El papa Francisco y Venezuela

El pontífice también comete errores graves. Uno de ellos es su visión sobre el régimen de Nicolás Maduro, máxime cuando sus representantes en aquellas latitudes ya se han posicionado

Foto: El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, conversa con el papa Francisco en una visita al Vaticano en 2013. (EFE)
El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, conversa con el papa Francisco en una visita al Vaticano en 2013. (EFE)

El papa Francisco es el pastor universal de la Iglesia católica, una referencia moral global, un punto de apoyo para todas las desesperanzas del mundo. Ello, sin embargo, no quiere decir que no cometa errores, incluso, graves y notables errores.

Sorprende, por ejemplo, que un denunciador tan justo como escuchado de las injusticas del mundo mantenga la posición que mantiene respecto al régimen 'cubano' de Maduro, máxime cuando sus representantes en aquellas latitudes ya se han posicionado. Sorprende que el papa de Roma, el mismo que se enfrentó a la corrupción de los Kirchner, no se decante claramente por un pueblo que en su inmensa mayoría abomina del tirano y cuya bota le corta a diario la respiración. Sorprende aún más cuando el mundo libre clama contra el sátrapa que ha entrado por derecho propio en el selecto y exclusivo club del presidente de Corea, Irán o Siria.

Sorprende que el papa no se decante claramente por un pueblo que en su inmensa mayoría abomina del tirano y cuya bota le corta a diario la respiración

La Iglesia no puede ser equidistante en un clamor globalizado y mundial. No puede repetir los errores de la Iglesia en Cuba donde sus tiranos se han reído vilmente no solo del Romano Pontífice sino de toda su 'auctoritas'. Baste recordar aquella histórica visita del papa Juan Pablo II a la isla. Solo sirvió para apuntalar al 'dictadorzuelo' caribeño.

El papa Francisco ya sabe que, en la madrugada de Caracas, a la puerta no llama el lechero o el panadero. Llaman los sicarios del dictador camino de convertirse en genocida.

Yo, como católico, quiero que mi jefe espiritual, con toda su autoridad moral en ristre, haga retumbar las vuvuzelas sean del agrado o no del sanguinario vestido de rojo. Como ha hecho en otras ocasiones. No me gustaría que nadie le tomara al hombre de Roma el número cambiado.

Palo Alto

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