Arrancar la mala hierba

En tiempos convulsos, grandes giros de la historia se dan en un despacho. La crisis que vivimos es rotunda; el fallo del sistema, multiorgánico y hace

En tiempos convulsos, grandes giros de la historia se dan en un despacho. La crisis que vivimos es rotunda; el fallo del sistema, multiorgánico; y hace unos días descabezaron al juez Silva. Ahora destituyen a Pedrojota como director de El Mundo. Me dirán que disparato, que ninguno figurará en los libros de Historia, y es verdad. Pero se escribirá sobre el círculo vicioso de esta hora, que salían algunos a arrancar la mala hierba y volvían llenos de arañazos, con las manos vacías. Son endiosados imperfectos, han cometido errores, pero nadie puede negarles que marcharon de madrugada a campo abierto. El Gobierno y algunos grandes ladrones duermen hoy más tranquilos.

Atentos a la jugada. Nihil novum sub sole. No se está inventando nada nuevo. Lo dicen los manuales de politología: para erradicar la corrupción, aplíquese una abundante mezcla de jueces y prensa a partes iguales. Se identifica con rapidez al Gobierno que verdaderamente está dispuesto a acabar con los corruptos porque protege a los jueces y a la prensa. Aquí ya ven: a los jueces se les inhabilita o se les manda al fiscal a modo de infantería de la quinta columna. A los periodistas se les humilla no permitiendo preguntas, amañándolas o dando respuestas que insultan a la inteligencia más ñoña.

Todo triunfo político empieza en ese momento mágico y radical en que uno decide no creer el relato del poderQue la historia está llamando a las puertas lo observamos también en las dos ciudades de España: Madrid, Barcelona. Se alejan, pero no como las apariencias indican. Hay un Madrid ciudadano que elige identificar a los responsables y hacerse cargo de la política. Cuando comienzan los recortes y las privatizaciones de la Sanidad, ese Madrid moderno se pone la capa blanca y así, por encima de las pugnas partidistas, sale a la calle a defender lo de todos. Con persistencia y la seguridad de saber que la razón está de su parte. No se invocan fantasmas ni se celebran congresos de aquelarre, se señala al despacho. Llevan a los tribunales la privatización de la Sanidad porque creen en los mecanismos del sistema, y esto los hace aún más admirables: buscan agotar los cauces de contención del poder que el propio sistema tiene.

Por el contrario, Barcelona –diluida su impronta cosmopolita y europea tras 30 años de unanimismo nacionalista– se deja llevar fácilmente al siglo XIX. Ante las embestidas del poder autonómico contra la Sanidad, no articula respuesta ciudadana. Deja a la oligarquía local –que tanto se parece a la de Madrid– interpretar los hechos y construir el relato: hemos de cerrar quirófanos porque España nos roba, simplificando. Obsérvese que Madrid –contribuyente neta– podía haber esgrimido una fabricación similar. La culpa es de España, dice el payés. ¡Vámonos! El nacionalismo toca a rebato y los vecinos se congregan. Lo de menos es si el soberanismo convenció a todos; el hecho es que impidió que cuajara una interpretación ciudadana de los hechos. La oligarquía gobernante derivó las culpas y ningún vecino pidió la palabra para preguntar: ¿pero no lleva más de 30 años el Gobierno autonómico gestionando la Sanidad pública?

Los madrileños lo ven: recortes y privatizaciones constituyen la cumbre de las prácticas extractivas, el momento glorioso de los amigantes. Los catalanes, en cambio, no lo ven. Todo triunfo político empieza en ese momento mágico y radical en que uno decide no creer el relato del poder. Paradojas de la vida: ese Madrid escéptico, escaldado y ciudadano ha recuperado la soberanía. Salieron a arrancar la mala hierba y triunfaron. Díganles que me alegro como ellos. 

Palabras en el Quicio
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