Vomitando en la tumba de Miguel Ángel Blanco

Tres han sido los acontecimientos en los que he visto, a lo largo de mi ya repleta vida profesional, conmocionado al pueblo español desde Finisterre al cabo de Gata: el 23-F, el 13-J y el 11-M.

Foto: Fundación Miguel Ángel Blanco.
Fundación Miguel Ángel Blanco.

Han pasado veinte años y vamos a peor. El espectáculo ofrecido por quienes siempre están en la equidistancia respecto a hechos tan insoportables como intolerables resulta despreciable. Son muy antiguos en sus quereres. Se tratan como grandes "fachas" en sus derivas. Da igual que sea a propósito de Venezuela que cuando se trata de recordar a un ser humano al que torturaron y asesinaron sin otro argumento que el que se les puso en la punta de la pistola. En el Reino Unido se trata a Ignacio Echeverría como un héroe y aquí, algunos, pretenden convertirlo en el villano estúpido que dio la vida por defender la de quien no conocía. ¿Dónde vamos con sujetos de semejante calaña? ¡Al averno! Lo fácil aquí sería poner nombres y apellidos. Pero los conoce todo el mundo porque tienen la desfachatez de invocarse a sí mismos en televisiones, radios y medios escritos.

Su muerte puso en la calle a más de ocho millones de españoles hartos ya de estar hartos. Perdiendo el miedo al miedo

Yo ejercía el periodismo, al igual que ahora, en aquel aciago y agarrotador 13 de julio de 1997. Tres han sido los acontecimientos en los que he visto, a lo largo de mi ya repleta vida profesional, conmocionado al pueblo español desde Finisterre al cabo de Gata: El 23-F, el 13-J y el 11-M. Su muerte puso en la calle a más de ocho millones de españoles hartos ya de estar hartos. Perdiendo el miedo al miedo. Vayamos al fondo.

Para unos ETA ha sido derrotada; para otros, sin embargo, lo único que se ha conseguido es que deje de matar. E insisten en los objetivos finales: la independencia del País Vasco comiéndose por ese rabo a Navarra, que es el espacio territorial vital que no tienen. No sé si tendremos que esperar otros veinte años para que aquel héroe que lo fue sin buscarlo pueda dormitar en paz en su tumba gallega. En ocasiones uno tendría la tentación de concluir con aquello de Ortega y Gasset: no tenemos remedio.

Palo Alto

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