Un madrileño vale menos que un catalán
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Josep Martí Blanch

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Un madrileño vale menos que un catalán

Ayuso es una gran paradoja para el soberanismo. Demuestra que el poder autonómico existe y que sirve para crear realidades a través de sus políticas

placeholder Foto: La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. (EFE)
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. (EFE)

El presidente del colegio de médicos de Barcelona, Jaume Padrós, se ha quedado más ancho que largo tras afirmar que en Madrid el precio de una vida humana cotiza menos que en Cataluña. Padrós largó la frase en la presentación del libro que firma junto al secretario de Salud Pública de la Generalitat, Josep Maria Argimon, y que lleva por título '2 metges i una pandemia' (Símbol Editors, 2021).

Añadió, además, que la sociedad catalana no hubiera permitido a sus gobernantes una gestión como la de Isabel Díaz Ayuso porque hubiese significado añadir 7.000 cadáveres más a la lista de fallecidos por el covid-19. Hay en estas palabras una borrachera de superioridad moral y científica sobre la que no es necesario insistir porque se retrata sin esfuerzo.

Requiere de una gran autoestima y estar muy convencido de la propia infalibilidad en un terreno tan movedizo como el del covid-19 para soltarse el pelo hasta el extremo de decir que Madrid ha escogido la muerte y Cataluña la vida. También para fijar en 7.000 los muertos de más en caso de que la Generalitat hubiese calcado las políticas de Isabel Díaz Ayuso, cuando si algo se ha demostrado desde que se inició la pesadilla pandémica es que todas las previsiones han quedado, algunas veces para bien y otras para mal, en un simple ejercicio de agorería.

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Más allá de la pandemia y las desafortunadas palabras del doctor Padrós, lo cierto es que disparar contra la presidenta de la Comunidad de Madrid desde Cataluña es un deporte cada vez más común, particularmente por lo barato que resulta. Como quiera que la derecha constitucionalista en el plano institucional simplemente no existe, no hay riesgo de pisar ningún pie que pueda revolverse.

Pero lo que interesa señalar es que la mayoría de los ataques a la bruja Ayuso no apuntan a su estilo divisivo de hacer política o a su lenguaje populista y embrutecedor, sino que toman como base que la señora en cuestión se toma muy en serio su papel de presidenta de una comunidad autónoma y el ejercicio de sus competencias. Si Chesterton hubiese necesitado una paradoja más para completar la colección que lo acreditó como el rey del género, no encontraría mejor ejemplo que la relación del soberanismo con la presidenta madrileña.

La clase dirigente catalana viene martilleando desde hace 10 años con el argumento de que una comunidad autónoma es el equivalente a un cero patatero en poder político real. Que nada puede hacerse desde los despachos de la Generalitat porque en realidad los consejeros, los secretarios y los directores generales son poco más que hologramas parlantes que nada disruptivo pueden proponer e implantar porque para todo es necesario el permiso del Estado. De hecho, de esta convicción nació el proceso. La independencia y la república catalana pasaban a ser imprescindibles porque se había descubierto el gran engaño del placebo económico.

¡Son los madrileños los que quieren marcharse de España y sus políticas son prueba de ello! La paradoja, llevada ya al extremo

En medio de este discurso se cuela Isabel Díaz Ayuso, heredera de un proyecto político que viene de lejos, pero al que acentúa y saca lustre aprovechándose de la coyuntura para convertirlo en un ariete de resistencia al Gobierno del PSOE y Unidas Podemos. Y la señora se empeña en gestionar la pandemia de un modo diferente, o sigue insistiendo en la lógica de una política fiscal que no pase por subir impuestos o defiende modelos educativos y sanitarios que escapan a la lógica socialdemócrata sin rebasar las competencias que ya tiene.

Y aflora la gran paradoja. El nacionalismo catalán acusa a la Comunidad de Madrid de querer ser diferente, de no plegarse al conjunto, de ser un paraíso fiscal, de drenar los recursos económicos de toda España, de las siete plagas de Egipto e incluso de ser en realidad más independentista que los propios catalanes. ¡Son los madrileños los que quieren marcharse de España y las políticas de su presidenta son prueba de ello! La paradoja, llevada ya al extremo, consiste en que los propios partidos independentistas se muestren favorables a una armonización fiscal que comporte eliminar el margen de maniobrabilidad del que disponen en políticas impositivas las CCAA o pongan el grito en el cielo porque en Madrid hay un Gobierno que, aprovechando su capacidad normativa, gestiona la pandemia de un modo diferente.

Foto: Jaume Asens (i), en una rueda de prensa. (EFE)

De la señora Ayuso, en la Cataluña institucionalizada, molestan dos cosas. Una es que sea muy de derechas en un lugar en el que todo el mundo dice —del verbo decir— ser de izquierdas. Pero la otra es que venga demostrando que desde una comunidad no solo se pueden hacer discursos, sino también construir realidades llevando al límite el margen competencial del que se dispone. O churras o merinas. Pero no puede acusarse a Ayuso de poner en marcha un Estado paralelo a través de un Gobierno autonómico y, al mismo tiempo, insistir en que las autonomías son lo más parecido a un escenario de cartón piedra para simular un poder que en realidad no existe.

Gustarán o no sus políticas. Su estilo merecerá más respeto o ninguno. Pero lo que no es cuestionable es que ejerce de presidenta de su comunidad autónoma con todas sus consecuencias. De Ayuso no molesta tan solo su proyecto. Molesta todavía más si cabe que pueda llevarlo a la práctica desde una comunidad autónoma, haciendo trizas el discurso de que desde una autonomía nada es posible.

El presidente del colegio de médicos de Barcelona, Jaume Padrós, se ha quedado más ancho que largo tras afirmar que en Madrid el precio de una vida humana cotiza menos que en Cataluña. Padrós largó la frase en la presentación del libro que firma junto al secretario de Salud Pública de la Generalitat, Josep Maria Argimon, y que lleva por título '2 metges i una pandemia' (Símbol Editors, 2021).

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