La España destrozada que dejan los independentistas

Junqueras se puso ante la Sala la soga (admitiendo los hechos y aún retorciéndolos) con la que previsiblemente será ahorcado (metafóricamente, se entiende)

Foto: Oriol Junqueras, durante la tercera jornada del juicio del 'procés'. (EFE)
Oriol Junqueras, durante la tercera jornada del juicio del 'procés'. (EFE)

Hemos visto y oído cómo el gran conductor de la siempre ficticia "república catalana", Oriol Junqueras, fray Savonarola, se inmolaba en vía judicial para, sin duda, quedar como Tomás Moro en la Torre de Londres.

Es un ultracatólico convicto y confeso, pero eso no es óbice para mentir como un bellaco. O quizá por ello. "Presos políticos" son aquellos ciudadanos perseguidos por las mesnadas republicanas en Cataluña, sencillamente, porque esos ciudadanos no pasan por el trágala del feudalismo que quieren imponer a golpes y fuego. Su alegato político ante el tribunal que le juzga se queda en una emotividad escurridiza.

Junqueras, declarando amor eterno a los españoles cuando hace escaso tiempo nos comparaba con Zimbabue, sabe que su suerte está echada, no porque los siete magistrados estén teledirigidos, no, sino porque él mismo se puso ante la Sala la soga (admitiendo los hechos y aún retorciéndolos) con la que previsiblemente será ahorcado (metafóricamente, se entiende).

A esos doce personajes sentados en el banquillo del Supremo —tan distintos, tan avaros, tan poca cosa en términos globales e históricos— los siete magistrados que preside Manuel Marchena —será difícil que le puedan buscar las cosquillas en términos TEDH— dirán lo que tienen que decir a la luz de la Constitución y de las leyes democráticas. Pero lo que los demócratas (que profesionalmente hemos vivido siempre en democracia) no les perdonaremos nunca es que sus vuelos gallináceos han dejado nuestro país hecho unos zorros.

Lo que es mucho más grave es el destrozo en la convivencia, la liquidación de la afirmación serena de una nación democrática

Vamos camino de tener una deuda pública del 120 por ciento, es decir, la ruina de las cuentas públicas por generaciones. Pero aún eso es recuperable. Lo que es mucho más grave es el destrozo en la convivencia, la liquidación de la afirmación serena de una nación democrática, el odio inoculado dentro y fuera. Los salivazos recibidos; las afrentas a las instituciones democráticas que nos representan a todos. La pérdida de oportunidades para que los españoles subamos al tren del siglo XXI mientras debatimos sobre asuntos de cinco siglos atrás.

Esto no se lo perdonaremos nunca.

Palo Alto
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