El gran juego de Cataluña

El hecho de reconocer que lo del próximo domingo no son unas elecciones sino un farol debilita la posición de ambas partes, por lo que el día 28 todos habrán de redoblar sus apuestas

Foto: El candidato del PPC a la Generalitat, Xavier Garcia Albiol. (EFE)
El candidato del PPC a la Generalitat, Xavier Garcia Albiol. (EFE)

Las elecciones catalanas concebidas como plebiscitarias se plantearon como un farol del aspirante a “audaz” presidente de la Generalitat, Artur Mas, para mostrar al Gobierno su determinación de seguir adelante con su plan soberanista si no se atendían sus exigencias. En algún momento, muchos pensaron que Mas no se atrevería a convocarlas, ni a romper la coalición histórica de CiU ni tampoco a aliarse con alguien ideológicamente tan lejano a Convergència como Esquerra. Todo ha ido ocurriendo y ahora, cuando las encuestas pronostican que el domingo nos jugamos el país con una moneda al aire, los votantes también parecen haber decidido jugar al órdago.

El remedo de consulta del 9-N fue el primer hito de esta pendiente resbaladiza de la política catalana. Se planteó como un desafío para que Rajoy comprendiera que los soberanistas estaban dispuestos a desbordar la ley. Aunque muchos en Moncloa creyeron que no serían capaces, lo hicieron, aun con todas las carencias de aquella votación. Sin embargo, al no surtir ningún efecto, Mas hubo de redoblar las apuestas.

Parece mentira que haya que recordar algo obvio: las elecciones se celebran para elegir parlamentos y los referendos se convocan para que la población tome una decisión de forma directa. Es importante no perderlo de vista, porque llamar a las urnas de farol desvirtúa el sentido de la democracia. Si un líder sólo sabe lanzar a sus votantes contra los del rival es que carece de recursos políticos y, por tanto, debe irse a su casa. Ante ese abismo, muchos prefieren seguir la dinámica del órdago. Lo hizo Alexis Tsipras en Grecia al plantear un choque de legitimidades que sólo sirvió para tensar hasta el extremo la cuerda en las negociaciones con la UE. También fue de farol en aquellos días el ministro alemán Wolfgang Schäuble, quien no dudó en amenazar con la salida de Grecia del euro.

Los promotores de dichas votaciones no quieren, en el fondo, que ocurra lo que preconizan. Tampoco quienes se sientan frente a ellos en la mesa de negociación

¿Por qué sabemos que se trata de faroles que sólo pretenden mejorar la posición negociadora de una de las partes armándose de legitimidad para ese combate? Porque los promotores de dichas votaciones no quieren, en el fondo, que ocurra lo que preconizan (ni la independencia ni la salida del euro). Tampoco lo quieren quienes se sientan frente a ellos en la mesa de negociación: ni Europa quiere a Grecia fuera del euro, ni Rajoy quiere a Cataluña fuera de España. Sin embargo, nadie parece tener una estrategia política mejor.

Ahora, llegando a la recta final de estas elecciones, se observan dos fenómenos muy preocupantes y también sintomáticos de un deterioro democrático. El primero, Mas ya ha ganado porque nadie discute el carácter plebiscitario de las elecciones, salvo los votantes. El segundo, Rajoy ha entrado en la dinámica de hacer política de farol. Lo fue la designación de un halcón como García Albiol de candidato, como lo es llevar a cabo una reforma del TC en plena campaña sólo para advertir a Mas: si él está dispuesto a declarar la independencia, el Gobierno lo castigará. ¿Por qué no ha empleado los recursos legales existentes, como el artículo 155 de la Constitución? Muy sencillo, porque una acción real pone fin al farol.

Hasta tal punto ha calado esta peligrosa forma de hacer política que ya los votantes se comportan del mismo modo. Según las encuestas de este fin de semana, sólo un exiguo porcentaje de quienes se dicen dispuestos a votar a Junts pel Sí son partidarios de la independencia. Los ciudadanos quieren dar fuerza a Mas frente a Madrid, del mismo modo que los griegos creyeron fortalecer a Tsipras para sus conversaciones en Bruselas, aunque le sirvió de poco. Y por eso también la advertencia de que Cataluña quedaría fuera de la UE si se independizara no parece haber movido demasiado el voto. Cuando Mas ha afirmado estar seguro de que se podría alcanzar algún arreglo con Europa, está indicando a sus seguidores la posibilidad de que la Comisión Europea también vaya de farol, algo muy difícil de creer.

En Reino Unido, por el contrario, se tomaron muy en serio el referéndum sobre la independencia de Escocia. En los últimos días de campaña, el Gobierno de Cameron no sólo recurrió a un laborista escocés como Gordon Brown para convencer a los indecisos, sino que además ofreció un compromiso de mayor descentralización y nuevos poderes para Escocia.

Paradójicamente, el hecho de reconocer que lo del próximo domingo no son unas elecciones sino un farol debilita la posición de ambas partes, por lo que el día 28 todos habrán de redoblar sus apuestas. Esta concepción de la política, las elecciones y la ley como un gran juego nunca ha funcionado: suele acabar en un resultado no deseado por nadie, pero en el que todos se ven inmersos. La convicción de que nadie llevaría sus apuestas hasta el final alentó una dinámica idéntica en los albores de la I Guerra Mundial, aunque por supuesto aquí no va a tener lugar una guerra: ya saben que cuando la historia se repite lo hace como farsa. El problema es que los farsantes complican más los problemas en vez de solucionarlos.

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