Aprender a morir

La libertad no tiene puertas clausuradas. Si un ser humano decide tomar una decisión suprema sobre sí mismo no hay iglesia, ni cura, ni leguleyo que pueda impedir su deseo

Foto: Ángel Hernández ayudó a morir a su esposa. (EFE)
Ángel Hernández ayudó a morir a su esposa. (EFE)

Hay tres cosas básicas en la vida —¡siempre fugaz!— a lo que no enseñan: casarnos, administrar el éxito (cuando difícilmente llega) y morir.

Sigo con gran interés el debate (sin altura intelectual, ni filosófica) que se está produciendo en determinados sectores de la sociedad española tras el nuevo caso de "ayudar a morir" a María José Carrasco, presa de esclerosis múltiple y las secuelas para su marido, Ángel Hernández, que nadie sabe qué hacer con él. Lo mejor que pudieran hacer los jueces, la fiscalía, la policía y el 'summum corda' es dejarle en paz que suficiente ha tenido que enfrentar a la vida y a la muerte.

El caso de la señora Carrasco debería ser el último debate que se produce en un viejo y cuarteado país a propósito de la desiderata de una persona libre para decidir libremente sobre si desea pulular a duras penas por esta existencia o irse al otro barrio.

La libertad no tiene puertas clausuradas. Si un ser humano decide tomar una decisión suprema sobre sí mismo no hay iglesia, ni cura, ni apóstata, ni leguleyo que pueda impedir llevar a cabo su deseo. Punto. Máxime cuando el transitar que le espera por la existencia en el mundo de los vivos no es otro que pena, dolor, sufrimiento y sacrificio para los que tiene más cerca. ¿Es tan difícil de entender esto?

Después de lo que estamos viendo y observando en la Iglesia, sus jerarcas deberían tener algo de pudor a la hora de repartir lecciones. Un cura, obispo o cardenal que se ha permitido el lujo de abusar de niños no tiene, ni tendrá jamás, legitimidad alguna para perorar sobre lo que es ético o malo a la hora de encarar una decisión suprema, personal y libre.

En las sociedades occidentales la muerte se tapa como si fuera un gran tabú. La muerte existe y es inexorable. Estamos de paso, de paso rápido, aunque haya gente que se conduce como si fuera a vivir eternamente. La muerte no es el final, dicen. Lo que no es vida era lo de la señora Carrasco y la de tantos miles de hombres y mujeres que desean —dadas las circunstancias— poner punto y parte a algo que ni es ni se le puede llamar vida. Están en su derecho más fundamental, creo.

No entiendo tanto fariseísmo…

Palo Alto
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