El parlamento agoniza
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Graciano Palomo

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El parlamento agoniza

Mentir en sede parlamentaria está penado con la expulsión de la vida pública en las grandes potencias democráticas del mundo. Desde Estados Unidos a las democracias nórdicas

placeholder Foto: Pleno del Congreso de los Diputados en junio de 2021. (EFE)
Pleno del Congreso de los Diputados en junio de 2021. (EFE)

El Congreso de los Diputados ha dejado de interesar a una mayoría de españoles. Nada más hay que echar un ojo a las audiencias televisivas para concluir que apenas una mínima parte se entera de lo que allí ocurre, salvo cuando se producen exabruptos de gran tonelaje. Y debe ser el epicentro y corazón de la vida política de un país en salud democrática. Lo que realmente llama la atención —más allá del lógico juego aritmético entre mayorías y minorías, para eso se celebren elecciones— es que se pueda mentir con total impunidad. Porque si se miente a esa representación, se está mintiendo al pueblo que lo representa.

Mentir en sede parlamentaria está penado con la expulsión de la vida pública en las grandes potencias democráticas del mundo. Desde Estados Unidos a las consolidadas democracias nórdicas. Aquí, tampoco es cosa de ahora, un ministro puede afirmar lo contrario de lo que piensa con intención de engañar y no pasa nada. Un responsable gubernamental puede ocultar información demandada y pasa aún menos.

Foto: Felipe González, junto a Pablo Motos, en 'El Hormiguero'.

Esto se ha ido degradando. En 1980, Felipe González demostró a los españoles que podían darle su confianza subido a la tribuna de oradores del Congreso, especialmente en aquella moción de censura (aún fallida) ante Adolfo Suárez. Hoy, el Parlamento se ha convertido en un mero incómodo trámite donde nadie escucha los argumentos del vecino y todo viene predeterminado de antemano. Unos llevan tapones en los oídos; otros, chuletas escritas de antemano. No parece que el corazón del pueblo palpite con el tañer de los micrófonos parlamentarios.

El Congreso se ha convertido en un eco de lo que resuena en Moncloa o en los distintos ministerios. Se percibe demasiado compadreo, hasta confundirse los poderes, entre el Ejecutivo y el Legislativo donde la disciplina de grupo apaga cualquier posibilidad de enganche con el interés ciudadano. Del Senado, ¿qué decir? No termina de encontrar su vereda para que los millones de euros que cuesta a los contribuyentes se traduzcan en algo útil que se pueda describir con justeza. Más bien, se ha convertido en un coche escoba donde los amortizados por los partidos encuentran una buena nómina y otras prebendas. Resulta de todo urgente devolver al Parlamento lo que es: un poder que hace leyes y de paso controla al resto.

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