Un Gobierno negociado en la cárcel
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Josep Martí Blanch

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Un Gobierno negociado en la cárcel

La cumbre ERC-JxCAT que se celebra hoy en la prisión de Lledoners es la meta volante que anticipa la próxima llegada a meta de las negociaciones

placeholder Foto: El vicepresidente de la Generalitat en funciones, Pere Aragonès. (EFE)
El vicepresidente de la Generalitat en funciones, Pere Aragonès. (EFE)

Cumbre negociadora de ERC y JxCAT en la cárcel de Lledoners para alcanzar un acuerdo sobre el futuro Gobierno de la Generalitat. Con esta frase queda resumida la extraordinaria anomalía en que sigue instalada la política catalana a seis meses vista del cuarto aniversario de los hechos de octubre de 2017.

Como todo en la vida es costumbre, a fuerza de convivir informativamente con lo insólito, uno puede acabar por creerlo normal. Pero no lo es. La agenda política española, distraída ahora con otros asuntos —pandemia, crisis económica, elecciones madrileñas y demás—, ha puesto en barbecho el soberanismo, que además anda distraído con sus cuitas internas y la lenta digestión de sus fracasos. Pero alguien debería estar tomando notas y conclusiones del hecho de que el futuro Gobierno catalán se acabe negociando entre barrotes. El soberanismo no está, por muchos y graves errores que haya cometido, derrotado. Y no se le va a ganar ni van a expulsarse del tablero sus propósitos aplicando en términos absolutos la lógica de vencedores y vencidos. El 52% de los votos obtenidos por los soberanistas en las últimas elecciones debería ser prueba suficiente de que el conflicto sigue vivo y que si no se aborda seguirá haciendo imposible cualquier atisbo de normalidad institucional y política, no solo en Cataluña. Hasta aquí, la prédica en el desierto.

De vuelta a la cumbre negociadora que ha de celebrarse hoy en la prisión de Lledoners, hay que decir que el encuentro es la meta volante que anticipa la próxima llegada a la meta de las negociaciones. La reunión, con los pesos pesados de ambas formaciones Oriol Junqueras, Pere Aragonès y Josep Maria Jové por parte de ERC, y Jordi Sànchez, Elsa Artadi y Josep Rius por JxCAT—, no va a servir para desencallar el pacto de inmediato, pero todos los que participan en ella son conscientes de que supone un punto de inflexión en la narrativa de la negociación.

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Hay dos elementos que así lo acreditan. El primero es que la agenda del encuentro supone un salto adelante respecto al teatro de baja estofa desplegado hasta la fecha, con asuntos tan vaporosos como el papel del Consejo de la República o la posibilidad de una estrategia política conjunta en el Congreso, a todas luces inviables. Se hablará de las cosas de comer, para entendernos.

En la reunión en prisión, van a tratarse con papel y bolígrafo el organigrama del futuro Gobierno y su reparto entre ambas formaciones políticas —¿qué hay de lo mío, qué hay de lo tuyo?—, de las maneras de coordinarlo para evitar el desbarajuste vivido bajo la presidencia de Quim Torra y de los vetos cruzados sobre algunos nombres que ni unos ni otros quieren sentar en el próximo Ejecutivo (por ejemplo, JxCAT veta a Chakir El Homrani, actual consejero de Trabajo y Asuntos Sociales de los republicanos, por la gestión de las residencias durante la pandemia; mientras que ERC hace lo propio con el expresidente de la Cambra de Comercio de Barcelona y ahora diputado de JxCAT, Joan Canadell, al que acusa de practicar un soberanismo excluyente y de tintes supremacistas).

Foto: El candidato de ERC a la presidencia de la Generalitat, Pere Aragonès. (EFE)

El segundo elemento para considerar esta reunión disruptiva es que el candidato republicano a la presidencia, Pere Aragonès, baja finalmente a la arena para ensuciarse en el cuerpo a cuerpo —hasta ahora, se había mantenido al margen— y visita Lledoners para fajarse directamente con Jordi Sànchez, el cada vez más poderoso secretario general de JxCAT, que ya manda más que Carles Puigdemont en este espacio político. Aragonès debía solemnizar el acuerdo una vez alcanzado, pero la dureza exhibida por JxCAT le obliga a intervenir y hacerse carne en este estadio de la negociación. Accede, pues, a que la negociación sea entre iguales, algo que interesaba particularmente a JxCAT.

Cuando se abra la puerta de la prisión para los que no cumplen condena, nadie va a tirar las campanas al vuelo. Se seguirá insistiendo sobre las dificultades, los detalles, las cuestiones relevantes que aún quedan por pulir y el bla, bla, bla que forzosamente habrá de seguir acompañando una negociación que JxCAT no tiene ningún interés por acabar de manera inmediata, porque quiere exprimir al máximo la paradójica ventaja que le otorga no ser quien opta a la presidencia de la Generalitat. Pero el encuentro en la cárcel lanzará también el mensaje de que el puerto de categoría especial de la larga etapa de negociaciones ya está coronado y que lo que queda a partir de ahora, no siendo fácil, sí tiene menos exigencia para los corredores.

Podría ser que el acuerdo se acabara anunciando con tiempo suficiente para gestionar el final del estado de alarma

A partir de mañana, el ritmo de pedaleo va a acelerarse y podría ser que el acuerdo se acabara anunciando con tiempo suficiente para que el final del estado de alarma, previsto para el próximo 9 de mayo, ya pudiese gestionarse por un Gobierno de la Generalitat que no esté en funciones. Hay tiempo de sobra anunciando el acuerdo la próxima semana, justo antes o inmediatamente después de las elecciones de la Comunidad de Madrid.

Falta una anotación final. El acuerdo entre ERC y JxCAT requerirá también del aval de la CUP, aunque la extrema izquierda haya decidido quedarse fuera de un Gobierno en el que nadie los quería. De momento, los anticapitalistas guardan silencio. Está por ver cómo reaccionan cuando los dos partidos que van a gobernar se den el sí quiero definitivo y lo comparen con el que ellos ya firmaron con los republicanos en su día. Nadie quiere oír hablar de sorpresas de última hora en este frente, pero al mismo tiempo todos saben que, con la CUP, hasta el rabo todo es toro.

Cumbre negociadora de ERC y JxCAT en la cárcel de Lledoners para alcanzar un acuerdo sobre el futuro Gobierno de la Generalitat. Con esta frase queda resumida la extraordinaria anomalía en que sigue instalada la política catalana a seis meses vista del cuarto aniversario de los hechos de octubre de 2017.

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