Los otoños ya no son calientes en Cataluña
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Josep Martí Blanch

Pesca de arrastre

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Los otoños ya no son calientes en Cataluña

El estado de ánimo entre el soberanismo ciudadano está entre el decaimiento, la frustración, el enfado, el aplazamiento o sencillamente dimitido

Foto: Manifestación de la Diada.
Manifestación de la Diada.
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La manifestación de la Diada de 2012 tuvo un efecto disruptivo en la política catalana. El entonces presidente, Artur Mas, y su hombre de confianza en el que era su primer Ejecutivo, Francesc Homs, la siguieron atentamente desde el Palacio de Pedralbes y, ante el desbordamiento de la calle, que sorprendió a propios y extraños, consideraron que había llegado el momento de convocar elecciones anticipadas a lomos de la estelada.

Pocos días después, Mariano Rajoy y Artur Mas celebraron la reunión en la que se cerró la puerta a la posibilidad de un “pacto fiscal en la línea del concierto económico” que defendía el presidente catalán. Y este anunciaba casi de inmediato en el Parlamento que convocaba elecciones anticipadas a las que su partido acudiría con un programa electoral que prometería la celebración de un referéndum para que los catalanes eligiesen si querían o no un Estado propio.

La manifestación de la Diada de 2012 fue el inicio formal de lo que hemos acabado conociendo como el proceso. La del próximo sábado será la décima movilización desde aquella, que significó la desaparición del mapa político catalán tal y como se había conocido hasta entonces, tras quedar definitivamente engullido el nacionalismo de carácter autonomista del pujolismo y también de ERC en el estómago del independentismo.

Foto: Manifestación en la Diada de Cataluña en 2018. (Reuters)

Ver en retrospectiva las diadas del proceso permite obtener una foto fija anual del estado de ánimo del soberanismo en general, pero también aporta información del punto exacto en que están las relaciones entre los diferentes actores del independentismo y de la intencionalidad y provecho político que cada uno espera sacar de la gran movilización ciudadana de cada 11 de septiembre. Así pues, ¿qué cabe esperar del próximo sábado? Pues miren, puede que estemos ante una nueva Diada disruptiva, pero en el sentido opuesto a la de 2012. Si aquella fue la de la aceleración, esta va a ser la del frenazo (la de 2020 —año pandémico— no permitió sacar conclusiones políticas).

El estado de ánimo entre el soberanismo ciudadano está entre el decaimiento, la frustración, el enfado, el aplazamiento o sencillamente dimitido. En cualquier caso, y al margen de lo que cada uno experimente, eso quiere decir como colectivo menor movilización. La independencia ha dejado de ser un proyecto a corto plazo y entre muchos ciudadanos independentistas habituales a las manifestaciones el sábado volverá a ser un día de ocio como eran las diadas preproceso.

Pero al estado de ánimo hay que añadirle más desincentivos. La otrora poderosa convocante de la manifestación, la Asamblea Nacional Catalana (ANC), se ha ido convirtiendo paulatinamente en un actor secundario y su influencia y capacidad de convocatoria es cada vez menor. El ingente trabajo de su actual presidenta, Elisenda Paluzie, por marginalizarla a base de radicalizarla ha dado sus frutos y a fecha de hoy queda más bien poco o nada de aquella entidad civil capaz de poner al Gobierno y a los partidos contra las cuerdas con tan solo una declaración que pusiese en duda su compromiso sincero con la independencia. La ANC es una sombra de lo que fue en los años dorados del procesismo. Y es ella quien convoca la gran manifestación del sábado.

Tampoco a la vuelta al trabajo se ha visto demasiado interés por parte de nadie por hacer un llamamiento a la movilización

Y si el convocante anda flojo de músculo, hay que tener en cuenta que esta vez no ha contado con el apoyo de los primos de Zumosol, el Gobierno y los partidos. Todo el mundo se tomó agosto como un mes de vacaciones de cabo a rabo, cuando en años anteriores eran los días que tradicionalmente servían para caldear con entusiasmo el ambiente previo a la Diada.

Tampoco a la vuelta al trabajo se ha visto demasiado interés por parte de nadie por hacer un llamamiento a la movilización. Sirva como ejemplo que el Gobierno catalán, que se encerró el sábado en una jornada de cohesión, escogió para dar cuenta de lo que se había hablado en el encuentro titulares vinculados a la ampliación del aeropuerto. ¡Gestión del día a día en los prolegómenos de la Diada! Tan necesario como inimaginable hasta hace bien poco.

Si quieren otro detalle, apunten que tampoco los partidos han movilizado militarmente a sus cuadros locales para que organicen transportes a Barcelona y pasen lista como en otras ocasiones para asegurarse de que nadie se quede en casa. Por último, podemos contar los minutos de televisión y radio o las líneas escritas dedicadas hasta la fecha a informar sobre la manifestación del sábado en los medios catalanes en comparación con diadas precedentes. Nada, absolutamente nada que ver con el pasado reciente.

Foto: Enfrentamientos en Barcelona entre los Mossos y manifestantes, en la Diada de 2019. (Getty)

Naturalmente, esto no pasa porque sí. Hace unos días, escribíamos que Pere Aragonès juega a adormecer el partido. Es así. Y esto afecta naturalmente a la Diada. A ERC le conviene que la jornada sea reivindicativa, por supuesto, pero sin excesos. Que la foto de asistentes a la manifestación sea lucida, pero que al mismo tiempo no sea comparable a ediciones anteriores más multitudinarias. Sí pero no. No pero sí. Se trata de que la Diada avale su estrategia de negociación. Si la calle se desbordase, su estrategia de dilación y enfriamiento se vería seriamente cuestionada. No va a suceder y ERC ha puesto todo de su parte para que así sea.

Quien espere una Diada que actúe como revulsivo de la agenda política soberanista —hay quien tiene mono de adrenalina, tanto en el soberanismo como en el constitucionalismo— va a sentir una gran frustración a partir del sábado. Los efectos sobre el devenir político a corto plazo van a ser nulos, más allá de confirmar que la estrategia conjunta de desinflamación y entendimiento de ERC y el PSOE va poco a poco surtiendo efecto sobre el panorama social catalán.

No nos vayamos a equivocar: va a manifestarse mucha gente y habrá discursos altisonantes. Pero nada va a moverse de su sitio

Por supuesto que, como apuntan columnistas de esta misma casa, todo puede cambiar algún día, en la medida en que los independentistas siguen siéndolo. Efectivamente, replegarse no es desaparecer. Pero esta Diada pasará como un día más en la oficina. Y esto, no digan que no, es por sí solo bastante disruptivo dados los precedentes.

No nos vayamos a equivocar: va a manifestarse mucha, muchísima gente, habrá discursos altisonantes y también declaraciones políticas amenazadoras. Pero nada va a moverse de su sitio. Y el domingo, si hace buen tiempo, todos a la playa antes de que aparezca de verdad el otoño. Por cierto, ¿se acuerdan cuando la palabra 'otoño' referida a Cataluña iba siempre acompañada del adjetivo 'caliente'? Pues a eso nos referimos. Que el que viene es más bien fresquito. Por ahora.

La manifestación de la Diada de 2012 tuvo un efecto disruptivo en la política catalana. El entonces presidente, Artur Mas, y su hombre de confianza en el que era su primer Ejecutivo, Francesc Homs, la siguieron atentamente desde el Palacio de Pedralbes y, ante el desbordamiento de la calle, que sorprendió a propios y extraños, consideraron que había llegado el momento de convocar elecciones anticipadas a lomos de la estelada.

Artur Mas
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