PP, ¿se vive mejor en la oposición?

Lo sustancial del centro derecha está todavía por llevarse a cabo y tantas reformas no tienen cabida mientras se está en el Gobierno. Dar agua y a la vez cambiar las cañerías es un auténtico milagro

Foto: Mariano Rajoy, como líder de la oposición en 2011, en la última sesión de control al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. (EFE)
Mariano Rajoy, como líder de la oposición en 2011, en la última sesión de control al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. (EFE)

Los últimos acontecimientos concentrados en una semana en el Partido Popular transmiten una sensación de carajal independientemente de lo que signifique dentro de la realidad fáctica del partido en el Gobierno. Y la sensación es lo que cuenta en una sociedad democrática y que, al final, vota y decide.

Ya sé que las manifestaciones realizadas por el ministro Montoro no son algo nuevo, aunque el diario de marras las haya vendido como si fuera la exclusiva de la III Guerra Mundial. Sé que la toma de postura de Cayetana Álvarez de Toledo es tanto como nada; y no desconozco que la vida política de Arantza Quiroga estaba en almoneda.

Pero, insisto, es la sensación de desmadre que se hace llegar al ciudadano que lee periódicos, escucha la radio o ve televisión. Si éramos pocos, parió la abuela, podría decir Rajoy -inasequible a la escarcha- que lo pone todo en las papeletas de la “mayoría silenciosa” y ya un tanto avejentada que acudirá a las urnas el próximo 20 de diciembre. ¿Sólo con el sentido común es más que suficiente para alcanzar el soñado 35% de los sufragios emitidos y por tanto conservar el poder? Se lo diré a ustedes el 20-D. Porque, sencillamente, no tengo ni idea.

Hay argumentos para no jugar a la ruleta rusa, claro. Pero también veo el desgaste colosal de unos dirigentes -no todos- que pisan charcos por doquier y no son capaces de quitarse el chaleco y empezar a reivindicar lo que en justicia les pertenece.

Soraya Sáenz de Santamaría y Alfonso Alonso. (EFE)
Soraya Sáenz de Santamaría y Alfonso Alonso. (EFE)

Dejé escrito hace mucho tiempo en este mismo periódico y en cantidad de ocasiones que lo sustancial del centro derecha está todavía por llevarse a cabo. Reformular sus principios básicos de calado ideológico (algo que debió hacerse tras la caída del Muro) y, desde ahí, incinerar de una vez por todas los complejos que le atenazan. Dejar claro que una cosa es militar en organizaciones comunistas o paracomunistas y otra muy distinta ser progresista. Que son cosas distintas envolverse en banderas partidarias filosocialistas y defender valores ecológicos, de justicia social, feminismo, etc… de lo que se ha apropiado en España la izquierdona en exclusiva.

Y lo que es más sustancial: pregonar y practicar la cultura del mérito (meritocracia), que pasa por la democracia interna y la ausencia de dedazos aznaristas, para promover a los más honrados, capacitados y ambiciosos.

Tengo para mí que todo esto se organiza mejor desde la oposición. Dar agua y a la vez cambiar las cañerías se me antoja hoy por hoy un auténtico milagro.

Y San Juan Pablo II ya hizo los suyos y dio por cerrado ese capítulo.

Palo Alto
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