medio digital pone al alcance de cualquiera emprender un proyecto. De hecho, la aparición de nuevos medios en formato digital en los últimos tiempos permite alimentar esa esperanza, la de hacer periodismo por vocación, como hicieron siempre los viejos editores de periódicos. Para tener influencia y para que el negocio sea sostenible, pero sobre todo, para prestar un servicio a la sociedad. Esa es la vocación que quedó fagocitada durante los años felices. Se acercaron tanto al poder que ahora arden con él. Y fue tan evidente para tanta gente, que ahora se ha de explicar desde cero por qué el periodismo es imprescindible para la democracia. Por qué cuando un periódico se quema, algo tuyo se quema.

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