Del Kremlin a la Generalitat

Como en Ucrania se empezó a hablar en seguida el lenguaje de la guerra, ha pasado bastante desapercibido el principal argumento político de Putin. El presidente

Como en Ucrania se empezó a hablar en seguida el lenguaje de la guerra, ha pasado bastante desapercibido el principal argumento político de Putin. El presidente ruso justifica la anexión de Crimea y su apoyo, más o menos explícito, a los separatistas de las regiones orientales, en tanto que Rusia debe defender a la población rusoparlante en cualquier lugar del mundo. Que los llamen “rusoparlantes” constituye todo un gesto hacia la realidad: en el fondo los considera sus súbditos, estén en Rusia, Bielorrusia o Kazajistán.

Simplón a primera vista, el argumento revela una concepción del mundo de consecuencias profundas. Y si se analiza a la luz del conflicto catalán, sugiere que después de haber tocado las altas cimas de Martin Luther King o Gandhi, el rastreator de líderes que maneja la Generalitat acabará dando como término de comparación preferente a Putin.

Simplón a primera vista, el argumento de Putin revela una concepción del mundo de consecuencias profundasLa idea de que los países y las lenguas se deban superponer en los mapas no sólo es falsa –y basta mirar un mapamundi para darse cuenta–, sino también absurda. Sin embargo, resulta enormemente intuitiva y, por ello, útil para nacionalismos de cualquier especie. En España, de hecho, la maneja desde hace décadas el nacionalismo catalán, que sostiene la necesidad de un Estado basado en la lengua catalana (en realidad no es ni la mitad de la población quienes la tienen como lengua materna, pero eso es harina de otro costal).

En la visión de Putin y de Artur Mas, España tendría legitimidad para anexionarse con carácter inmediato a casi toda América del Sur y Central. Con un poco más de tiempo, podríamos ver la posibilidad de quedarnos Texas y Nuevo México. De ahí bastaría un paso para estimular la partición de los Estados Unidos de América, según la lógica del nacionalismo etnolingüístico, pues EEUU es el segundo país del mundo con mayor número de hispanohablantes.

Puede sonar ridículo, sí; tanto como temible. Lo cierto es que Putin ha iniciado la escalada de un nacionalismo imperial muy halagador para los rusos. Otros soberanismos más pequeños no pueden acceder al momento expansivo, pero la visión del mundo subyacente es la misma. Cuando el nacionalismo legitima su discurso político exacerbando la diferencia entre la gente –diferencia de lengua, en este caso, llevada hasta el extremo–, la convierte en antagonismo, y entonces está dando rienda suelta a los peores demonios.

La idea de que los países y las lenguas se deban superponer en los mapas no sólo es falsa -y basta mirar un mapamundi para darse cuenta-, sino también absurdaEl presidente ruso está ejerciendo de auténtico maestro en el arte de atizar sentimientos para lograr que los ucranianos se enfrenten entre ellos. Al mismo tiempo, está removiendo en su propia población aquel lejano orgullo de los soviéticos que cuando iban por el mundo sabían que se medían con América, ¡nada menos! En pocos años el orgullo nacional ruso perdió muchos puestos en el ranking mundial y, como el régimen fue sustituido por una oligarquía corrupta, los posibles beneficios de una verdadera democracia no se han hecho visibles para la gente. Hasta tal punto que quizá ahora muchos comiencen a contemplar el final del imperio soviético como una pérdida, y no como la posibilidad de ganar libertad y derechos que pareció en su momento. La elite política rusa se las está ingeniando –y tampoco nos resulta ajeno– para poner en marcha al mismo tiempo la lógica de la autoafirmación y la lógica del victimismo.

En estos juegos político-sentimentales, los más peligrosos para todos resultan ser los movimientos de los líderes nacionalistas para mantener una tensión perpetua, que nunca se consideren los problemas resueltos, y así logren seguir justificando sus maniobras sin que llegue a estallar el conflicto de forma abierta. Así, la tribu permanece alerta y se siente en la obligación de seguir conectada a ese orgullo nacional que actúa como motor. Es la opción que consagra a la tribu por encima de la ciudadanía. La electrizante conexión comunitaria resulta barata de atizar, pero ojo, porque al ser humo, no hay quien la vuelva a meter en una vasija.

Palabras en el Quicio
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