El farolillo rojo en competitividad fiscal
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Josep Martí Blanch

Pesca de arrastre

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El farolillo rojo en competitividad fiscal

En Cataluña, se cruzó el Rubicón hace tiempo. De la comunidad que sacaba pecho de su iniciativa privada queda poco. Se ha sucumbido a la adoración de lo público

Foto: El presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, durante la inauguración del curso universitario. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, durante la inauguración del curso universitario. (EFE)

Cataluña no puede ser un paraíso fiscal, se le escucha de vez en cuando al presidente de la Generalitat, Pere Aragonès. Es un razonamiento que se asemeja más bien a una broma pesada. Más o menos como decirle a alguien que mide metro y medio que su aspiración no debiera ser la de convertirse en jugador de la liga profesional de básquet. ¿Cómo puede ser un paraíso fiscal la comunidad con más cargas fiscales?

Se ha hecho público el índice autonómico de competitividad fiscal (AICF) de 2021, de la Fundación para el Avance de la Libertad, Tax Foundation —y la colaboración, entre otros, del Instituto Ostrom— y, ¡oh sorpresa!, Cataluña figura en la última posición. ¿Paraíso? Líbranos, señor, de la prebenda celestial si esas son las condiciones.

El liderazgo competitivo, como el año pasado, lo ostenta Madrid. La siguen, en posiciones de Champions, los vascos y los canarios. El farolillo rojo de Cataluña está ganado a pulso y no sirve para explicarlo, únicamente, la apelación constante a las ventajas capitalinas con que cuentan Madrid o el concierto vasco. Nadie puede negar que eso juega un papel importante. Estos argumentos pueden aportar premisas para explicar las posiciones de cabeza, pero no aclaran suficientemente la última posición.

Foto: El presidente de la Generalitat, Quim Torra (d), junto a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. (EFE)

Hace años que en esta comunidad, bajo el auspicio argumental de un mal sistema de financiación autonómica, al que hay que sumar la centralidad política que tanto JxCAT como ERC han regalado a la CUP, los sucesivos gobiernos no han cesado de incrementar la presión impositiva. Y eso sin contar los múltiples impuestos que el Tribunal Constitucional se ha encargado de tumbar y que tuvieron una vida corta por invadir competencias del Estado.

Este mes de septiembre, sin ir más lejos, ha entrado en vigor un nuevo tributo de emisiones de CO₂. En este caso, con la coartada medioambiental de fondo, se hurgará en los bolsillos de los ciudadanos propietarios de vehículos más antiguos y contaminantes, que son, habitualmente, los de menor poder adquisitivo y con más dificultades para cambiar el coche por un flamante modelo eléctrico. Un impuesto muy social, como se ve. Tan social, que la primera campaña de la Generalitat para anunciarlo, quizá por mala conciencia, rezaba literalmente 'No es un impuesto'.

Iniciados los trabajos del Departamento de Economía para la elaboración de los Presupuestos autonómicos de 2022, la pregunta que está por responder es, si con la CUP apuntalando el Gobierno, Cataluña apostará por asfixiar un poco más al contribuyente y laminar todavía más su competitividad fiscal como territorio. El consejero de Economía, Jaume Giró, insiste en afirmar que no, que de ninguna manera los catalanes van a pagar más impuestos en 2022 y tampoco en los próximos años.

placeholder El 'conseller' de Economía de la Generalitat, Jaume Giró. (EFE)
El 'conseller' de Economía de la Generalitat, Jaume Giró. (EFE)

La afirmación taxativa y vehemente del consejero, que ayer mismo a través de su oficina de prensa rectificaba una información que apuntaba en sentido contrario —incremento del impuesto de patrimonio y de la fiscalidad de las empresas familiares—, tiene mal encaje con los equilibrios políticos que deberá hacer con la extrema izquierda y, todavía peor, con la mentalidad sistémica que se ha instalado en Cataluña tras la institucionalización colectiva de un pensamiento que sitúa bajo sospecha la actividad económica privada.

En Cataluña, se cruzó el Rubicón hace tiempo. Y de la comunidad que sacaba pecho de su iniciativa privada queda más bien poco. La tendencia ahora es adorar lo público y demonizar lo privado. Y, en paralelo, flexibilizar la definición de rico para hacer encajar en esta categoría a cualquier hijo de vecino que se gane razonablemente bien la vida trabajando para exigir que los impuestos sigan al alza. Si uno es un zoquete que se pirra por ser reconocido socialmente como rico sin serlo, lo mejor es irse a vivir a Cataluña. Pagará impuestos como tal.

Foto: Laura Borràs, junto a Torra y Aragonès. (EFE)

Es este ambiente el que explica que el consejero haya recurrido esta misma semana en una entrevista a los orígenes humildes de su familia o al hecho de haberse criado en Badalona y no en un barrio pudiente de Barcelona. Hay que intentar ganarse las simpatías de la izquierda y cobrar el crédito suficiente para que sus Presupuestos no acaben en la papelera por el simple hecho de que los elabore un ex alto directivo del sector privado. Porque lo privado, en la Cataluña política, apesta desde hace tiempo. Ese es el mantra.

Si finalmente los impuestos se mantienen congelados en los Presupuestos que se están elaborando, será gracias al incremento de las transferencias del Estado y a la mayor disponibilidad de gasto que esto proporciona a las comunidades autónomas, también a Cataluña.

Puede que con esto sea suficiente para armar unas cuantas partidas de gasto social que sirvan para alimentar la necesidad de la CUP de afirmar ante sus votantes que algo ha cazado a cambio de su apoyo al Gobierno. Pero no está claro que estos caramelitos sean azúcar suficiente para calmar la voracidad de la extrema izquierda independentista cuando se trata de exprimir las cuentas corrientes de los demás.

Foto: Pedro Sánchez. (EFE)

Mientras llega (¡podemos esperar sentados!) un nuevo sistema de financiación autonómico que ponga fin al desequilibrio actual entre comunidades beneficiadas y perjudicadas, es difícil que los gobernantes catalanes renuncien a seguir esquilmando a los ciudadanos. Pero eso explica solo una parte de la realidad.

La foto completa obliga a tener presente que para casi todo el arco parlamentario levantar a las personas por los tobillos y ponerlas boca abajo para que el efectivo que llevan encima acabe en manos del recaudador público es un ejercicio de justicia social. Esa es la mentalidad. Y esa mentalidad lleva años convirtiéndose en políticas. De ahí el farolillo rojo en competitividad. Ya veremos qué pasa con los Presupuestos. La única certeza es que menos no va a pagarse. Así que ya puede avanzarse la posición de Cataluña en el 'ranking' de competitividad del año que viene. ¡Otra vez farolillo rojo! Y porque no hay descensos. Si no, en un plis plas, en regional preferente.

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