El patriotismo utópico de Ximo Puig
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Josep Martí Blanch

Pesca de arrastre

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El patriotismo utópico de Ximo Puig

En el debate de política de las Cortes Valencianas iniciado ayer, Puig tiró de su vocación musical para enfatizar que su proyecto representa la aspiración de la España polifónica

Foto: Ximo Puig, en el Palacio de San Telmo. (EFE)
Ximo Puig, en el Palacio de San Telmo. (EFE)

El presidente de la Generalitat valenciana, Ximo Puig, aspira a ser compositor de al menos una sinfonía. El proyecto musical en el que está trabajando podría llevar por nombre 'Utópica', puesto que 'Heroica' y 'Fantástica', nombres que también se ajustarían a la magnitud de su proyecto, ya las escribieron Beethoven y Berlioz respectivamente.

En el debate de política general de las Cortes valencianas iniciado ayer, Puig tiró de su vocación musical para enfatizar que su proyecto político representa la aspiración de la España polifónica que merece, debe y necesita ser escuchada.

Traducido a algo que se entienda: ha de superarse la concepción radial del Estado, tanto en el diseño de infraestructuras como en la ubicación de las instituciones y en la manera de explicar qué es España. Y, por supuesto, la polifonía también exige un nuevo sistema de financiación —ya mismo— que acabe con la discriminación que sufren algunas comunidades, entre ellas, la suya.

Foto: El presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno (i), y el de la Generalitat valenciana, Ximo Puig. (EFE) Opinión

Puig lleva tiempo pintarrajeando con notas el pentagrama de su proyecto de sinfonía que es, ahí es nada, cambiar la manera de entender España y hacerlo desde la Comunidad Valenciana como teatro de operaciones. Parte de su agenda está dedicada a sembrar y regar la idea de que la exigencia de modernización de España y la manera de hacer frente a sus principales problemas pasan por más y mejor descentralización y por acabar con los problemas estructurales de financiación de los territorios más activos económicamente y con mayor peso demográfico.

No es el capricho de un político. El empresariado valenciano comparte la estrategia de su presidente y desde el mundo académico hay solventes aportaciones sobre la necesidad de empujar en esa dirección, particularmente en el terreno de las infraestructuras.

Foto: Ximo Puig y Alberto Núñez Feijóo, en la última Conferencia de Presidentes. (EFE)

Puig es un no parar. En julio, en la cumbre valenciano-balear (mucho más que una reunión entre políticos), sumó a la presidenta de las Islas Baleares, Francina Armengol, a su cruzada federalizante y en favor de un nuevo sistema de financiación.

A principios de septiembre, en el encuentro con el presidente catalán, Pere Aragonès, solo obtuvo apoyo en lo referente a la necesidad de gestionar los fondos europeos con la participación de las CCAA. Pero aun así lograba acercar Cataluña al plantel de comunidades sensibles a sus tesis.

Ximo Puig ha cogido la antorcha que estaba en manos de los nacionalistas catalanes antes de que estos se hiciesen independentistas

La semana pasada hizo saltar la banca con su reunión con el presidente andaluz, Juanma Moreno, para sellar una alianza para defender una nueva financiación. Esta última mereció la bronca de la vicepresidenta del Gobierno Nadia Calviño, que no quiere que nadie le alborote el avispero de la financiación autonómica y menos de la mano de gobernantes del PP.

¡Tan poco acostumbrados estamos en España a que los gobernantes cuezan sus alianzas por los intereses de sus ciudadanos y no por su filiación partidista!

A nadie se le escapa que Ximo Puig ha cogido la antorcha que estaba en manos de los nacionalistas catalanes antes de que estos se hiciesen independentistas. Desde 2012 Cataluña no está, y tampoco se la espera, liderando propuestas de financiación autonómica o cualquier otro proyecto que suponga una reformulación seria de algún pilar básico de la política española. Ese vacío lo ha llenado Ximo Puig con la Comunidad Valenciana.

Foto: El presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, del PP, y el de la Generalitat Valenciana, Ximo Puig. (EFE)

Puig tiene algunas ventajas y algunos inconvenientes a la hora de que el proselitismo que practica en favor de la descentralización y un nuevo reparto del dinero acabe desembocando en algo tangible. ¿Tiene posibilidades de estrenarse su sinfonía 'Utópica'?

A favor de Ximo Puig juega que su proyecto bebe del estricto autonomismo y no del nacionalismo. Nadie que pretenda ser tomado en serio puede acusarle de trabajar para dinamitar España o de querer acabar con ella. Él mismo define su proyecto como un ejercicio de patriotismo, consciente de que esta es una de sus fortalezas. Cuando era el nacionalismo catalán —no el independentismo— quien actuaba de ariete en todas estas cuestiones, se podía despachar sin contemplaciones con la argumentación facilona del chantaje al Estado, al que además quería debilitar. Con el discurso valenciano, no puede clonarse esta respuesta. Ofrece otra manera de entender España, no un camino para hacerla desaparecer. Esa es su baza principal y es lo que le permite sumar complicidades tan diversas.

Foto: Ximo Puig y Juan Manuel Moreno, en Barcelona. (GVA)

Y aunque parezca una paradoja, la mayor debilidad es precisamente también esa. No poder echar mano de la capacidad de chantaje parlamentario y tener que fiarlo todo al argumentario racional y a la capacidad de seducción de su proyecto. Al nacionalismo catalán preindependentista siempre se le acababa abriendo una ventana de oportunidad política para hacer valer sus votos en el Congreso. Unas veces se aprovechaban más y otras menos. El proyecto de Puig requiere, en cambio, de complicidades que dependen más de la convicción estructural que no de la coyuntura puntual. Y es eso lo que lo hace, a la hora de la verdad, muy complicado.

Lo más interesante de la 'Utópica' de Ximo Puig, en el fondo, es el propio ejercicio de composición. Desde que hace ya años FAES construyera y convirtiera en casi hegemónica la idea de que todos los males de España derivaban de su descentralización excesiva, no había habido un intento serio de armar un discurso intelectualmente sólido que desmontase ese argumentario yendo a disputarle la pelota en el campo del patriotismo. Solo por eso ya vale la pena leer el pentagrama. Otra cosa será su recorrido, probablemente limitado, en los teatros y salas de conciertos.

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