La otra guerra civil

Bien estudiado y salvando todas las distancias, la situación del PSOE es muy similar a la que estalló entre los años 31 al 36 entre socialdemócratas y socialistas radicales

Foto: Pancartas de apoyo al secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ante la sede de la calle Ferraz de Madrid. (EFE)
Pancartas de apoyo al secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ante la sede de la calle Ferraz de Madrid. (EFE)

Para ser “compañeros fraternales” el cristo cainita no está nada mal.

Es un lugar común entre los mejores historiadores de la Guerra Civil (1936-1939) que en el estallido trágico tuvo mucho que ver la división del PSOE en las dos facciones lideradas por Indalecio Prieto —la moderada “soy socialista a fuer de liberal”— y la radical de Francisco Largo Caballero, conocido entre sus partidarios como “el Lenin español”. Esto lo mantienen gentes tan creíbles y tan estudiadas como Javier Tusell o Gabriel Jackson, pasando por Paul Preston y Thomas.

Pues bien, la otra guerra civil que ha estallado en el interior del Partido Socialista tiene corolarios realmente preocupantes para la propia supervivencia de la más longeva formación política de cuantas existen en España desde que la fundara Pablo Iglesias un 2 de mayo de 1879. Y de paso para la propia estabilidad del Estado en las actuales circunstancias. Raúl del Pozo, que conoce bien el alma socialista por veteranía además de por ser de Cuenca, suele decirme que ahí se conjuga lo peor. Sus razones tendrá, digo, para afirmar lo que escribe.

Bien estudiado y salvando todas las distancias en el tiempo y en la situación la guerra intestina dentro del PSOE que padece actualmente es muy similar a la que estalló entre los años 31 y 36 entre socialdemócratas y socialistas radicales. Unos persiguen el poder a toda costa, incluso pactando con los que quieren eliminar su E y también con los que quieren comerse a la organización por los pies aunque se apelliden Iglesias y se llamen Pablo. ¡Ironías de la vida!

Tiene mala pinta el asunto. El PSOE puede acabar como el PSI de Betino Craxi que, al final, estiró la pata en Túnez, donde había huido perseguido por la justicia. Murió en la enorme mansión que había levantado con los dineros sucios de la “tangentópolis” italiana. Puede también que liquide sus eternos demonios familiares, entierre a sus muertos y plante cara al otro Iglesias como demostró en la tarde del pasado jueves la que parece será su nueva lideresa.

El PSOE, en sí, tiene poca importancia, como cualquier partido que nunca será fin en sí mismo sino un medio. Lo que resulta incomprensible es cómo unos dirigentes a los que se les supone haber aprobado la EGB sean incapaces de percibir lo obvio.       

Palo Alto
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