Crupier Sánchez

Tira la bola, intenta inducirla sin haber pensado siquiera en las consecuencias de que no apunte a los números elegidos y a fiar todo a su suerte de guapo

Foto: Pedro Sánchez en la presentación de su libro. (EFE)
Pedro Sánchez en la presentación de su libro. (EFE)

Dentro de la orgía de calificaciones, descalificaciones, insultos, palabras altisonantes que cada semana nos deja esa punta de lanza del independentismo en Madrid llamado Joan Tardà, hay una muy descriptiva respecto al todavía jefe de Gobierno: crupier…

El epíteto es en sí mismo sumamente descriptivo y su autor conoce bien al 'prota', porque ha estado negociando con él más allá de los ocho meses de poder.

En efecto. Sánchez se comporta como un crupier en estado puro. Tira la bola, intenta inducirla sin haber pensado siquiera en las consecuencias de que no apunte a los números elegidos y a fiar todo a su suerte de guapo. Podría extraerse también la conclusión de que no es soberano en sus decisiones más importantes. Que está teledirigido como un guiñol es algo cuasievidente. Es Iván Redondo quien maneja las riendas del humo. Este sabe que su vida en el poder pende del alambre (resultados) pero fue bello mientras duró. Hoy por hoy, Iván es el único IMPRESCINDIBLE alrededor del estadista inabarcable, del hombre "guapo" que veía anochecer, la lucecita generosa que reparte prebendas aquí y acullá.

¿Por qué Tardà llama a Sánchez crupier? Porque después de que neocomunistas e independentistas le llevaran en volandas hasta el poder, cuando le ha interesado personalmente les ha dejado con el pandero en retambufa. Tardà, como fiel escudero de los que le mandan, sabe que si la bola cayera en el agujero de los "trifálicos", sus posiciones tornarían en permanente amarillo; en definitiva, que le dieron el poder y él les devuelve azufre. Es, en efecto, un crupier. Un gran crupier. Alguien le propone escribir un libro dejándole a la misma altura (ocho meses) que JFK, De Gasperi, De Gaulle, Adenauer o Felipe González y lo compra a todo correr… un manuscrito que, al final, solo consigue que todo cristo —suyos incluidos— le toman a chacota. Lo peor que le puede ocurrir a un político: ser motivo de descojono.

Este es Sánchez, el crupier. ¿Que puede quedarse en Moncloa después del 28-A?

¡Vaya si puede!

Palo Alto
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